Un análisis destaca que fortalecer la competitividad de México requiere impulsar inversión, innovación, infraestructura y aprovechar las oportunidades del nearshoring.
Durante años hemos hablado de los grandes retos para fortalecer la economía mexicana: atraer inversión, impulsar la innovación, desarrollar infraestructura, ampliar nuestra capacidad energética y aprovechar las oportunidades que ofrece el nearshoring.
Sin duda, todos estos factores son fundamentales para construir un país más competitivo.
Pero existe un recurso estratégico que pocas veces ocupa el centro de la conversación: el talento.
Podemos construir carreteras, parques industriales y centros de innovación. Podemos atraer nuevas empresas e integrarnos a las cadenas globales de valor. Sin embargo, ninguna de estas acciones alcanzará su máximo potencial si no contamos con personas preparadas para responder a los desafíos de un mercado que evoluciona todos los días.
Hoy las organizaciones ya no buscan únicamente personas con experiencia o con un título profesional. Buscan personas capaces de demostrar que poseen las competencias necesarias para desempeñar una función con calidad, eficiencia y resultados.
Y aquí surge una diferencia que vale la pena comprender.
Capacitar no es lo mismo que certificar.
La capacitación desarrolla conocimientos y habilidades. La certificación oficial de competencias permite demostrar, mediante un proceso de evaluación, que una persona realmente sabe hacer aquello para lo que fue preparada.
La diferencia parece pequeña, pero tiene un enorme impacto en la productividad, la empleabilidad y la competitividad.
En México contamos con una herramienta que, desde mi perspectiva, merece mucho mayor difusión: el Sistema Nacional de Competencias, coordinado por el Consejo Nacional de Normalización y Certificación de Competencias Laborales (CONOCER), organismo sectorizado en la Secretaría de Educación Pública.
Este sistema reconoce oficialmente las competencias de las personas, sin importar si fueron adquiridas en una universidad, en una empresa, emprendiendo un negocio, impartiendo clases o a través de años de experiencia profesional.
Ese es, precisamente, uno de sus mayores valores: reconocer el saber hacer.
Vivimos en un país donde millones de personas han construido una sólida trayectoria profesional. Han aprendido dirigiendo empresas, enseñando en un aula, atendiendo clientes, desarrollando tecnología, liderando equipos o emprendiendo nuevos proyectos. Sin embargo, ese talento muchas veces no cuenta con un reconocimiento oficial que respalde objetivamente sus competencias.
Reconocer el talento no solo beneficia a quien obtiene una certificación. También fortalece a las empresas, genera mayor confianza, impulsa la productividad y contribuye a construir una economía más competitiva.
Estoy convencida de que el futuro pertenecerá a los países que inviertan en su gente. Pero esa inversión no debe limitarse a ofrecer más capacitación. También implica generar mecanismos que permitan reconocer oficialmente el conocimiento, la experiencia y las habilidades de quienes, con su trabajo diario, impulsan el desarrollo de nuestro país.
Porque la competitividad no depende únicamente de la infraestructura que construimos o de las inversiones que atraemos. Depende, sobre todo, de nuestra capacidad para reconocer y potenciar el talento de las personas.
Cuando las mujeres lideran, ganamos todos.
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