A ocho años del sismo de 2017, Puebla recuerda las pérdidas y reconstrucción que dejó aquel movimiento y la importancia de mantener viva la prevención.
Hay fechas que no necesitan una alarma para volver a la memoria. El 19 de septiembre es una de ellas. Para Puebla, aquel día de 2017 quedó marcado por el sonido de las alertas, el movimiento de la tierra, las calles llenas de personas y una sensación de incertidumbre que se extendió por distintos municipios del estado.
El 19 de septiembre de 2017, a las 13:14 horas, un sismo de magnitud 7.1 ocurrió en los límites de Puebla y Morelos. El Centro Nacional de Prevención de Desastres señala que el epicentro se ubicó aproximadamente a ocho kilómetros al noroeste de Chiautla de Tapia, Puebla, a una profundidad de 51 kilómetros.
El impacto fue especialmente fuerte para Puebla. La cifra oficial de fallecimientos registrada posteriormente por CENAPRED fue de 45 personas en el estado, mientras que decenas de municipios reportaron afectaciones.
Pero las cifras no cuentan por completo lo que significa vivir un desastre. Detrás de cada vivienda dañada hubo una familia que tuvo que reorganizar su vida; detrás de cada edificio afectado hubo comunidades que tuvieron que esperar por revisiones, reparaciones y reconstrucción.
La emergencia también alcanzó el patrimonio histórico. Iglesias, viviendas y construcciones antiguas resultaron afectadas, particularmente en municipios de la Mixteca y otras regiones del estado. De hecho, el Gobierno Federal declaró emergencia extraordinaria para 112 municipios poblanos tras el terremoto.
Una fecha que también habla de solidaridad
Con el paso de los años, la imagen del desastre comenzó a mezclarse con la de una sociedad que salió a las calles para ayudar. Personas que llevaron alimentos, agua y herramientas; voluntarios que participaron en centros de acopio; comunidades que se organizaron para apoyar a quienes habían perdido sus hogares.
Esa solidaridad forma parte de la memoria del 19 de septiembre, pero también deja una pregunta necesaria: ¿qué aprendimos desde entonces?
Recordar un sismo no debería limitarse a contar cuánto duró o cuántas personas resultaron afectadas. También implica revisar si conocemos las rutas de evacuación de nuestra casa, escuela o trabajo, si sabemos dónde están las zonas de menor riesgo y si tenemos claro cómo comunicarnos con nuestra familia ante una emergencia.
La prevención no elimina los sismos, pero puede reducir los riesgos.
CENAPRED recomienda contar con un plan familiar de protección civil, identificar rutas de evacuación, participar en simulacros y preparar una mochila de emergencia.
Ocho años después, Puebla no solo recuerda un día que cambió la vida de miles de personas. También recuerda que la memoria puede convertirse en prevención.
Porque un sismo no avisa cuándo llegará. Lo que sí podemos decidir es qué tan preparados estaremos cuando vuelva a moverse la tierra.
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