sábado, julio 20, 2024
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Irena Sendler, el ángel del gueto de Varsovia

Imagen Wikimedia

La mujer que salvó a 2,500 niños judíos de los guetos de Varsovia.

Revista Única recuerda a una mujer que arriesgo su vida por salvar a 2,500 niños de morir a manos de los nazis en el gueto de Varsovia, hablamos de la enfermera católica polaca, Irena Sendler o Irena Sendlerowa, en el aniversario trece de su muerte. Nació el 15 de febrero de 1910 en Varsovia, Polonia; fue registrada como Irena Krzyzanowska, su padre fue Stanisław Krzyżanowski, un reconocido médico.

Desde muy niña Irena sintió simpatía por los judíos. Su padre murió en 1917 a causa de un tifus, contraído al tratar a varios pacientes rechazados por sus colegas: muchos de esos pacientes eran judíos. Tras su muerte, los líderes de la comunidad judía ofrecieron pagar los estudios de Irena. En la Polonia de la preguerra, Irena se opuso al sistema de discriminación adoptado por algunas universidades, como resultado de lo cual fue suspendida en la Universidad de Varsovia durante tres años.

Irena decidió dedicar su vida a los demás y se hizo enfermera. En 1939, cuando Alemania invadía Polonia, Irena, que trabajaba en el Departamento de Bienestar Social de Varsovia, trabajaba duro en los comedores comunitarios de la ciudad.

Un año más tarde, la situación se volvió aún más complicada con la creación del gueto de Varsovia. A pesar de que Irena se había educado en la fe católica, igual que su padre, tuvo siempre simpatía por los judíos a los que no dudó en ayudar, a pesar del peligro que aquello podía conllevar para su propia vida.

Imagen Wikimedia

Irena se unió entonces al Consejo para la Ayuda de Judíos, conocido como Zegota, como miembro del cuerpo sanitario para encargarse de paliar los casos de enfermedades contagiosas. Ante la amenaza de una epidemia de tifus, los nazis fueron permisivos con las personas que entraban en el gueto para intentar frenar la enfermedad.

Además de ayudar a otras enfermeras no judías a introducirse en el gueto, Irena pronto vio se dio cuenta de que aquel espacio controlado y vigilado sólo podía ofrecer un futuro oscuro para sus habitantes. Así que decidió buscar la manera de sacar del gueto al menos a los más pequeños.

Esta era una decisión terrible para las madres que debían desprenderse de sus hijos pero en muchas ocasiones era la única manera de salvar sus vidas. Muchos de sus padres terminarían muertos en los campos de concentración a los que los judíos del gueto de Varsovia donde fueron trasladados.

La forma más sencilla de sacar a los niños del gueto era mediante las ambulancias que trasladaban a los más graves a los hospitales de fuera del espacio controlado. Pero pronto tuvo que buscar otros métodos para hacerlo. Desde colocarlos dentro de bolsas de basura hasta en ataúdes, cualquier idea era bienvenida.

De los 2500 niños a los que pudo salvar de una muerte segura, Elzbieta Ficowska fue uno de los casos más conocidos. En aquel terrible 1942, era solamente un bebé de escasos meses cuando se le fue administrado un narcótico y la colocaron en una caja con agujeros que pusieron escondido en un cargamento de ladrillos.

Sus padres murieron en el gueto y la pequeña Elzbieta fue criada por Stanislawa Bussoldowa, una conocida de Irena. Una cuchara de plata con la fecha de su nacimiento y su apodo, Elzunia, grabados fue el pequeño objeto que mantuvo a Elzbieta unida a sus raíces.

irena sendler
Imagen Flinckr

Y es que Irena siempre quiso que los niños a los que salvó no perdieran nunca sus orígenes y su verdadera identidad. Para eso llevó un exhaustivo registro que enterró en el jardín de una vecina por si ella fallecía.

El 20 de octubre de 1943 las cosas se complicaron para Jolanta, nombre en clave de Irena, quien fue detenida por la Gestapo. En la prisión de Pawiak fue sometida a terribles torturas con las que los nazis no consiguieron sonsacarle el paradero de los niños a los que había estado ayudando a escapar del gueto.

Condenada a muerte, Irena pudo escapar de la prisión gracias a un soldado quien la ayudó a escapar y su nombre fue apuntado en la lista de ejecutados. Hasta el fin de la guerra, continuó con su labor bajo un nombre falso.

Una vez terminada la guerra, Irena desenterró las listas con los nombres de los niños y la entregó al Comité de salvamento de los judíos supervivientes.

Irena Sendler se casó y tuvo tres hijos y aun tuvo problemas con el régimen socialista que se instauró en Polonia.

Tras décadas de vida anónima, cuando su fotografía fue publicada en los periódicos fueron muchos los hombres y mujeres que reconocieron en aquella mujer a la enfermera que salvó sus vidas durante la ocupación nazi de Polonia.

La Orden del Águila Blanca de Polonia, título de Justa entre las Naciones de organización Yad Vashem de Jerusalén o su candidatura al Premio Nobel de la Paz, esto en el 2007 fueron algunos de los reconocimientos a una mujer quien nunca pensó que su labor humanitaria descubierta muchos años después levantara tanto revuelo. Para ella fue lo que tenía que hacer.

Irena Sendler falleció en Varsovia, el 12 de mayo de 2008. Tenía 98 años. La llegaron a llamar «la Schindler mujer».

Cuando le preguntaron por qué había actuado de ese modo, por qué había arriesgado su vida, ella respondió con naturalidad: “Me lo enseñaron en mi casa. Una persona que necesita ayuda debe ser asistida sin detenerse a mirar su religión o su nacionalidad”.

La superficie equivalía al 2% del total de Varsovia. No les importó hacinar ahí al 30 % de la población. En octubre de 1940, las fuerzas nazis crearon El Gueto de Varsovia. Encerraron a los judíos polacos. Los aislaron en condiciones infrahumanas. Luego la población del gueto fue alimentada con otros judíos deportados desde diferentes destinos.

Imagen Wikimedia

El Gueto llegó a tener una población de 400.000 personas. Ese número decreció con los años. Las deportaciones a los campos, el hambre y las enfermedades se encargaron de eso. El número se redujo a 50.000. El Gueto de Varsovia fue escenario también de la primera gran revuelta contra el nazismo, del primer acto de rebelión masivo contra el Tercer Reich y sus hombres.

El Levantamiento del Gueto de Varsovia comenzó el 19 de abril de 1943, 78 años atrás. Fue casi un mes de lucha desigual. Después de un ataque inicial que sorprendió a los alemanes y los obligó al repliegue, llegó la respuesta feroz. Como los resistentes habían atacado desde edificios desiertos, con francotiradores, los nazis decidieron incendiar cada construcción. 

El gueto ardió con sus habitantes dentro. Miles murieron en los asesinatos masivos. 35.000 fueron enviados al campo de extermino de Treblinka. Se calcula que los sobreviviente fueron sólo unos 8.000.

Los números son contundentes. En el Gueto de Varsovia no había demasiadas posibilidades de supervivencia. Se podía morir allí o servía como estación (infernal) intermedia antes de la muerte segura. Cada vida que se pudiera robar al sistema asesino era un triunfo. Irena Sendler se dedicó con devoción a conseguirlo. Su tarea cotidiana fue hacer lo extraordinario, lograr día a día lo imposible.

No había demasiado espacio, ni energía, para la rebelión. Cada gesto, cada acto valía el doble. Era una afirmación de la ilusión, era un desafío de vida, era mostrarle al monstruo su falibilidad, su incapacidad para cercenar toda esperanza.

A fines de la década del treinta, Irena trabajaba como enfermera y en comedores comunitarios. Luego de la invasión nazi, el trabajo en esos comedores se incrementó. No sólo alimentaban cada vez a más personas. Les conseguían techo, ropa, medicamentos.

Cualquier polaco podía recibir la ayuda que ella y sus compañeros brindaban. El horror la invadió con la instalación del Gueto. No podía entender cómo se trataba de esa manera a tanta gente que no había hecho nada malo.

Teniendo en cuenta su oficio de enfermera, elaboró un ardid para poder ingresar al Gueto. Junto a Irena, una amiga suya, consiguió unos pases. Utilizó su encantó y su firmeza para convencer a los alemanes que el hacinamiento no sólo iba a matar de tifus y otras enfermedades contagiosas a los judíos que ellos habían amontonado ahí, sino también a quienes debían custodiarlos. 

Los nazis creían que esas enfermedades eran su peor enemigo, el único que podría hacerles daño. Dejaron entrar a los dos enfermeras que rápidamente consiguieron pases para otros más.

Simultáneamente, Irena Sendler se unió a Zegota, una agrupación clandestina de resistencia financiada por el gobierno polaco en el exilio (en Londres) que tenía como fin ayudar a los judíos. Sus integrantes eran polacos indignados con los atropellos diarios y que luchaban para recuperar su tierra.

Imagen Wikimedia

La mujer se dio cuenta que con su ayuda no bastaba. Que la muerte era inexorable, sólo cuestión de tiempo. Se le ocurrió que al menos podía salvar a algunos niños. Debía intentar sacarlos del Gueto para que tuvieran posibilidades de vivir.

Sin embargo, su idea no fue bien recibida inicialmente. Ni adentro ni afuera. Sus compañeros le decían que era una locura, que iba alertar a los nazis; las madres judías no aceptaban de ninguna manera desprenderse de sus hijos e hijas. No podían comprender de qué manera podían estar más seguros, más protegidos que con ellas. Eso le sumó un (comprensible) trabajo extra a Irena.

La disuasión de los familiares. Para eso, muchas veces, debió ser cruda, sincera hasta límites dolorosos para que entendieran que en el horizonte sólo había muerte. Muchas veces, cuando regresaba a buscar a una familia, ya no la encontraba: los nazis habían subido a todos sus integrantes a un tren con destino a Auschwitz.

Transcurridas unas semanas, madres y abuelas, con horror reconocieron que la única posibilidad estaba del otro lado de las murallas. Afuera los chicos vivirían en caso de polacos católicos, como hijos de ellos, con nueva documentación adulterada para evitar la persecución nazi.

A los primeros niños, Irena Sendler los sacó con un método sencillo. Los subía a las ambulancias y los declaraba como gravemente enfermo de tifus. Pero esa modalidad mostró dos limitaciones. Por un lado, si siempre daban la misma excusa (y si los pacientes trasladados eran sólo niños), los soldados alemanes empezarían a sospechar. Por el otro, el goteo de rescatados era demasiado lento para la velocidad de la masacre.

Irena decidió arriesgarse más. Los modos de fuga de sus pequeños protegidos se diversificaron. Cualquier manera que asegurara que los chicos salieran del Gueto era aceptado. 

Un bebé de pocas semanas puesto en una caja de madera con agujeros para que circulara el aire, camuflada entre un cargamento de materiales de construcción; dejar pequeños huecos en las vallas y esperarlos en medio de la noche del otro lado; hacerlos caminar entre los obreros que por las mañanas salían en masa a trabajar; o sacarlos escondidos en bolsas de arpillera, entre cargamentos de papas, entre la basura, bajo fardos de pasto o alfalfa, o bajo montañas de ropa robada a las víctimas, por la cloacas. O en ataúdes. Lo único que importaba era ponerlos a salvo.

El peligro cada vez era mayor. Pero tanto las familias judías como Irena y sus compañeros lo asumían. Quedarse era peor. Los chicos terminaban viviendo en casa de familias polacas, en orfanatos o en conventos.

En casi dos años Irena creó y dirigió una red que consiguió salvar a 2500 niños y niñas. Darles una nueva vida. Pero ella sabía que sin importar la edad, ya fuera un bebé de semanas o una adolescente, todos tenían derecho a vivir y el derecho a la identidad. Para proteger ese derecho fue que ideó un sistema para resguardar sus verdaderos nombres, su origen. 

Que esta nueva vida no significara que se olvidara quiénes eran en realidad. No darle al victimario el derecho de borrar el pasado de las víctimas. Anotaba en una lista el nombre real del niño rescatado (y en los casos en los que se sabía el de sus padres) y al lado el nuevo nombre, el inventado en los documentos apócrifos y el de sus nuevas familias de adopción.

Luego hacía una copia y enterraba dos botellas o frascos con los papeles dentro, en la tierra del jardín de una vecina suya (eran dos como reaseguro por si una se perdía). Ese era un doble mensaje. La búsqueda por preservar el origen. Y, también. la esperanza de que el mal no triunfaría, que sería derrotado, que esos días y años infernales se acabarían, y los chicos podrían reencontrarse con sus padres.

Finalizada la guerra, Irena que había pasado sus últimos dos años refugiada en un convento, no vivió demasiado mejor. El régimen comunista no la trató bien. Ella era opositora y deseaba que las libertades individuales regresaran a Polonia.

Su historia se difundió entre aquellos que se habían visto beneficiado por su accionar lleno de coraje. En 1965 Israel la nombró Justa Entre las Naciones y ciudadana honoraria del país.

Pero a diferencia de otros que lograron salvar vidas de judíos durante el nazismo, como Raoul Wallenberg o Oskar Schndler, la historia de Irena Sendler no fue demasiado difundida. La manera en el que el mundo conoció su obra fue peculiar.

Un grupo de estudiantes de Kansas escribieron, en 1999, una pieza teatral contando el caso del que se habían enterado leyendo un pequeño suelto en un diario viejo. Desde esa mínima obra colegial, la historia empezó a expandirse y a conocerse en todo el mundo.

Ya con la caída del comunismo y con su historia siendo difundida, el mundo conoció a Irena cuando ya era una anciana. En el nuevo siglo recibió múltiples homenajes, en especial en Polonia, su tierra natal. Ahí llegó también la nominación al Premio Nobel.

Uno de los chicos que ella rescató dijo que Irena era su tercera madre y que además era quien le había conseguido a su segunda madre, luego de que los nazis le arrebataran a la biológica. “¿Qué pienso de ella? Lo que se puede pensar y sentir sobre alguien a quien le debés la vida” dijo al diario inglés The GuardianMichal Glowinski, un profesor de literatura que fue uno de los chicos cuyo nombre estaba en esos dos frascos de vidrio que ella enterró en ese jardín de Varsovia.

Irena Sendler rechazó los homenajes. “Me cansan estas cosas, ya estoy grande”, decía sin falsa humildad. Y agregaba: “Me molesta que me llamen héroe. Le voy a decir más. Es lo contrario: cada día me reprocho no haber hecho más por los que lo necesitaban”.

Con información de Mujeres en la historia e Infobae. @

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