Los grandes eventos deportivos suelen dejar mucho más que un marcador. También dejan conversaciones, emociones y, en ocasiones, valiosas lecciones para la vida.
La reciente derrota de México frente a Inglaterra fue una de ellas.
Hubo un momento que llamó particularmente mi atención. Durante buena parte del segundo tiempo, la Selección Mexicana jugó con un hombre más tras la expulsión de un futbolista inglés. En teoría, tenía una ventaja importante. Sin embargo, esa superioridad numérica no fue suficiente para cambiar el resultado.
Mientras observaba el partido pensé que, en cierta forma, esa escena también refleja uno de los mayores desafíos de la economía mexicana.
México es un país reconocido por el esfuerzo de su gente. De acuerdo con la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), los mexicanos trabajan más de dos mil horas al año en promedio, una de las jornadas laborales más largas entre los países que integran este organismo.
Sin embargo, economías como Alemania, Dinamarca o Países Bajos trabajan considerablemente menos horas y, aun así, generan mucha más riqueza por cada hora laborada.
La diferencia no está en el tiempo.
Está en la productividad.
Y quizá ahí se encuentra una de las reflexiones más importantes que deberíamos hacer como país.
Durante años hemos aprendido a valorar el sacrificio. Admiramos al empresario que nunca descansa, al colaborador que permanece hasta tarde en la oficina y al emprendedor que trabaja los siete días de la semana.
Pero pocas veces nos preguntamos si todo ese esfuerzo realmente está generando mejores resultados.
En el deporte ocurre algo similar.
A menudo celebramos haber competido, haber estado cerca o haber dado pelea. Sin embargo, cuando el “ya casi” se convierte en nuestra medida del éxito, corremos el riesgo de dejar de cuestionar qué hace falta para ganar.
Desde mi perspectiva como economista, esta reflexión también deja tres aprendizajes para las empresas y para nuestro país:
1.- Dejar de romantizar el esfuerzo sin resultado.
Trabajar más, jugar mejor o intentarlo no basta si no existe estrategia, medición y mejora continua. El esfuerzo es indispensable, pero solo genera valor cuando produce resultados.
2.- Convertir la productividad en una ventaja competitiva.
Las economías más exitosas no son las que trabajan más horas, sino las que aprovechan mejor su talento, su innovación y sus procesos para generar mayor valor.
3.- Cambiar la narrativa del “ya casi”.
Competir con dignidad siempre será motivo de orgullo. Pero el verdadero crecimiento comienza cuando dejamos de conformarnos con estar cerca y empezamos a construir las condiciones para alcanzar resultados consistentes.
Quizá la mayor enseñanza que dejó ese partido no tenga que ver con el fútbol.
Tiene que ver con la manera en que entendemos el éxito.
Porque las economías que transforman el futuro no son las que más se esfuerzan.
Son aquellas que convierten su esfuerzo en resultados.
Cuando las mujeres lideran, ganamos todos.

















