En muchos espacios laborales y personales aún persiste una figura incómoda, pero demasiado común: el hombre que, incapaz de sostener su propio valor, intenta construirlo a partir de disminuir el de las mujeres que lo rodean.
No se trata de liderazgo, ni de carácter fuerte, ni de “decir las cosas como son”. Se trata, en esencia, de mediocridad disfrazada de autoridad.
Este tipo de hombre suele mostrarse seguro, incluso encantador al principio. Sin embargo, esa imagen pronto se resquebraja cuando se enfrenta a una mujer que destaca, que tiene mejores ingresos, mayor preparación. Es ahí donde surge su verdadera naturaleza: la incomodidad se transforma en crítica constante, la admiración en sarcasmo, y el respeto en una necesidad urgente de control.
Comentarios como “estás exagerando”, “estás loca” o “no sabes de lo que hablas” “no te creas trofeo”, “ya esta vieja”, “esos brazos tan gordos que tienes “, “mis amigos siempre me dijeron que es lo te vi, que estas muy fea”, “yo tuve muchas mujeres bellas, no como tú”; no son casuales. Son herramientas de desgaste emocional. Su objetivo es claro: hacer que la mujer dude de sí misma, que reduzca su brillo, que se sienta menos, para que él no tenga que enfrentar su propia sensación de insuficiencia.
La raíz de esta actitud suele ser profunda. No nace de la superioridad, sino del resentimiento que ha crecido desde su niñez. Un hombre que percibe —consciente o inconscientemente— que nunca alcanzará el nivel de éxito, estabilidad o inteligencia de la mujer con la que está, puede reaccionar desde la frustración. En lugar de crecer, elige minimizar. En lugar de aprender, descalifica. En lugar de construir, destruye. Cada logro de la mujer se convierte en un recordatorio de su propia mediocridad. Lo más preocupante es que este patrón puede normalizarse.
Muchas mujeres, poco a poco, comienzan a internalizar estos mensajes. Se cuestionan, se limitan, se adaptan para evitar el conflicto. Sin darse cuenta, empiezan a encogerse para caber en el espacio reducido que él puede tolerar. Y mientras tanto, él refuerza su falsa sensación de superioridad, sostenida únicamente por la comparación constante y la humillación. Un hombre que necesita hacer sentir menos a una mujer para sentirse alguien, en realidad está evidenciando exactamente lo contrario: que, sin ese mecanismo, no sabe quién es.
Porque al final, la verdadera grandeza no compite, no envidia y no destruye. Y quien vive comparándose con una mujer para intentar superarla, sin jamás lograrlo, queda atrapado en su propia mediocridad: una que, por más que intente ocultar, siempre termina por delatarlo.
POR: Dra. María Monserrat Aguirre Barbosa
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