lunes, mayo 27, 2024
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Sebastián de Aparicio, el constructor de las carreteras en México

Revista Única recuerda parte de la vida del humilde Sebastián de Aparicio.

En esta ocasión Revista Única recuerda a un personaje que pese a ser un hombre rico siempre fue humilde y que por diversas causas no ha logrado ser reconocido ante la Iglesia Católica como santo, aunque para muchos sea llamado con este título, hablamos del Beato Sebastián de Aparicio, cuya fiesta se celebra este 25 de febrero.

Su nombre es de origen griego y significa «aquel que es digno de respeto». Nació el 20 de enero de 1502 en la Gudiña, España, fue hijo de Juan de Aparicio y Teresa del Prado, los dos católicos, caritativos y de nobles costumbres; su adolescencia y parte de su juventud la pasó en medio del campo entregado a las labores agrícolas para poder vivir y para reunir la dote suficiente para sus dos hermanas.

Los lugares en donde realizó su trabajo Sebastián en España fueron: Salamanca, Zafra de Extremadura y Sanlúcar de Barrameda, entre sus muchas virtudes sobresalían su simplicidad, rectitud de corazón y su amor por la castidad.

Su vida en la Nueva España.

Un buen día salió de España a probar fortuna en la Nueva España y desembarcó en Veracruz de ahí se dirigió a la ciudad de La Puebla, que había sido fundada por el franciscano fray Toribio de Benavente.

Las grandes extensiones de los terrenos baldíos y la seguridad que otorgaba la Audiencia Real a los españoles quienes residían en la ciudad, lo que atrajo al joven a su llega a tierras mexicanas en el año de 1533 a los 31 años de edad, así se dedicó a la labranza.

Tenía un ingenio natural poco común, Sebastián tuvo la idea de adaptar el camino de México a Veracruz para que por ahí pasaran las carretas, las cuales muy pronto construyó con un amigo de origen español.

Estas fueron las primeras carretas que existieron en la Nueva España, que fueron tiradas por toros o novillos que eran amansados por el propio Sebastián, estas fueron las que construyeron las primeras carreteras.

Así las carretas resolvieron dos problemas de la época que era el difícil transporte de mercancías y el aliviar a los indios de la fatiga que padecían al tener que transporta toda sus cosas en la espalda.

Después de algunos años Sebastián se dirigió nuevamente a la Real Audiencia de México a fin de solicitar permiso para abrir un nuevo camino que traería prosperidad y progreso a todos los habitantes.

Propuso abrir el camino de la capital a Zacatecas, donde se empezaba a extraer la plata, petición que fue aprobada y así fundó una empresa de construcción de carretas de carga y transporte; además ayudó a los indios pobres a quienes les enseñaba lo que sabía.

Para el año de 1542 se trasladó a la ciudad de México y siguió con su empresa una de las anécdotas que se cuentan sobre Sebastián es que llevaba mercancía, y por esas zona había una banda de Chichimecas quienes lo iban a asaltar porque al principio no lo reconocieron, pero en cuanto se dieron cuenta de quien era lo dejaron pasar libremente y le comentaron “Tú has sido siempre como un buen papá para con nosotros. -dijeron- A ti no te haremos daño”.

También se cuenta que pasando una vez Sebastián con sus carretas por la plaza mayor de México, aplastó por accidente la mercancía de un vendedor de cacharos, el cual le desafió espada en mano.

Las disculpas y la oferta de Sebastián de pagar los daños no consiguieron calmar al comerciante que se le vino encima. Con su gran fuerza y habilidad Sebastián le derribó por tierra. El cacharrero pidió perdón por amor de Dios. Sebastián le ayudó a levantarse, diciéndole: “De buen mediador te has valido”.

A los 50 años de edad se estableció en una hacienda ganadera en Chapultepec. Aunque había ganado bastante dinero con su trabajo, su estilo de vida era muy sencillo: no tenía cama sino que dormía en un petate, comía las mismas tortillas que los indios hacían y vestía humildemente. De hecho, convirtió su hacienda en un centro de misericordia.

Allí trataba como amigos a sus trabajadores. En una época en la que la esclavitud era habitual, él sólo tenía uno… al que trataba como a un hijo hasta que le concedió la libertad… y quiso quedarse a su lado como trabajador por lo bien que estaba junto a él.

Tras sufrir una enfermedad muy grave, a los 60 años se casó con la hija de un amigo vecino, con la que llevó una vida virginal. A los pocos meses enviudó.

A los 67 años volvió a contraer matrimonio, también virginal. Así lo explicó Sebastián en una cláusula de su testamento: «Para mayor gloria y honra de Dios declaro que mi mujer queda virgen como la recibí de sus padres, porque me desposé con ella para tener algún regalo en su compañía, por hallarme mal solo y para ampararla y servirla de mi hacienda».

También su segunda esposa murió antes de pasar un año de la boda, al caerse de un árbol mientras recogía frutas. Aparicio decía de ellas años después que «había criado dos palomitas para el cielo, blancas como la leche».

El llamado de Sebastián.

Así la vocación a la vida religiosa le llegó al final de su vida. Su confesor le recomendó que ayudara a las hermanas clarisas que estaban pasando miseria, así que les cedió sus bienes y se fue él mismo a servirles como portero.

El 9 de junio de 1574, a los 72 años de edad, recibió el hábito franciscano. Dio desde el principio un gran ejemplo de humildad haciendo cualquier servicio con prontitud.

Y por fin a los 73 años de edad, el 13 de junio de 1575 recitó la solemne fórmula: «Yo, fray Sebastián de Aparicio, hago voto y prometo a Dios vivir en obediencia, sin cosa alguna propia y en castidad, vivir el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, guardando la regla de los Frailes Menores». Y un fraile firmó por él, pues era analfabeta.

Murió en México y sus restos se encuentran en el templo de San Francisco en Puebla, Puebla, ubicado en la 14 oriente y boulevard 5 de mayo.

Sebastián de Aparicio fue declarado beato, el 17 de mayo de 1789 por el Papa Pío VI, se espera aun un milagro para que pronto pueda ser canonizado, aunque la piedad popular lo proclama santo. De hecho, muchos ya le consideran santo.

Acuden a él como protector de los conductores de cualquier tipo de vehículo del aire, mar y tierra. Su cuerpo incorrupto se encuentra en una iglesia de Puebla y pese a esto aún no se ha podido comprobar algún milagro.

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