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El difícil arte de dejar ir a quien imaginé en mi futuro.

Hay amores que llegan a nuestra vida con la promesa silenciosa de quedarse para siempre. No porque alguien lo diga en voz alta, sino porque todo parece indicar que ese es el camino natural de la historia.

Así es como empiezan muchas historias con la certeza de que encontramos  a la persona con la que queríamos compartir el futuro, con la ilusión de arreglarte para ser vista por ese hombre que a través de mentiras y la necesidad de ser reconocida llega a conquistarnos.

Cuando se conoce a ese hombre, lo primero que se piensa; que es  el tipo de amor que muchas mujeres  buscan durante años. Tiene detalles como el de dedicar una canción por las noches  la cual escuchamos una y otra vez hasta dormir, y creemos  absurdamente es totalmente nuestra esa canción que seguramente fue dedicada infinidad de veces a otras mujeres; llegar de visita al trabajo con un pan porque no es capaz de invertir en un ramo de flores con la excusa de que las flores se marchitan pronto, dedicar las tardes de los viernes, hacerla sentir especial, una forma de mirar  que parece sincera y la capacidad de hacer reír incluso en los días más difíciles. Paso a paso se intenta construir sueños juntos.

Se habla de un futuro como si fuera un lugar cercano: la casa que algún día se compartirá, así como los gastos a compartir,  los viajes que se hacen, las metas que imaginan alcanzar.

En la marcha de la relación empiezan  a surgir pequeñas señales que al principio se prefiere ignorar. No son cosas enormes ni escándalos dramáticos, sino situaciones que dejan una sensación incómoda en el corazón. Aparece otra versión de su carácter; como ejemplo: Algo tan común como la asistencia a una fiesta familiar que puede terminar con la relación al darnos cuenta que somos de intereses distintos como el que el compañero llega a beber y nosotras queremos bailar sin beber.

La forma de hablar cambia, el saludo de todas las mañanas ya no existe, esas canciones ya no son enviadas a nosotras como todas las noches se enviaban, palabras más duras, más frías, mas hirientes, comentarios que el maneja como broma; sin embargo para para nosotras como mujeres  esas bromas son un nudo en la garganta controlando el llanto, otras veces reproches innecesarios que terminaban en discusiones largas en donde él se retira; noches de en casa con los ojos llenos de lágrimas, preguntándose ¿Por qué la persona que decía amarme podía hacerme sentir tan pequeña?.

Sin embargo, el amor tiene una extraña forma de justificar lo que duele. Es así que se repite una y otra vez “Todos tenemos defectos, nadie es perfecto, el amor también consiste en aprender a aceptar las sombras de la otra persona. Como mujeres nos convencemos  de que lo importante eran los momentos buenos: las risas, las conversaciones largas, los planes compartidos. Soltar a esa persona significa, en cierto modo, despedirse también de ese futuro imaginado y duele.

Amar a alguien no significa que esa persona sea capaz de darnos la paz que necesitamos. A veces el cariño convive con el dolor de una manera silenciosa y desgastante. El día que se toma  la decisión de alejarse por lo regular es  una sensación tranquila, pero firme, de que ya no se quiere seguir viviendo con el corazón en constante incertidumbre.

No es fácil dejar ir a alguien a quien imaginaste en tu futuro; es como cerrar un libro antes de llegar al final que se esperaba, durante un tiempo queda una sensación de vacío, de nostalgia, de preguntas sin respuesta, se extraña tanto, al hombre que podía hacernos reír, al compañero de sueños, al recuerdo de lo que se  creyó que serían uno solo. Pero también se recuerdan  las lágrimas, las noches de angustia, la sensación de caminar siempre sobre terreno frágil. Con el tiempo se aprende  algo importante: el amor no debería hacernos sentir constantemente rotas.

Amar no debería significar justificar el dolor ni aprender a vivir con él como si fuera parte natural de la relación.

El difícil arte de dejar ir no consiste en olvidar de un día para otro, ni en borrar los recuerdos que alguna vez fueron felices. Consiste en reconocer que merecemos una vida emocional más tranquila, más respetuosa, más luminosa.

Muchas mujeres logramos entender  que soltar también puede ser una forma profunda de amor: amor propio porque a veces la decisión más valiente no es luchar por una relación a cualquier precio, sino aceptar que hay historias que, aunque comenzaron con grandes sueños, no están destinadas a acompañarnos hasta el final.

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