Suena atemorizador pero el final asoma bajo la forma de un halo encumbrado como círculo de miedo.
Como revelación que deletrea al revés las incógnitas de vida y devuelve el sabor de cada inicio.
Entonces el estómago avisa y descarga en instantes el contrasentido de la energía si es terror.
O coágulos de inermes desajustes que dejan de tener explicaciones y se confunden como duendes.
O esas capacidades que descubres entre tus manos como la muerte que puedes ofrecer o dar o parecer justa en múltiples circunstancias.
O la gran transformación como datos globales infinitos que reducen todo espíritu a menos que un cabello.
O el reloj que consume tu tiempo entre puntos equidistantes y hacen del bello divagar profundidad sin fondo.
O la gran pequeñez que abre los ojos si ubica el enorme centro del cerebro entre el espacio que detallas negro cuando levantas la vista.
O la escasa mancha entre el viejo callejón que te hace al contar pasos relajar los días tristes y que apestan a soledad de ultraje y violación.
O las heridas que infliges a la tierra cuando trazas en ella mares de ideas y acciones y proyectos que dejan de tener arenas.
O qué decir del perder o del buscar sin encontrar o hallar sin resolver cuando con la oscuridad yerras en historias sin movimientos ni esfuerzos intentados.
O la más firme fiebre de fiarse de una confianza que deja de sentirse para alejarse y extraviarse entre diluvios de alas y mocedades repetidas.
O el cambio que puede traducirse en regreso y en círculos que hacen de las formas iluminaciones falsas.
O la sonrisa como máscara que esconde la repugnante realidad de la maldad en y del otro acariciándote la proyección de tu mirada.
O solo cuando descubres en el último reducto de ti mismo como recurso mundano y divino el viviente y yerto compás retratado en el miedo.
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Imagen de S. Hermann & F. Richter en Pixabay














