Por algunos es considerada Madre de la Patria, por sus actos heroicos

Hay una pregunta que en ocasiones nos llegamos a hacer y tal vez nunca nos la haríamos ¿Morirías por tus ideales? Probablemente suene como a una idea romántica muy lejana a la realidad en la que vives, sin embargo, a lo largo de la historia de nuestro país se han erigido figuras que, independientemente de su posición política, arriesgaron todo lo que eran y tenían por un porvenir.

Vida, lucha, muerte, son palabras que adquieren otro significado cuando nacen desde el genuino deseo de cambio, personas a las que después se les denominan “héroes”, pero que sólo adquieren una dimensión de compromiso y entrega por un objetivo que supera lo meramente individual. Así, los eventos parteaguas van tejiendo la historia de un pueblo o toda una nación, cimentados en los actores que pusieron a girar la rueda de los acontecimientos.

Uno de estos acontecimientos es el de la Independencia de México, un período abiertamente criticado por muchos historiadores sobre todo por las motivaciones y las consecuencias, pero sin duda uno de los momento más relevantes en la construcción de lo que hoy concebimos como país. Pero en algunos casos una pieza de clave en este movimiento fue una mujer Josefa Ortíz de Domínguez, quien fue olvidada en algún tiempo.

Los nombres que comienzan a sonar entre ellos Josefa Ortiz de Domínguez ha quedado cristalizada como la mujer por la que fue posible liberarse del yugo imperialista, sin embargo, ¿conoces realmente quién fue esta mujer? Considerada popularmente como una pieza fundamental de la Independencia, Josefa sostuvo sobre sus hombros la tarea de ser un muro de contención para que la conspiración no se desplomara, una mujer descrita como de carácter fuerte e ideales liberales, un ser apasionado y con el sueño de ver una patria libre y digna.

Su nombre completo era María Josefa Crescencia Ortiz Girón Téllez-Girón y hay un fuerte debate sobre su fecha y lugar de nacimiento, aunque entre lo más aceptado es que llegó a esta vida el 8 de septiembre de 1768 en Valladolid, lo que hoy es Morelia, Michoacán, aunque otras versiones aseguran que nació en la Ciudad de México, el 19 de abril del año 1773, en el seno de una familia económicamente acomodada. Fue hija de Pedro Ortiz, quien capitaneaba el regimiento de Los Verdes, y de Manuela Téllez-Girón, una española proveniente de una familia de alta alcurnia.

Cuando todavía era una niña, Pedro Ortiz, su padre fue asesinado mientras estaba en ejercicio. No mucho tiempo después, su madre también falleció, por lo que desde muy pequeña tuvo que enfrentar la pérdida de sus padres y fue criada por su hermana mayor, María Sotero Ortiz, quien la apoyó para que la pequeña Josefa ingresara al prestigiado Colegio de las Vizcaínas, donde desarrolló su amor por el conocimiento y destacó por sus ideas cercanas a la Ilustración.

A esta institución, por la imagen que proyectaba sobre los mexicanos, llegaban múltiples figuras políticas e intelectuales en determinadas ceremonias. Es así como en una de esas ocasiones llegó Miguel Domínguez, quien era un abogado que estaba comenzando a hacer su carrera política, y conoció a Josefina en el plantel. Así se enamoró de la joven y solicitó permiso a las autoridades del colegio para visitarla con más frecuencia. Tras un periodo de cortejo, visitas y cartas, tuvieron una relación rápida y aparentemente apasionada se hicieron novios y Josefina y Miguel se casaron el 23 de enero de 1791 en el Sagrario Metropolitano en la Ciudad de México, ese momento Josefa solo contaba con 23 años.

Este fue el inició de Josefa en la política, pero su matrimonio y el puesto de su esposo no determinaron sus acciones ni cimentaron su identidad, pues Doña Josefa, como se le empezó a llamar, era criolla y se identificaba con el abuso que sufría esta parte de la sociedad a manos de los españoles, los gachupines, los usurpadores. Los criollos era considerados ciudadanos de segunda clase y eran relegados a puestos de segundo nivel en el virreinato. Para el año de 1802 Miguel Domínguez, esposo de Doña Josefa, fue promovido por Félix Berenguer de Marquina, virrey de la Nueva España, al cargo de Corregidor de la ciudad de Santiago de Querétaro a donde se trasladó la pareja.

Pese a esta posición, Miguel, tras una breve resistencia, comenzó a escuchar con atención a su esposa, quien era parte de los pequeños grupos de intelectuales que se reunían a promover las ideas de la Ilustración en el país. Por supuesto, todo esto debían hacerlo con suma discreción, pues tanto la Iglesia Católica como la Corona Española habían prohibido la difusión de esta ideología, que atentaba claramente contra sus poderes. La razón por la que estos grupos existían era por el trato discriminatorio que recibían las personas nacidas en América de las nacidas en España, a las que trataban de gachupines o criollos.

Así el descontento entre los criollos aumentó con el tiempo, lo que hizo que organizaran “veladas literarias” donde se hablaban sobre ideas de libertad y se fraguaba lentamente un sueño de independencia. Josefa se integró con genuino interés a estas veladas donde se reunían abogados, militares, comerciantes, académicos y demás pensadores para discutir el descontento contra la Nueva España.

Pese a esta posición, Miguel, tras una breve resistencia, comenzó a escuchar con atención a su esposa, quien era parte de los pequeños grupos de intelectuales que se reunían a promover las ideas de la Ilustración en el país; por lo que Miguel Domínguez se unió a las estratagemas de las que hacía parte su esposa, quien ya era conocida como la Corregidora. Dentro de este grupo literario de Querétaro, del que eran parte María Josefa de Domínguez, su esposo Miguel, el cura Miguel Hidalgo, Ignacio Aldama y Juan Aldama, entre otros.

Y lo que comenzó como charlas acaloradas alcanzó un nivel de organización que se consolidó en un plan para levantarse en armas el primero de octubre de 1810. Pero como no todo sale como lo planeamos, el 13 de septiembre fueron descubiertos por un infiltrado que informó a las autoridades y al virrey sobre una conspiración en Querétaro. Esto porque entre los participantes del grupo había un miembro infiltrado, quien rápidamente avisó a las autoridades. Estas, a su vez, delegaron a Miguel Domínguez la misión de arrestar a los conspiradores.

Por órdenes virreinales Miguel Domínguez fue obligado a realizar un cateo en diferentes hogares para descubrir a los conspiradores, pero la historia cuenta que para evitar que su esposa alertara a los demás implicados en la conspiración la encerró en un cuarto bajo llave, pero ella pudo avisarles a los caudillos que habían sido descubiertos con los golpes de su tacón –de ahí que los tacones de Doña Josefa sean famosos–.

De esta manera Miguel Hidalgo, Juan Aldama e Ignacio Aldama fueron notificados por Ignacio Pérez que escuchó el llamado de Josefa, lo que desencadenó que Hidalgo, párroco del pueblo de Dolores, Guanajuato, convocara al pueblo para levantarse en armas la madrugada del 16 de septiembre de 1810, fecha que se ha asignado como inicio de la guerra por la Independencia de México.

Cuando fueron descubiertos, los Domínguez permanecieron en la corregiduría hasta el 14 de diciembre de 1813, pero fueron acusados de conspiradores y fueron recluidos en los conventos de la Cruz y Santa Clara, en donde estuvieron en calidad de esclavos los primeros días del conflicto. Miguel su marido recuperó pronto la libertad pero Josefa permaneció una larga estadía en prisión tras ser hallada culpable de traición.

Sin embargo, por su condición de salud, además de que Josefa estaba embarazada, fue trasladada al convento Santa Catalina en donde permaneció hasta 1817, cuando Miguel Domínguez pidió a Juan Luis de Apodaca que los liberaran pues ya su tiempo como caudillos había terminado. En 1817 recupera la libertad.

Es de mencionar que Josefa no solo dio el aviso de que habían sido delatados sino que durante muchos años estuvo activa en la lucha, mandando recados o dinero cuando podía para seguir apoyando la causa. Incluso después de ser liberada en 1817 su casa volvió a fungir como punto de reunión para los republicanos.

El matrimonio Domínguez Ortiz tuvo once hijos: José, Mariano, Miguel, Ignacia, Micaela, Dolores, Manuela, Magdalena, Camila, Mariana y el pequeño José. Cuando en 1822 la independencia es un hecho, Josefa, fue tentada por el emperador Iturbide para integrar su corte, sin embargo, Josefa rechazó la oferta porque consideraba que no correspondía con los ideales que ella defendía. Asimismo, rechazaría otras tantas propuestas de reconocimiento.

La última época de su vida la pasó en México en la casa número 2 de la calle de Indios Triste. En este lugar moriría a los 60 años el 2 de marzo de 1829 a causa de una pleuresía. Su cuerpo fue trasladado al convento de Santa Catalina. Un año después falleció Miguel Domínguez. Sus restos descansan junto con los de su esposo reposan en un panteón de honor en Querétaro.

Gracias a sus heroicas acciones, es considerada la Madre de la Patria Mexicana. Por lo mismo, hay varios monumentos en su honor. Por ejemplo, la casa en la que residió en Querétaro es el actual Palacio de Gobierno de Estado; en Ciudad de México, en la plaza de Santo Domingo, hay una estatua en medio de una fuente donde yace sentada; también su tumba es un monumento, en el que reposan sus restos y los de su esposo.

Es indudable que a pesar de que todavía existen muchos espacios en negro de la biografía de Doña Josefa Ortiz de Domínguez, fue una mujer destacable durante su tiempo y muchos años después, reconocida como, la persona sin la cual probablemente la lucha por la liberación hubiera sido tajantemente distinta e, incluso, tal vez hubiera fracasado.

Con información de News Cultura Colectiva, Quien.Net e Historia-Biografía