La violencia no se justifica por la infancia o el pasado; especialistas llaman a asumir la responsabilidad de las propias acciones.
Cuando recibimos respuestas a la justificación de agresiones, físicas, verbales o morales es difícil de comprender que la conducta se pretenda justificar con un: SOY ASI, ASI CRECI Y QUIEN ME QUIERA ME ACEPTA
El haber tenido una infancia o adolescencia complicada no justifica la reproducción de lo vivido o el aumento de la agresión con la que se pudo vivir, el rencor y odio de nuestros jóvenes los expertos en temas de conducta lo han estudiado como parte del desarrollo y cambios hormonales, sin embargo la violencia se ha disparado y va más allá de un cambio hormonal cuando rebasa lo asimilable y más aún cuando un adulto pretende justificar la violencia por contar con tiempo libre y para no aburrirse ejerce violencia.
Tener tiempo libre o aburrirse no explica una conducta violenta; la violencia responde a factores mucho más complejos.
En cuanto al caso específico de violencia ejercida por el francotirador de puebla la primera reacción de los poblanos fue «estaba loco». La segunda, casi automática, es atribuir la conducta al ocio, al aislamiento o al aburrimiento.
Sin embargo, ninguna de esas explicaciones basta para comprender un caso tan perturbador como el del presunto francotirador que durante meses sembró miedo en la Vía Atlixcáyotl de Puebla.
La investigación de la Fiscalía General del Estado describe un comportamiento que difícilmente puede calificarse como impulsivo.
Según la autoridad, el presunto responsable habría recorrido distintos puntos de la ciudad, sin un horario fijo, disparando contra automovilistas elegidos al azar. La ausencia de un patrón temporal complicó la investigación, que finalmente pudo resolverse mediante el análisis de video vigilancia, reconstrucción balística tridimensional y seguimiento criminalística.
Se trata de un caso que rompió la rutina delictiva del estado y generó una percepción de vulnerabilidad pocas veces vista entre la población.
Es precisamente ahí donde termina la investigación policial y comienza la reflexión social.
Desde hace décadas, el criminólogo de la UNAM René Jiménez Ornelas sostiene que la violencia no puede entenderse únicamente como el resultado de una decisión individual.
En sus investigaciones sobre violencia e inseguridad ha explicado que el delito surge de una interacción entre factores personales, sociales, culturales y estructurales. Reducir un hecho de esta naturaleza a una supuesta «locura» significa ignorar la complejidad del fenómeno criminal.
Advierte además que la violencia contemporánea ha dejado de responder exclusivamente a motivaciones económicas.
En muchos casos aparece vinculada con la búsqueda de poder, reconocimiento, control o dominación psicológica sobre las víctimas.
Esa perspectiva ayuda a comprender por qué existen delitos cuya finalidad aparente no es obtener dinero ni resolver un conflicto previo, sino producir miedo.
En un sentido similar, el médico y ensayista Arnoldo Kraus, reconocido por sus reflexiones sobre bioética y salud mental, ha insistido durante años en que uno de los mayores errores sociales consiste en equiparar enfermedad mental con peligrosidad.
En Puebla los poblanos hablaban de un enfermo mental y comenzaron a modificar rutas, horarios y hábitos de movilidad por el temor de convertirse en víctimas aleatorias. Ese efecto psicológico colectivo constituyo uno de los mayores daños.
Quizá la mayor enseñanza que deja este lamentable episodio es nuestra necesidad de encontrar explicaciones rápidas para fenómenos profundamente complejos.
Decir que alguien actuó por aburrimiento o porque «estaba loco» ofrece una respuesta cómoda, pero científicamente pobre.
La detención del presunto responsable de los ataques con arma de fuego contra automovilistas en la Vía Atlixcáyotl ha dejado una pregunta que trasciende el ámbito policial: ¿Qué puede llevar a una persona aparentemente integrada a la sociedad a sembrar terror entre ciudadanos elegidos al azar?
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