Las tentaciones populistas sobre la economía

Refinería de Dos Bocas estará lista en mayo de 2020, estima AMLO

Dado que las críticas al actuar del gobierno son reaccionarias, las evaluaciones crediticias internacionales fueron reprochadas por su parcialidad y su tinte neoliberal y dado que toda crítica o perspectiva contraria al gobierno es un atentado al “pueblo sabio”, la transparencia del hablar y discursear del presidente López se pierde en la intransparencia de las consecuencias de sus decisiones.

Lo ocurrido entre la secretaria de energía Rocío Nahle y el subsecretario de hacienda Arturo Herrera, cuando el presidente López Obrador desmintió a su subsecretario de hacienda por haber dicho, el día anterior, que la inversión para la refinería de Dos Bocas Tabasco, no se realizaría, no puede verse como un hecho anecdótico o de simples posiciones encontradas, sino como un choque, un diferendo, un enfrentamiento de visiones de desarrollo en el interior del gabinete, provocado por esta intransparencia que se abre en la transparencia del personaje.

El que el presidente López haya refrendado que la refinería será construida, no obstante los problemas ambientales, técnicos y financieros que implica y que se complican por la precaria situación de Pemex, habla de este decidir férreo, visceral y autocrático que intenta desconocer sus consecuencias y los riesgos que conlleva.

Uno de los riesgos es la salud de las finanzas públicas, pues éstas responden a cuestiones que escapan al capricho presidencial y que están atadas a desbalances internacionales, a presiones e incertidumbres, a juegos y decisiones de otros actores, tanto económicos como políticos y sociales.

Se pone en riesgo en primer lugar el déficit público, que puede crecer en la medida en que se entienda al gasto público como único y principal eje para promover estímulos que mantengan a la nueva fuerza corporativa de Morena, embozada ahora de “programas sociales”.

Se pone en riesgo, con el aumento del déficit público, de la estabilidad de la economía que tanto esfuerzo ha significado para controlar la inflación, gestionar la paridad del peso frente al dólar.

Estos y otros riesgos cuestionan la difícil situación de mantener una intervención del Estado en la economía que evite inhibir el desempeño de ésta, pero que permita realizar inversiones, atemperar desigualdades, luchar en contra de la pobreza y, lo fundamental, mantener el orden, la paz y la seguridad pública.

En esta intransparencia, creada por el propio esquema gubernamental y político del actual gobierno, parece sumirse la pugna entre dos visiones contrapuestas, la de ver en el Estado lopezobradorista la fuerza omnipotente y omnipresente en la economía que la corrige y le dicta su métrica y ritmo, y la de observar con mesura, con cabal entendimiento y fino análisis cuáles son las nuevas reglas de la globalidad y de las economías abiertas supeditadas a la incertidumbre, volatilidad y la crisis.

Estos hechos hablan precisamente del tipo de intransparencias que se están creando alrededor de las declaraciones y falacias presidenciales, que encubren las tentaciones populistas de ejercer nuevos espacios de dominio y vasallaje más allá de las prácticas de una economía que atraviesa una precaria situación, brotes de desaceleración, caídas en la producción y menores tasas de inversión.

El presidente López ha continuado y desatado estas intransparencias, que le permiten seguir el discurso del Estado “soy yo”, del que califica “soy yo” y del que gasta “soy yo”. Empero, no es deseable para una economía como la nuestra, tan debilitada, que las intransparencias políticas y las imágenes míticas se conviertan para ésta en transparencias de crisis y desajustes malsanos que la pongan en riesgo.