Degradación y fusilamiento de Miguel Hidalgo

Degradación y fusilamiento de Miguel Hidalgo

El proceso al que fue sometido el padre de la patria antes de ser fusilado.

Este 30 de julio pero de 1811 se realizó el fusilamiento del cura Miguel Hidalgo, en Revista Única recordamos este violento hecho. Así el 23 de abril de 1811, Miguel Hidalgo ingresó a Chihuahua como prisionero, fue trasladado a ese lugar para ser juzgado y asumir las consecuencias de la insurrección. Sabemos que Hidalgo estuvo recluido dos meses y medio en la torre del ex colegio de la Compañía de Jesús. Pero a diferencia de los otros jefes insurgentes, como Allende, Aldama y Jiménez, el juicio del cura se prolongó más, debido a que además de ser señalado como cabecilla del movimiento independentista, tenía una causa pendiente con la Inquisición, ya que era sacerdote.

Así Miguel Hidalgo se sometió a un minucioso interrogatorio, al cual respondió con seriedad y entereza, convencido de que la Independencia resultaría algo benéfico para el pueblo novohispano. El sacerdote aseguró que había actuado con el derecho que posee todo ciudadano cuando cree que la patria se encuentra en riesgo, pero negó haberse aprovechado de su condición eclesiástica para incitar al pueblo a levantarse en armas. El interrogatorio, estuvo conformado por 43 preguntas, se prolongó por tres días. El 18 de mayo de ese año, Hidalgo firmó un documento donde pedía perdón a la Inquisición y la Iglesia, se retractaba de los «errores cometidos contra Dios y el Rey» e intentaba disuadir a los insurgentes de continuar en oposición a la Corona. Se piensa, que dicho arrepentimiento fue considerado necesario por Hidalgo para poder aspirar a la vida eterna, es decir, arrepentirse de sus pecados para arribar al juicio divino tras su muerte.

Desde julio de 1800, el tribunal de la Inquisición había comenzado un proceso contra el sacerdote de Dolores, acusándolo de apostasía y herejía. Este proceso fue reanudado en septiembre de 1810, tras el «Grito de Dolores». El 7 de febrero de 1811, el Inquisidor fiscal Manuel de Flores presentó una formal acusación en su contra conformada por 53 cargos, a lo cual Hidalgo respondió con largo escrito donde rechazaba las acusaciones de la Iglesia y explicaba las causas por las cuales decidió encabezar la rebelión, el cual fue enviado el 10 de junio de ese mismo año. De poco o nada sirvió dicha respuesta, pues el tribunal concluyó que Miguel Hidalgo era un «reo de alta traición y mandante de alevosos homicidios», por lo cual debía ser castigado con la muerte, la confiscación de sus bienes y la quema pública de sus manifiestos.

Después de la aprehensión en Acatita de Bajan los eclesiásticos fueron llevados a Durango para ser juzgados por el obispo de este lugar, y los prisioneros de menor importancia quedaron en Monclova, donde muchos fueron fusilados y otros repartidos como esclavos en las fincas de campo y en los talleres de los artesanos. En Chihuahua se les formó causa de infidencia a los prisioneros y fueron fusilados por la espalda como traidores Allende, Aldama y Jiménez, el 26 de junio de 1811, y los demás en diferentes días, sólo seis fueron condenados a prisión, entre ellos Mariano Abasolo. La sentencia de muerte al padre Hidalgo fue dictada el 26 de julio pero la ejecución fue aplazada porque siendo eclesiástico tuvo que ser antes despojado de su carácter sacerdotal, a cuyo fin llegó a Chihuahua el Dr. Francisco Fernández Valentín, canónico doctoral de la catedral de Durango comisionado por el obispo de Durango Francisco Gabriel Olivares para procesarlo y practicarle el acto de la degradación.

Así el proceso de degradación inició a las seis de la mañana del 29 de julio en el corredor del Hospital Real de Chihuahua, los encargados fueron el comisionado Francisco Fernández Valentín, el cura de Chihuahua, José Mateo Sánchez Álvarez; fray Juan Francisco García, guardián del convento de San Francisco; fray José Tarrasa; los jueces civiles Manuel Salcedo y Ángel Avella, y fray José María Rojas, notario del acto. Para la ceremonia se puso un altar y sobre él un crucifijo en medio de dos cirios encendidos y en una tarima se colocaron cuatro sillones en donde se sentaron el Dr. Francisco Fernández y los tres prelados que le acompañaban. El patio estaba concurrido de vecinos de la ciudad de Chihuahua que acudieron a presenciar el acto.

El cura fue sacado de la celda y llevado al corredor, le fueron quitados los grilletes y los prelados asistentes procedieron a vestirlo con el alzacuello, sotana y ornamentos como si fuese a dar misa y puesto de rodillas. El comisionado Francisco Fernández, en compañía del juez secular Manuel Salcedo, procedió a informar a los asistentes la causa de la degradación y en seguida pronunció contra el padre Miguel Hidalgo la sentencia. Después con un cuchillo raspó las manos y las yemas de los dedos en señal de despojo de los derechos a tomar la ostia para consagrar, pronunciando, el comisionado: “Te arrancamos la potestad de sacrificar, consagrar y bendecir, que recibiste con la unción de las manos y los dedos”.

Después lo despojaron de todas las ornamentas de su orden: el alzacuello y la sotana; pronunciando después el comisionado: “Por la autoridad de Dios omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo y la nuestra, te quitamos el hábito clerical y te despojamos del adorno de la religión y te desnudamos de todo orden, beneficio y privilegio clerical; y por ser indigno de la profesión eclesiástica te devolvemos con ignominia al estado y hábito seglar”. Con unas tijeras le fue cortado el pelo, pronunciando las siguientes palabras: “Te arrojamos de la suerte del Señor, como hijo ingrato y borramos de tu cabeza la corona, signo real del sacerdocio, a causa de la maldad de tu conducta”.

Terminado el proceso de degradación, Francisco Fernández le designó como confesor al padre Juan José Baca, y entregó el padre Hidalgo al Juez Civil, Ángel Avella, no sin antes interceder para que se le perdonara la vida, pero el juez hizo caso omiso de la petición y le leyó la sentencia de muerte. Para esto lo hizo ponerse de rodillas y le notificó que al día siguiente sería pasado por las armas y la confiscación de todos sus bienes; tras lo cual le fueron colocados los grilletes, levantado y conducido a la celda. Sobre la forma de cómo se comportó el padre Hidalgo en los momentos de su excomunión, existe un documento que describe estos sucesos: es una carta escrita por Francisco José de Jáuregui a su amigo Tomás Balmaceda, publicada por don José María de la Fuente en su libro Hidalgo íntimo, apuntes y documentos para su biografía.

Señor don Tomás Balmaceda,
Chihuahua, julio 30 de 1811.
Mi estimado paisano:

Tomo la pluma para comunicar a usted que ayer a las seis de la mañana procedió el señor Doctoral a la degradación del memorable cura Hidalgo, quien se presentó a este acto y permaneció durante él, con una serenidad tan desvergonzante que escandalizó a todos los concurrentes, no habiendo expresiones con qué calificar su desembarazo, siguió inmediatamente la intimación de la sentencia capital que
escuchó también con excesiva indiferencia, sin hacerle impresión alguna; luego que se le leyó la sentencia preguntó el juez comisionado si se le ofrecía alguna cosa y suplicó que le llevaran unos dulces, que dejaba bajo su almohada… a la capilla donde entró platicando y pidiendo ante otras cosas permiso para trasladarse a la Sacristía a chupar. Luego almorzó perfectamente, comió y cenó con la misma apetencia; todo el día se llevó hablando de cosas indiferentes. Durmió bien anoche, se desayunó con ganas y con muy pocas trazas de
arrepentimiento, le quitaron la vida en lo privado a las siete de la mañana, habiendo después permanecido su cuerpo en público como una hora, mientras le quitaron la cabeza para despacharla a Dolores. Dios se haya apiadado de su alma y a Vm, de los ms. As., que apetece este su afirmo paisano, S. S. Q. M. B. Francisco José de Jáuregui.

Esta carta, la escribió una persona que no comulgaba con las ideas insurgentes, que tratando de denigrar la actitud del padre Hidalgo, sólo logró dejarnos una visión que demuestra el estoicismo que reflejó antes de su muerte. Antes de ser puesto en la celda, expresa la carta, pidió el padre Hidalgo se le permitiera pasar a la sacristía para chupar, es decir, fumar un cigarro; en donde conversó con sus custodios. El resto del día había de pasarla en su celda que estaba bajo la torre de la capilla del hospital de Chihuahua, fue asistido por el cabo Ortega y por don Melchor Gauspe, alcaide de la cárcel, en el transcurso de la tarde recibió la visita del padre Baca y del señor Gauspe, a quien le pidió le fueran dadas las mismas raciones de leche para su cena y desayuno, también le solicitó unos dulces, y por la noche rezó sus oraciones y se dispuso a dormir.

El día de la ejecución, a la hora del alba del 30 de julio, se presentó el padre Juan José Baca a impartir al padre Hidalgo los últimos auxilios religiosos, se confesó, le fue dada la absolución y recibió la comunión. Se le trajo el desayuno que, al ver que era poco, reclamó que no porque fuera a morir no merecía la ración completa. El coronel Francisco Armendáriz, describe la ejecución en dos escritos: el primero, en su reporte oficial, fechado el 2 de agosto de 1811, hace una descripción muy clara de los últimos momentos del padre Hidalgo.

Sr. D. Jesús Maneiro, Excelentísimo señor capitán general de esta Nueva España.

Tengo la honra de informarle a usted de que en virtud de mis facultades como soldado de su Majestad, el Rey y comandante militar de esta plaza, conforme a la sentencia de muerte que recayó sobre D. Miguel Hidalgo y Costilla, por los delitos que usted sabe, procedí conforme a la ley militar, y paso a detallar los incidentes de esta ejecución: A las siete de la mañana del día treinta, el tambor anunció que el reo debía salir y las campanas de la población anunciaron al vecindario que debía rogar por el ajusticiado. El sargento Landa, acompañado de dos soldados, se presentó en la estancia del reo que fue entregado a él por los alcaldes Gauspe y Ortega, y conducido hasta donde se hallaba el pelotón que iba a ejecutarle, repartió dulces a los soldados, pidió que le tiraran al corazón, poniendo su mano
sobre el lado izquierdo de su pecho, encargó a los soldados que la tomasen por el blanco, y se dejó vendar con entereza; a la señal del capitán cuatro soldados hicieron fuego, destrozándole el vientre y quebrándole el brazo izquierdo, él se arrancó la venda con la mano derecha y lanzó una mirada a los soldados, brotando de sus ojos dos lagrimas; se hizo otra segunda descarga, quebrándole el esternón; en seguida otra tercera, que sólo le destrozó el estómago; entonces el capitán hizo avanzar dos soldados, que le hirieron el corazón, quedando entonces completamente muerto; le hice trasladar a la plaza principal, colocando el cadáver sobre una mesa, teniéndole a la
expectación pública dos días, para ejemplo de los sediciosos; en la mañana del primero de agosto, yo mismo traje un indio tarahumara, que decía llamarse Bischucar quien, por orden mía y a mi presencia, cortó la cabeza del cadáver, por cuyo servicio al Rey pagué la suma de veinticinco pesos en plata; mandé salar la cabeza, para remitirla a Guanajuato, en virtud de órdenes superiores, y entregué el cuerpo
a la abadía de San Francisco como me lo pidió. Sírvase informar al Excelentísimo Señor Virrey para su perfecto conocimiento. Dado en la Comandancia Militar de Chihuahua, a dos días del mes de agosto de 1811, año de gracia – Coronel Francisco Armendáriz Comandante Militar de esta Plaza.

Años después, en 1822, don Pedro Armendáriz dirigió una carta al editor de La Abeja Poblana, en donde expresa la forma en que fue fusilado el padre Hidalgo; esta carta tiene cierta similitud con el oficio que el mismo Armendáriz mandó en 1811, pero hace comentarios más detallados de la actitud tomada por Hidalgo en sus últimos momentos.

…acompañado de algunos sacerdotes, doce soldados armados y yo, condujimos al corral del mismo hospital a un rincón donde le esperaba el espantoso banquillo, la marcha se hizo con todo silencio; no fue exhortado por ningún eclesiástico, en atención a que lo iba haciendo por sí en un librito que llevaba en la derecha y un crucifijo en la izquierda; llegó como dije al banquillo, dio a un sacerdote el librito, y sin hablar palabra, por sí se sentó en el sitio, en el que fue atado con dos portafusiles delos molleros, y con una venda delos ojos contra el palo, teniendo el crucifijo en ambas manos, y la cara al frente de la tropa distaba, formada dos pasos, a tres de fondo y a cuatro de frente, con arreglo a lo que previne, le hizo fuego la primera fila, tres de las balas le dieron en el vientre, y la otra en el brazo que le quebró, el dolor lo hizo torcerse un poco el cuerpo, por lo que se zafó la venda de la cabeza y nos clavó aquellos hermosos ojos que tenía, en tal estado hice descargar la segunda fila que le dio en el vientre, estando prevenidos que le apuntaran al corazón, poco estruendo hizo, solo si se le rodaron una lágrimas muy gruesas, aun se mantenía sin siquiera desmerecer en nada aquella hermosa vista, por lo que le hizo fuego la tercera fila que volvió a errar, no sacando más fruto que haberle hecho pedazos el vientre y espalda, quizá sería porque los soldados temblaban como azogados, en este caso tan apretado y lastimoso, hice quedos soldados le dispararan poniendo la boca de los cañones sobre el corazón, y fue con lo que se consiguió el fin. Luego se sacó a la plaza del enfrente del hospital, se puso una mesa a la derecha de la entrada de la puerta principal, y sobre ella una silla en la que lo sentaron para que lo viera el público que casi en lo general lloraba aunque sorbiéndose las lagrimas, después se metió adentro, le cortaron la cabeza que se saló y el cuerpo se enterró en el campo santo….

Otra muestra de su comportamiento, antes de su muerte, son las décimas que escribió en la pared de su celda dedicadas a sus custodios, el cabo Ortega y el señor Melchor Gauspe, en donde refleja el agradecimiento por la forma en que lo trataron, también escribió la frase “la lengua guarda el pescuezo”, que se hizo muy popular entre la gente de Chihuahua.

Ortega, tu crianza afina, tu índole y estilo amable siempre te harán apreciable aún con gente peregrina. tiene protección divina la piedad que has ejercido con un pobre desvalido que mañana va a morir, y no puede retribuir ningún favor recibido.

Melchor, tu buen corazón ha adunado con pericia lo que pide la justicia y exige la compasión das consuelo al desvalido en cuanto te es permitido, partes el postre con él y agradecido Miguel te da las gracias rendido.

Al amanecer del 30 de julio, día siguiente, Hidalgo fue escoltado a una capilla, donde el padre Juan José Baca escuchó su última confesión y le dio la absolución.

Luego fue escoltado al paredón, cientos de soldados resguardaban la plaza de San Felipe mientras las campanas de los templos del pueblo sonaban, anunciando la hora.

Un pelotón de 12 soldados bajo las órdenes de Pedro Armendáriz lo esperaba para ejecutarlo.

Con cuidado, colocaron al cura de Dolores sobre un banquillo cerca de la pared, él se negó a colocarse de espaldas y se sentó de frente al pelotón.

La mano derecha que pondré sobre mi pecho será, hijos míos, el blanco seguro a que habéis de dirigíos, dijo a los soldados.

Y así lo hizo. Atado de piernas a la silla, sus ojos fueron vendados y colocó su mano en el pecho. El pelotón abrió fuego: tres descargas se impactaron contra Miguel Hidalgo, quitándole la vida.

Su cadáver fue exhibido públicamente durante todo el día, y al anochecer, lo decapitaron.

La cabeza de Miguel Hidalgo fue llevada a Guanajuato, la colocaron junto a la de los otros tres líderes insurgentes (Aldama, Allende y Jiménez), cada una en un ángulo de la alhóndiga de Granaditas.

Su muerte fue considerada un castigo ejemplar, y la atroz acción de exhibir su cabeza era una cruel amenaza dirigida al pueblo y, en fin, a todo aquel que considerara conspirar para alcanzar la Independencia.

Sabemos, por fortuna, que la lucha no terminó ahí.

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