Por Alfonso Aguirre Sandoval
La pandemia nos obligó a tomar medidas de restricción social para evitar el contagio masivo y el permanecer confinados en solitario o en pequeños núcleos, ha puesto al descubierto cuan psicológicamente frágiles somos.
Las actividades que usualmente llevamos a cabo en colaboración con otras personas, generalmente nos impiden darnos cuenta con claridad de nuestras debilidades individuales al ser compensadas por los múltiples vínculos interpersonales y afectivos que entre las personas se entretejen.
En cambio, cuando carecemos de esa red social-emocional y nos enfrentamos solos al mundo, las personas se vuelven más conscientes de su extrema dificultad para mantener la integridad de su identidad y manejarse satisfactoriamente.
Por ejemplo, somos muy vulnerables ante la muerte de personas cercanas y queridas, lo que perturba profundamente nuestro equilibrio emocional individual.
Somos vulnerables ante la sensación de soledad que cobija la invasión de una serie de estados emocionales y de consciencia alterados, difíciles de controlar.
La necesidad de reconocimiento e integración social desbarata nuestra idea de ser personas libres e independientes y nos revela nuestra fragilidad.
La necesidad de afecto vulnera nuestra integridad individual y nos hace dependientes del entorno social inmediato más de lo que quisiéramos.
El deseo sexual nos vuelve seres altamente vulnerables ante las demás personas, disminuyendo nuestra capacidad racional para tomar decisiones.
Existen toda una serie de temáticas que bien se podrían listar en este mismo sentido: la belleza personal, la identidad, la aceptación del cuerpo, la propensión a la maternidad/paternidad, etc.
La psicoterapia es el procedimiento más efectivo para ayudar a las personas a enfrentar sus propias vulnerabilidades emocionales extremas















