Matilda llega a Ciudad de México con una puesta emotiva sobre valentía, imaginación y el poder de ser diferente.
Matilda, el musical llega al Centro Cultural Teatro 1 de la Ciudad de México bajo la producción de Alejandro Gou, con una puesta en escena de gran formato que nos recuerda por qué el teatro familiar también puede ser profundamente conmovedor.
Basada en el universo de Roald Dahl, (y por si no has visto las películas) la historia nos presenta a una niña brillante, sensible y distinta, que encuentra en los libros, la imaginación y la valentía una forma de sobrevivir a un mundo adulto que muchas veces no sabe escuchar.
La dirección de Nick Evans construye un montaje lleno de energía, ritmo y color, donde el ensamble infantil y adulto sostiene una producción ambiciosa, visualmente poderosa y musicalmente muy exigente.

La escenografía es uno de sus grandes aciertos, envolvente, dinámica, aromática y con esa capacidad de hacer que el público entre de inmediato al mundo exagerado, cruel y oscuro de la escuela de Matilda.
Jaime Camil, en el papel de Tronchatoro, se convierte en uno de los grandes atractivos del montaje.
Sin duda, es uno de los actores más queridos y reconocidos de México, con una trayectoria muy presente en la memoria popular gracias a múltiples proyectos como La fea más bella y muchos otros éxitos en televisión.
Aquí se entrega a un personaje grotesco, autoritario y caricaturesco, demostrando que el teatro musical también permite jugar desde el exceso, el humor físico y la presencia escénica.
Ricardo Margaleff sorprende desde la comedia, en un papel que confirma su versatilidad dentro del teatro musical, después de haber formado parte de montajes como The Book of Mormon, Hamilton, Spamalot y Brokers.
Verónica Jaspeado, actriz poblana de gran trayectoria en televisión, cine y teatro, interpreta a la señora Wormwood con soltura y personalidad, aportando ese tono absurdo que la historia necesita.
En la función que tuvimos oportunidad de ver, Gloria Aura dio vida a la señorita Miel, un personaje que representa la ternura, la empatía y la posibilidad de que un adulto sí pueda mirar a un niño con amor.


Su presencia resulta cálida y luminosa, recordándonos su fuerza como actriz de teatro musical en proyectos como El diluvio, Mamma Mia!, Cats y Marta tiene un marcapasos en España.
Gicela Sehedi, como la señora Phelps, también aporta encanto a la historia desde la complicidad de la biblioteca, ese espacio donde Matilda puede leer y contar de otros mundos.
Raffaella, quien interpretó a Matilda en esta función, merece una mención muy especial.
Canta, baila y sostiene el escenario con una seguridad admirable.
Su trabajo emociona porque no sólo cumple con la exigencia técnica del personaje, también logra transmitir esa mezcla de inteligencia, soledad, ternura y rebeldía que hace que Matilda conecte con niños y adultos.
Después de verla, naturalmente quedan ganas de regresar y ver también a Lara Campos como artista invitada en el mismo papel, así como a Emilia y Elena que alternan esta enorme responsabilidad.
Matilda, el musical tiene muchísima luz. También tiene áreas perfectibles, sobre todo en algunos momentos de dicción del elenco infantil, donde ciertas frases y canciones pueden perder claridad.
Sin embargo, eso no opaca el enorme trabajo que hay sobre el escenario, ni la entrega de un elenco que canta, baila y sostiene la producción mexicana de gran escala.

Es una obra que se disfruta en familia, pero que también deja una lectura poderosa para los adultos, escuchar a los niños, respetar su inteligencia, acompañar su sensibilidad y recordar que la imaginación puede ser una forma de compartir con los adultos.
Felicidades a todos los niños que forman parte de este elenco.
Su disciplina, energía y talento son el corazón de esta producción.
Matilda, el musical es una invitación a vivir el teatro en México, a regresar más de una vez para descubrir sus elencos alternantes y a celebrar que las grandes historias también pueden nacer desde la mirada de una niña que se atreve a cambiar su propio destino.
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