Hoy es 25 de noviembre, Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer.
Ese día en el que nos vestimos de naranja y nuestras redes sociales se llenan de frases como “basta de violencia” o “ni una más”.
Pero seamos honestas, más allá de la postal bonita o el hashtag viral, esta fecha debería ser para reflexionar de verdad.
Y aquí va mi opinión, polémica y todo: no todas las muertes violentas de mujeres son feminicidios.
Sí, dije lo que dije, y antes de que empiecen los gritos, déjenme explicar por qué esto no solo es un tema técnico, sino un paso importante hacia la verdadera justicia.
Un feminicidio, en su definición más pura y fuerte, es el asesinato de una mujer por el hecho de ser mujer, con un trasfondo de odio, desprecio y superioridad de género.
Es una palabra con un peso inmenso, porque señala el problema raíz: la misoginia que mata.
Por eso, creo que es clave usar esta palabra de manera precisa, para que no pierda su impacto, para que cuando hablemos de un feminicidio, quede claro que estamos hablando de un crimen profundamente arraigado en la desigualdad de género.
Ahora bien, pongamos un caso reciente sobre la mesa: el del mini influencer Fofo Márquez, famoso por no hacer más que el ridículo en redes.
Hace meses fue captado en video golpeando brutalmente a una mujer en un estacionamiento. La escena fue tan violenta que terminó acusado de tentativa de feminicidio.
Hace poco, le ofrecieron una sentencia abreviada: declararse culpable a cambio de 11 años de prisión.
Pero no, el valiente Fofo decidió declararse inocente y enfrentarse a un juicio donde, si pierde, podría pasar hasta 48 años tras las rejas.
Aquí es donde viene el debate. Hay quienes dicen que llamarlo feminicidio (o tentativa) es exagerado porque “no tenía intención de matarla”.
Pero, a ver, señores: ¿acaso hace falta tener un cartelito en la frente que diga “quiero matarte” para que la brutalidad de sus actos quede clara?
Este hombre golpeó a una mujer con tal furia, con tal desprecio, que cualquiera con dos dedos de frente entiende que no le importaba si la mataba o no. Su acción fue violenta, misógina y profundamente machista.
¿Y por qué creo que fue un tema de género? Porque si esa mujer hubiera sido un hombre, las probabilidades de que Fofo hubiera reaccionado así son mínimas.
Él no golpeó sólo porque estaba enojado; golpeó porque era una mujer. Una mujer que él percibió como más débil, como alguien que no podría defenderse, como alguien cuya existencia, en ese momento, valía menos que su ego herido.
Por eso, que este caso se tipifique como tentativa de feminicidio me parece correcto. Porque al final, no se trata sólo de la intención, sino del contexto y del mensaje que envían nuestras leyes.
Decir “esto es un feminicidio” es decir: esto no se tolera, esto es violencia de género, esto es un reflejo del machismo que nos mata.
Ahora bien, también creo que debemos ser cuidadosas con el término. No todas las muertes violentas de mujeres son feminicidios.
Cuando una mujer es asesinada en un robo o a manos del crimen organizado, no necesariamente es por ser mujer, sino por las circunstancias del delito.
Y aquí es donde el debate se pone interesante, porque aceptar que no todas las muertes son feminicidios no minimiza la violencia que sufrimos, sino que ayuda a clasificarla correctamente, a entenderla mejor y, sobre todo, a combatirla de manera efectiva.
En este Día Naranja, mi invitación es a reflexionar más allá del símbolo, a exigir que las leyes sean claras y efectivas, y a recordar que la lucha contra la violencia hacia las mujeres no es sólo una causa feminista; es una causa humana. Porque queremos un mundo donde todas vivamos libres, seguras y respetadas.
Hasta aquí mi opinión única.