En los años cuarenta, cuando el antiguo Camino Real era la arteria que conectaba a Cholula con comunidades como Santiago Mixquitla, San Matías Cocoyotla, San Diego Cuachayotla, San Sebastián Tepalcatepec, San Juan Tlautla y Santa María Zacatepec, la vida transitaba a pie, entre polvo, sembradíos y jornadas extenuantes.
Por ese sendero regresaban cada noche los obreros de la fábrica San Diego Textil, un complejo de hilado y tejidos que en aquella época vivía su apogeo y daba empleo a cientos de trabajadores de la región. Pero algo comenzó a alterar esa rutina.
El sonido que paralizó a los trabajadores
Una noche, poco después de las once, cuando el segundo turno abandonaba la fábrica rumbo a sus hogares, un llanto desgarrador rompió el silencio. No era un maullido ni el viento entre los maizales. Era el sollozo claro y angustiante de un niño.
El punto exacto: la desviación hacia el templo de San Diego Cuachayotla.
La hora: demasiado tarde para que un menor estuviera solo.
El lugar: completamente despoblado.
Movidos por la inquietud, (y quizá por la responsabilidad), los obreros se internaron entre los cultivos. Revisaron milpas, alfalfales, acequias, matorrales e incluso las copas de los árboles. No encontraron a nadie. Sin embargo, el llanto persistía.
Miedo colectivo
Lo que parecía un episodio aislado comenzó a repetirse noche tras noche. El sonido surgía del mismo punto, con la misma intensidad, sin que jamás apareciera el supuesto niño.
El temor creció rápidamente. Algunos trabajadores optaron por dormir dentro de la fábrica para evitar el trayecto nocturno. Las familias comenzaron a encerrarse más temprano. Y quienes desconocían la historia, al atravesar el sitio y escuchar los lamentos, huían despavoridos.
Hubo incluso quienes, por valentía o incredulidad, intentaron encontrar el origen del sonido. Algunos terminaron sufriendo convulsiones inexplicables tras acercarse demasiado.
Los rumores se extendieron por toda la región.
El hallazgo en la zanja
Finalmente, vecinos y obreros organizaron una búsqueda más exhaustiva. Tras inspeccionar nuevamente los alrededores, alguien miró al fondo de una zanja casi seca.
Allí estaba.
Un muñeco de trapo, atravesado por decenas de alfileres, incrustados incluso en el rostro y los ojos. La escena tenía un aire perturbador que heló la sangre de los presentes.
Cuando intentaron retirarlo, varios de los hombres cayeron en un estado de alteración inexplicable. El miedo se transformó en certeza: aquello no era un simple objeto abandonado.
El ritual
Desesperados, acudieron a un sacerdote. El clérigo aceptó acudir al lugar y propuso realizar un exorcismo. Al día siguiente regresaron a la acequia.
El religioso llegó preparado con agua bendita y palma consagrada. Comenzó a rezar. Según los testigos, en medio de la oración se escuchó un gruñido proveniente del muñeco.
El sacerdote no se detuvo. Roció el objeto con agua bendita. Afirman que el muñeco comenzó a retorcerse y a lanzar obscenidades dirigidas al presbítero. Este respondió golpeándolo con la palma bendita hasta deshacerlo por completo.
Los restos fueron enterrados en una fosa profunda en el mismo sitio, cubiertos con tierra y piedras.
Después del silencio
Durante años, la historia circuló de boca en boca. Algunos juraban que aún se escuchaban lamentos en noches específicas. Otros aseguraban que, curiosamente, un prominente caballero de Cholula, aquejado por una enfermedad misteriosa durante largo tiempo, sanó de manera repentina poco después del ritual.
¿Coincidencia? ¿Sugestión colectiva? ¿Prácticas de brujería?
La crónica quedó instalada en la memoria popular como uno de esos episodios donde la frontera entre lo racional y lo inexplicable se vuelve difusa.
Son estas historias urbanas, que dan miedo, pero se quedan en eso leyendas de nuestra Puebla.
Imagen Hemeroteca El Sol de Puebla











