Recibir a nuestros muertos es algo que nos caracteriza.
La infinidad de hojaldras en todas sus versiones. Con chocolate, rellenas de cremita, de mantequilla, de Nutella, de pasitas con nuez; la enorme oferta de calaveritas y catrinas; las flores de cempasúchil, las velas, el papel picado, el incienso, la caña, las mandarinas y en casa siempre ponemos coquita de vidrio, cerveza, pizza, pistaches, tamales, tequila, cigarros, molito y todo aquello que le haya gustado a nuestros difuntos.
Todo eso se hace con la creencia de que solo están muertos los que han sido olvidados.
Mi lista aún no es tan larga, pero no por eso es menos dolorosa.
La ofrenda que ponemos en casa es para mis abuelas y mis abuelos, para mi hermano y para mis tíos.
Cada persona tiene su historia personal.
Por ejemplo:
Mi madre ha sufrido la muerte de su madre y de su padre, la de un hijo y la de tres hermanos.
A mi padre le ha tocado enterrar a su madre y a su padre, a una hermana y a un hijo.
Mi hermana tuvo un aborto fortuito y perdió a dos gemelos.
La muerte es algo que llega a todas las familias, pero en diversas maneras.
Paradójicamente hasta ahora la vida nos ha tratado “bien” con el tema de la muerte.
Hay familias en que la muerte se ha convertido en una verdadera tragedia.
Un par de amigas perdieron a su padre durante la pandemia, el COVID se los llevó sin avisar.
Conocí una familia que la muerte la visitó en cuatro ocasiones durante este último año.
Primero murió el padre por una enfermedad, luego vino la madre y después la hermana menor junto con su esposo.
Conozco casos más tristes.
Personas que han muerto en ajuste de cuentas.
Gente que ha sido alcanzada por una bala perdida por estar en el lugar equivocado.
Mujeres que son violadas y después asesinadas.
Todos estamos condenados a la muerte, no sabemos cómo ni cuándo, pero de que toca, toca.
De uno depende preservar las tradiciones. Comer hojaldras y poner flores, para no olvidar a nuestros muertos.











