En el largo transcurrir de la infancia hasta la pubertad y de esta a la juventud temprana, niños, niñas y adolescentes, entramos en contacto con múltiples personas: familiares, vecinos/as, compañeros/as, amigas/os, profesionales, religiosos y maestros/as entre otras, que se vuelven significativas como referentes de nuestra identidad y aprendizajes tempranos y con quienes establecemos diferentes tipos de relaciones y vínculos afectivos que a veces duran toda la vida.
Entre todos los temas a los que tenemos acceso a través de esas personas, los temas sexuales son muy comunes y generalmente se nos presentan de una manera sorpresiva y poco educativa, provocándonos no pocas veces, una impresión profunda. Por ejemplo, descubrimos que podemos acceder a materiales pornográficos propiedad de personas adultas de forma casual quienes por equivocación o descuido lo han dejado a nuestro alcance y ese material se convierte en nuestro primer aprendizaje sobre el tema.
Sin embargo en otras ocasiones, el encuentro con el tema sexual es más personalizado ya que nos alcanza en forma directa a través de la interacción con personas mayores no necesariamente adultas tales como tíos/as o primos/as tan solo unos pocos años mayores, que se suele dar a través de juegos sexuales, seducción, tocamientos físicos, exhibicionismo, masturbación, sexo oral, e incluso violación; actividades que pueden prolongarse por años.
El contacto con ese mundo sexual tan propio y tan desconocido, nos genera asombro, interés, miedo, culpa, incredulidad, ansiedad, rechazo, temor, gusto, etc. Esas experiencias para las cuales la mente infantil y juvenil aun no tiene referentes, no pueden ser procesadas cabalmente y sólo quedan registradas en la memoria como «sucesos» que en mayor o menor grado y para bien y para mal, moldearán la identidad sexual adulta.
Más adelante, la gran mayoría de esos recuerdos se convierten en anécdotas sin mayores consecuencias, especialmente cuando hemos tenido la oportunidad de vivir experiencias sexuales consensuadas y haber enriquecido con la educación sexual, nuestra comprensión del cuerpo, los órganos sexuales y la actividad sexual adulta. Sin embargo, existe un número indeterminado de casos que nos muestran que la persona no pudo superar esas experiencias sexuales tempranas (ya sea por las características de su personalidad, las características de su medio familiar y el tipo de experiencias vividas [no sólo de abuso sexual]); y como consecuencia, esas experiencias impactaron desproporcionadamente en la formación del carácter y el comportamiento sexual de la persona.
Aunque las problemáticas psicosexuales a las que me voy a referir a continuación, no tienen una correlación directa con ninguna experiencia específica que haya sido vivida por un niño, una niña o joven, no cabe duda que las afectaciones psicosexuales existen y muchas de ellas (no todas), tienen un antecedente que, cuando es necesario, debe ser cuidadosamente considerado por el profesional.
Entre éstas problemáticas de orden comportamental podemos mencionar la adicción al consumo de porno, la utilización compulsiva de la masturbación, los sentimientos de culpabilidad asociados a una experiencia homosexual o lésbica, inhibición o rechazo hacia el sexo oral, incomodidad con el desnudo masculino o femenino, evitación de la penetración, culpabilidad de no haber podido evitar lo que haya sucedido, desprecio por los hombres, rechazo hacia las mujeres, confusión con la orientación sexual propia, preferencia por el sexoservicio, anorgasmia, propensión hacia el abuso y la violencia sexual, desarrollo de alguna parafilia, etc.
De entre las problemáticas ya mencionadas hay que destacar que en todas ellos se encuentran estados emocionales alterados que muchas veces, impiden que la persona busque ayuda profesional ya que la vergüenza, la culpa, el enojo, además de la incomodidad, el resentimiento, los sentimientos agresivos, la humillación, la ansiedad y el stress entre otros, no se lo permiten tan fácilmente.
Mtro. Alfonso Aguirre Sandoval













