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Adiós a Cuauhtémoc Cárdenas y las cuentas pendientes

Esta semana, la izquierda mexicana pierde a uno de sus referentes históricos: Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano. Y con su partida, vuelve a desfilar una pregunta: ¿qué quedó de aquella lucha por democratizar México?

Hijo del general Lázaro Cárdenas, el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas construyó su propia historia.

Rompió con el PRI, encabezó una corriente disidente, desafió al partido hegemónico y se convirtió en uno de los rostros más representativos de una oposición que exigía elecciones libres, competencia real y respeto al voto.

Su campaña presidencial de 1988 quedó marcada por la polémica electoral y la famosa caída del sistema.

Mientras el conteo oficial favoreció a Carlos Salinas de Gortari, las dudas sobre la transparencia del proceso alimentaron una crisis de legitimidad que no se borró con el paso de los años. De aquella inconformidad nació buena parte del impulso que llevó a fundar el Partido de la Revolución Democrática en 1989.

Y aquí es donde el vestido de gala de nuestra democracia comienza a descoserse.

Porque en aquella historia aparece un nombre que sigue despertando cuestionamientos: Manuel Bartlett Díaz, entonces secretario de Gobernación y figura vinculada a la organización electoral de 1988.

Su papel en aquel episodio quedó asociado a uno de los capítulos más controvertidos de la transición democrática mexicana. No existe una resolución que permita presentar como hecho probado que él, por sí solo, diseñó o ejecutó un fraude; pero su nombre permanece inevitablemente ligado a la memoria de aquella elección.

La ironía política es de esas que ni el mejor diseñador de alta costura podría confeccionar: mientras Cárdenas representaba la ruptura con el viejo régimen, Manuel Bartlett terminó incorporándose a la etapa política encabezada por Andrés Manuel López Obrador y fue director general de la Comisión Federal de Electricidad durante su gobierno.

Dos trayectorias que se cruzan en la historia, pero que simbolizan distintas maneras de transitar por el poder.

Y no se trata de convertir un funeral en un tribunal ni de repartir culpas a conveniencia.

Se trata de preguntarnos qué significa la congruencia política en un país donde las alianzas cambian, los antiguos adversarios se vuelven compañeros y las diferencias ideológicas parecen, en ocasiones, un accesorio que puede guardarse al fondo del clóset cuando llega la oportunidad de ocupar una posición estratégica.

Morena se presentó como una alternativa frente a los vicios del sistema tradicional. Su llegada al poder representó para millones de mexicanos la esperanza de una transformación. Sin embargo, ninguna organización política queda exenta de rendir cuentas sobre sus decisiones, sus alianzas y los perfiles que incorpora.

La legitimidad no se hereda por portar una bandera ni se obtiene por repetir consignas; se construye con hechos, transparencia y responsabilidad pública.

La muerte de Cárdenas también obliga a revisar el destino de la izquierda que ayudó a construir.

El PRD, que durante años fue una fuerza central de oposición, perdió terreno ante Morena. Y buena parte de aquella corriente que cuestionó al partido de Estado terminó fragmentada, desplazada o integrada a nuevas estructuras de poder.

¿Fue esa la evolución natural de una corriente política o el costo de una transformación que terminó absorbiendo a parte de sus antiguos adversarios? La respuesta merece análisis, no nostalgia automática.

El legado de Cuauhtémoc Cárdenas no debe reducirse a una fotografía en blanco y negro, a una esquela institucional ni a los mensajes de condolencia de quienes hoy buscan colocarse cerca de su memoria.

Su trayectoria invita a discutir la democracia, la pluralidad, el respeto al voto y la necesidad de que las instituciones respondan a la ciudadanía, no a los intereses de quienes las controlan.

En política, querida audiencia, el glamour puede cambiar de temporada, los colores partidistas pueden renovarse y los discursos pueden estrenar colección cada seis años. Pero los principios no deberían ser prendas de ocasión.

La pregunta que deja esta despedida es tan sencilla como incómoda: ¿hasta dónde ha avanzado realmente la democracia mexicana si todavía discutimos la sombra de 1988 y la congruencia de quienes protagonizaron aquella época?

Hoy se despide una figura fundamental de la izquierda. Su ausencia no cancela las preguntas pendientes; las vuelve más urgentes.

Y mientras el poder continúa su desfile, México necesita algo más que buenos discursos y alianzas de temporada: necesita instituciones sólidas, memoria histórica y una democracia que no dependa del nombre, el apellido o la conveniencia de quienes ocupan la primera

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