El contexto económico del informe de gobierno del presidente López Obrador es tan delicado y preocupante que fue totalmente soslayado, minimizado, calificado como un ámbito de datos y cifras irrelevantes que no merece tomarse en cuenta —los datos son manejo “neoliberal”— pero, eso sí, contrastado en sus implicaciones de crecimiento y desarrollo: no estamos creciendo —dijo el primer mandatario del país— pero no hay recesión y, además, estamos en desarrollo. Vimos un informe sin perspectiva económica creíble.
De hecho, junto con el tema de la inseguridad y los inexistentes logros en materia de combate a la corrupción, así como el logro de la paz y la impunidad, la perspectiva económica constituye uno de los puntos neurálgicos negativos de su primer año, pues diversos datos advierten acerca de la situación apremiante de nuestro sector productivo.
En efecto, en el trimestre de julio a septiembre de 2018 el PIB mostró un aumento anual de 2.54%, el cual comenzó a caer para el siguiente trimestre al llegar a registrar un incremento de 1.63%. Para el primer trimestre de 2019 el PIB tuvo apenas un aumento anual real de 0.10%, mismo que registró una ligera variación positiva en el segundo trimestre al tener un aumento anual real de 0.32%. Sin embargo, en su comparación con el trimestre inmediato anterior el PIB del periodo abril-junio de 2019 no mostró variación, esto es, el crecimiento fue de 0.0%: estancamiento.
La inversión fija bruta viene cayendo desde enero de este año, al pasar de un crecimiento anual real de 0.61% a -6.90% en el mes de mayo.
La producción industrial registra una severa desaceleración. En el mes de enero de 2019 el crecimiento anual real fue de -1.13% y para junio alcanzó la cifra de -2.12%.
La demanda agregada se encuentra en una situación de contracción. Para los meses de octubre-diciembre de 2018 el crecimiento anual real se ubicó 2.64%; entre enero y marzo apenas creció en términos anuales 0.12%, una caída de -95.4%.
Además, la Encuesta Nacional sobre Confianza del Consumidor (ENCO) que elabora de manera conjunta el INEGI y el Banco de México —que abarca 32 ciudades del país que comprenden la totalidad de las entidades federativas— mostró que en términos desestacionalizados, en julio de 2019 indicador de confianza del consumidor registró una disminución mensual de -0.6 puntos, siguiendo una tendencia a la baja desde el mes de marzo de este año.
Es en este marco que el Banco de México recortó su pronóstico de crecimiento para la economía de México a un rango de entre 0.2% a 0.7%, desde 0.8% a 1.8%, revisión derivada del hecho de que, de acuerdo con la información publicada por el INEGI, el crecimiento del PIB en el segundo trimestre fue menor a lo previsto, lo que indica una debilidad más profunda de los componentes de la demanda interna a lo estimado con anterioridad, así como de ajustes a la baja en el crecimiento esperado a lo largo del horizonte de pronóstico para la producción industrial en Estados Unidos y en la plataforma de producción petrolera.
Aunque el presidente López pudo evidenciar “otros datos” menores relacionados por ejemplo con la inflación, el salario, los precios de la gasolina, el tipo de cambio, el empleo, que en general muestran avances nada despreciables del desempeño económico, lo cierto es que el dato relevante lo constituye la actual desaceleración y el estancamiento en el que nos encontramos, tropezón que implica menor ritmo de crecimiento, inhibición de la demanda agregada, menor inversión fija bruta y caída en la confianza de los consumidores, todo lo cual habla de un conjunto de expectativas sociales que impele a hablar de desánimo e inconformidad, así como menor capacidad de pago de los consumidores, lo que se traduce en menores presiones inflacionarias.
Lo que resulta contradictorio es que aún en circunstancias de astringencia y desaceleración económica el presidente, fiel a sí mismo en su oscuro discurso triunfalista, insista en hablar de “desarrollo”, tanto más en un contexto en el que con base en estudios a nivel internacional efectuados, por ejemplo, por la ONU en los informes de desarrollo mundial, sobre todo a partir de 1990, difícilmente podría hablarse de éste en un marco de desaceleración y estancamiento, ya que puede existir crecimiento sin haber desarrollo, pero es improbable que el desarrollo no tenga por fundamento el crecimiento, pues se estaría rompiendo con la hipótesis probada del desarrollo sostenible (concepto “neoliberal” que le es ajeno al presidente), que es aquél que sin comprometer los recursos de las generaciones futuras se autosostiene en el tiempo, gracias precisamente al crecimiento.
Al tener, según el presidente, un desarrollo carente de crecimiento, la pregunta es ¿qué pasa cuando el significante económico —crecimiento y desarrollo, desarrollo sostenible— reduce su capacidad de significar? Lo que sucede es que los significados económicos se convierten en simples registros operacionales de cómo funciona ésta realmente y la realidad deja de sustentar el discurso, las ideas, los conceptos, de manera que el modo simbólico de comunicación preferido del presidente López pierde efectividad frente a un orden económico que se niega a darle esa significación que éste busca. Por eso recurre al falaz “hay desarrollo”.
Resultado: el gobierno pierde base orgánica, sustento político e ideológico, y queda expuesto al verdadero funcionamiento económico en cuya operación se muestra una de sus debilidades estructurales, la cual es ya responsabilidad de la “cuarta transformación”. La economía deja de significar y muestra su lado perverso que agudiza las desigualdades que se busca combatir desde las esferas del poder morenista. He ahí el problema.
















