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Clase media en México: los que se esfuerzan… y no avanzan

Hay una idea arraigada en México: que trabajar más es sinónimo de crecer más.

Pero si eso fuera cierto, la historia de millones de personas sería distinta.

La clase media es, en muchos sentidos, el motor silencioso del país.

Es la que sostiene el consumo, la que apuesta por la educación, la que paga impuestos y la que mantiene en movimiento gran parte de la economía.

Sin embargo, también es la que con mayor frecuencia enfrenta una sensación constante: hacer mucho… y avanzar poco.

No se trata de una percepción aislada.
Tiene fundamentos.

México ha registrado en los últimos años un crecimiento económico moderado.

De acuerdo con el Fondo Monetario Internacional, el país ha crecido en torno al 1% anual, un ritmo que, si bien evita escenarios de crisis, resulta insuficiente para generar mejoras sostenidas en el nivel de vida de la mayoría de la población.

A este crecimiento limitado se suma un segundo factor: la desigualdad.

La distribución del ingreso sigue siendo profundamente desigual, lo que implica que los beneficios del crecimiento no se reparten de manera equitativa.

No todos parten del mismo punto, y eso condiciona —desde el inicio— las posibilidades de avanzar.

Y hay un tercer elemento que pocas veces se aborda con la misma claridad: la productividad.

Una gran parte de la población trabaja en actividades que, aunque demandan tiempo y esfuerzo, generan poco valor económico.

Esto se traduce en jornadas largas, ingresos contenidos y escasas oportunidades de crecimiento real.

Si se observa el panorama completo, la ecuación se vuelve evidente:

• crecimiento económico limitado
• desigualdad persistente
• baja productividad

El resultado es un entorno donde el esfuerzo no siempre se transforma en progreso.

Y es aquí donde aparece uno de los retos más profundos del país: la movilidad social.

En México, mejorar la condición económica respecto al punto de origen sigue siendo un desafío.

El lugar desde el que se inicia —el acceso a educación, redes, capital o información— continúa teniendo un peso determinante en las oportunidades de crecimiento.

En otras palabras, el origen sigue importando…
y en muchos casos, sigue marcando el destino.

Por eso, la conversación no puede limitarse al esfuerzo individual.

Porque el problema no es que la gente no esté trabajando lo suficiente.
El problema es que no siempre existen las condiciones para que ese trabajo se traduzca en avance.

Crecer no es solo generar ingresos.
Es poder evolucionar, diversificar, invertir y construir patrimonio en el tiempo.

Desde esta perspectiva, hay tres reflexiones que pueden marcar la diferencia:

1.- Reconocer el punto de partida

Entender desde dónde se inicia permite tomar decisiones más conscientes.

Identificar recursos, limitaciones y oportunidades abre la posibilidad de construir rutas de crecimiento más realistas.

2.- Pensar más allá de la estabilidad

Mantenerse no es crecer.

Diseñar el futuro del ingreso, buscar nuevas formas de generar valor y cuestionar la forma en la que se trabaja es clave para avanzar.

3.- Construir capacidades y conexiones

El crecimiento no ocurre en aislamiento.

La formación continua, el acceso a redes y la apertura a nuevas oportunidades amplían el margen de crecimiento.

La clase media no es la que menos trabaja.
Es, en muchos casos, la que más sostiene.

El verdadero desafío es lograr que ese esfuerzo tenga un camino claro hacia el crecimiento.

Porque en economía, como en la vida,
no siempre avanza quien más hace…
sino quien encuentra cómo evolucionar.

Cuando las mujeres lideran, ganamos todos.

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