El viernes pasado (23 de agosto de 2019) el INEGI presentó los resultados del Producto Interno Bruto de México para el segundo trimestre del año, luego de haber informado hace unos días datos preliminares. Con cifras desestacionalizadas, el PIB abril-junio no mostró variación respecto al periodo enero-marzo, es decir, el crecimiento fue de 0.0%, lo que técnicamente se conoce como estancamiento.
Este resultado fue posible debido al aumento de las actividades terciarias (servicios) en 0.2% respecto al primer trimestre. Las actividades primarias como las secundarias se redujeron: las primeras en -3.4% y las segundas -0.2% en similar periodo.
En su comparación anual, el PIB mostró un incremento real de 0.3% en el segundo trimestre del año respecto al mismo lapso de 2018. Por grandes grupos de actividades económicas, el PIB de las actividades primarias creció 1.7% y el de las terciarias 1%, mientras que el de las Secundarias descendió -1.7% en igual periodo.
El examen semestral presenta un ligero incremento de 0.2% entre 2018 y 2019, explicado por un aumento de 3.5% en el sector primario y de 0.9% en los servicios, así como una disminución de -1.8% en el sector secundario.
Prácticamente desde la crisis de 2008 los sectores agropecuario y de servicios se han venido comportando de manera favorable, con aumentos constantes por varios años.
El sector industrial es el que ha mostrado un descenso que lo ha llevado a cifras de 2014. Estos resultados se deben, entre otros aspectos, a erráticos comportamientos en la minería y en la industria petrolera. Otra actividad que ha impactado desfavorablemente es la construcción, la cual presentó una fuerte caída en el segundo trimestre del año de -6.9%, con un resultado negativo semestral de -3.8%.
Contrario a esta tendencia, la generación, transmisión y distribución de energía eléctrica, así como el suministro de agua y de gas por ductos al consumidor final han tenido un desempeño positivo, lo mismo que la industria manufacturera, aunque en el segundo trimestre cayó -0.2%, lo que llevó sin embargo a un crecimiento de 0.7% durante el primer semestre.
Según estos datos, para 2019 las inversiones tanto públicas como privadas deberán multiplicarse y concentrarse en los meses siguientes para lograr la reactivación, aunque su magnitud no podrá evitar un crecimiento cercano al 0.8% anual, según las expectativas de los analistas privados consultados por el Banco de México. Para 2020 se estaría esperando un crecimiento del PIB de 1.5% y para 2021 de 2.0%.
Este panorama de estancamiento ha terminado por agobiar al presidente López Obrador. Mientras en la campaña pregonaba un crecimiento del PIB de 4%, que luego se convirtió en 2% para este año (el 2% en promedio de los neoliberales), hoy ha renunciado a dar importancia a estos datos pues “no le preocupan mucho”.
EL presidente se equivoca en forma rotunda. Aunque ya había reconocido que el crecimiento era un tema pendiente de su gobierno, López Obrador no debería descuidar estos resultados ni desatender su significado, mucho menos despreocuparse, pues reflejan tanto la política económica de corte “neoliberal” que su gobierno morenista “de izquierda” aplica, enfocada a mantener bajo control los principales agregados macroeconómicos (inflación, tipo de cambio, déficit de las finanzas públicas, entre otros), como la apuesta por sostener una idea de “desarrollo” amorfa y paradójica que no termina de construirse, a partir de los programas de bienestar y del patrón de gasto social en curso.
Habría en este contexto un interés genuino del gobierno federal por hacer realidad las inversiones anunciadas hace algunas semanas por inversionistas privados y esforzarse por ejercer el gasto público de manera intensa y extensa a fin de apoyar el crecimiento en el segundo semestre. Resta una tarea pendiente: recuperar para una mejor gobernanza/gobernación del país una confianza que ha venido perdiendo y que en estos momentos en que los actores económicos deben decidir acerca de su futuro inmediato le está haciendo falta.















