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El síndrome de la hipersexualidad y la incapacidad de amar

Existen en la actualidad una serie de evidencias que sugieren un incremento en la motivación hacia la actividad sexual, especialmente bajo la modalidad de sexo consensuado entre personas adultas entre un sector de la población. Al mismo tiempo, no se ha podido constatar que este incremento en la actividad sexual sea aplicable a las parejas que mantienen un vínculo afectivo de pareja a largo plazo.

¿Qué nos indican estos datos?

La liberalización en los últimos años de las fuertes amarraras a las que estaba especialmente sujeta la sexualidad femenina, ha facilitado el intercambio sexual entre mujeres y hombres que antes estaba subordinado al cumplimiento de una serie de pasos y compromisos que daban paso al encuentro sexual.

Lo que he llamado «la experiencia sexual por sí misma», es algo que no le habría pasado por la cabeza a nuestras abuelas y madres porque esa actividad estaba condicionada al cumplimiento de una serie de requisitos de corte moral, legal y social en general que la hacían impensable salvo en raros casos. Incluso los científicos de la época pensaban que el sexo sin amor no era propio para ninguna mujer digna de sí misma y el hombre que se prestaba a este tipo de actividad se degradaba a sí mismo.

El sector de hombres y mujeres que buscan y tienen predisposición a ese tipo de actividad sexual porque sí, son los que han incrementado su actividad sexual. En la base de ésta hiperactividad sexual psicosocial encontramos: 1) mayor reciprocidad (mujer-hombre) a la actividad sexual; 2) incremento subjetivo del deseo ante nuevas y variadas parejas; 3) disminución de la ansiedad ante una actividad sexual sin compromiso; 4) el acceso a fármacos oral para facilitar la erección en el hombre; 5) protección efectiva contra un embarazo no deseado en la mujer; 6) saber que nadie tiene derecho a controlar su comportamiento sexual; 8) la persecución del placer por sí mismo; 9) otros.

Todo lo anterior contribuye a elevar la frecuencia de la actividad sexual en ese sector de personas adultas que se diferencian de otro sector de población quienes prioritariamente mantienen un vínculo afectivo con su pareja. Estos dos grupos no son totalmente independientes uno de otro ya que eventualmente, algunos hombres y mujeres del sector «hipersexual» son las mismas que mantienen un vínculo de pareja a largo plazo.

Es de notarse que las parejas constituidas a través de un vínculo afectivo muestran una curva de actividad sexual que va de más a menos con el paso del tiempo. El vínculo afectivo integra una serie de componentes de satisfacción emocional propios de la interacción interpersonal que complementan pero al mismo tiempo compiten con el deseo sexual desplazándolo de ese lugar preponderante que ocupaba en los momentos iniciales de la relación. En estos casos, la satisfacción de la vida en pareja no sólo deriva de la actividad sexual sino que es una síntesis de ambas vertientes.

Por lo expuesto anteriormente, pareciera que la ausencia de una relación amorosa o una relación amorosa no consolidada y dadas ciertas condiciones sociales como las enumeradas anteriormente que tienden a facilitar los encuentros sexuales adultos consensuados, se conjugan para producir esa búsqueda frenética casi obsesiva de «experiencias sexuales por sí mismas» que han elevado selectivamente la frecuencia de encuentros sexuales entre un sector de personas adultas y no entre la población en general.

Maestro Alfonso Aguirre Sandoval

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