miércoles, abril 17, 2024
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¿Por qué nos excita lo que nos da miedo?

Miedo y deseo conviven en la misma área cerebral y comparten respuestas y neurotransmisores. Pero, además, cultura, religión, cine y literatura han hermanado, a menudo, a estas dos emociones.

El miedo comparte sensaciones y respuestas fisiológicas con el deseo. Los pelos de punta, la aceleración cardíaca o la segregación de determinadas sustancias pueden indicar tanto susto como placer.

Pero no solo nuestro cerebro reserva la misma zona para ambas emociones, sino que la cultura, la religión, la literatura y el cine han sucumbido siempre a la seducción de mezclar estos dos ingredientes para conseguir una fórmula aún más potente.

La extrema seducción colinda, probablemente, con el horror”, dijo Georges Bataille, escritor y antropólogo francés; mientras que el orgasmo, ese destilado del placer, tan difícil de describir, fue calificado por la escritora y sexóloga Valérie Tasso, autora de Diario de una ninfómana, como “el gran comedor de palabras. Solo permite el gemido, el aullido, la expresión infrahumana, pero no la palabra”.

Siglos de adoctrinamiento dibujaron a la lujuria como a esa bestia que llevamos dentro, y que puede aflorar en cualquier momento, llevándonos a la perdición y al abismo.

Unos segundos de placer bastaban para condenarnos eternamente. Argumento que, antaño, esgrimían los defensores de la decencia.

¿Hay algo más aterrador que la filosofía timorata en la que gran parte de la humanidad se ha educado? Y, por otro lado, ¿hay algo más excitante que transgredirla?

Pero empecemos con algo de neurología, ya que excitación y miedo tienen muchas similitudes neuronales, puesto que ambas respuestas nacen en la misma zona cerebral.

“El sistema límbico es un conjunto de estructuras en el cerebro que se relacionan con la parte emocional, con el instinto de supervivencia y con las reacciones automáticas”, cuenta Marisol Delgado, psicóloga y especialista en psicoterapia por la European Federation of Psychologists Associations (EFPA), con consulta en Avilés (Asturias).

Si el miedo es muy grande y la supervivencia es la prioridad, será imposible que nadie piense en el sexo. Pero cuando el susto es manejable, este sí que puede convivir con el deseo, y los masoquistas lo saben muy bien.

Además, como cuenta Delgado, “existe la ‘teoría de la motivación del proceso oponente’, que se desarrolló en los años setenta y que sostiene que si hay un estímulo que provoca una sensación muy intensa, automáticamente se obtiene una respuesta del signo contrario para establecer un equilibrio.

Aquí es donde pueden convivir la tristeza y la alegría, el miedo y el placer y demás emociones contrarias”. El misterio siempre es muy excitante, según Delgado, “y, además, en cualquier cultura del planeta ocurre lo mismo. Las historias de misterio o de miedo atraen a la gente, aunque luego les provoquen pesadillas, y el sexo ha tenido siempre ese matiz de tabú, de cosa prohibida”.

Ocurre también que la proximidad de la muerte puede, en algunos casos, ser un activador del deseo. Omri Gillath, psicólogo social y profesor en la Universidad de Kansas, comprobó que después de exponer a hombres a imágenes que hacían referencia a su mortalidad estos respondían mejor a estímulos sexuales.

Esa capacidad automática e instantánea de relativizarlo todo que supone el peligro de muerte puede, en algunas personas, actuar de elemento liberador.

Ese mecanismo es el que se activaba durante los bombardeos alemanes sobre Londres, en la II Guerra Mundial, que disparó la tasa de natalidad entre los atemorizados británicos.

La explicación científica es muy simple: el cuerpo segrega adrenalina ante situaciones estresantes y esta hormona, que nos pone alerta y predispone para la lucha, puede subir también nuestra libido.

Francisca Molero, ginecóloga, sexóloga, directora del Instituto Iberoamericano de Sexología y presidenta de la Federación Española de Sociedades de Sexología, confirma que “en casi todas las guerras, las dos Mundiales y la Civil, se comprobó que la tasa de nacimientos ascendía considerablemente.

Pero así como ciertas dosis de susto pueden ser afrodisíacas, el sexo desata también algunos de nuestros miedos. “El más grande de todos es siempre la idea de no llegar, de no dar la talla”, afirma Molero, “aunque luego están, en menor medida, el miedo al embarazo, a contraer una ETS, a la agresión física o psicológica, ya que durante el acto sexual somos muy vulnerables, el miedo a perder la erección (en los varones) y a perder el deseo (en las mujeres)”.

Con información de El País

Rita Abundancia periodista, sexóloga

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