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Hoy no me puedo levantar: veinte años después, corta temporada.

Una reseña recuerda el impacto de Hoy no me puedo levantar, el musical que marcó a toda una generación con su historia y música.

Era 2006 cuando entré por primera vez al Centro Cultural Teatro 1. Para entonces ya había presenciado producciones enormes, como La Bella y la Bestia, pero algo sucedió aquella noche.

Quizá fue mi edad, quizá la historia creada por Nacho Cano o la manera en la que sus personajes hablaban de sueños, amistad, libertad y pérdida.

Lo cierto es que Hoy no me puedo levantar hizo clic conmigo de una forma que ningún otro musical había conseguido.

Me atrevo a decir que hoy escribo reseñas teatrales gracias a esa experiencia.

Mi amor por el teatro creció y se expandió frente a aquel escenario, viendo a Rogelio Suárez, Fernanda Castillo, Alan Estrada, Luis Gerardo Méndez y Valeria Vera. Con el paso de los años llegaron otras temporadas y nuevos intérpretes, como Belinda, María León, Juan Solo y Regina Blandón, quienes imprimieron su personalidad a personajes que ya formaban parte de la memoria de toda una generación.

Veinte años después, regresar a esta historia con gran parte del elenco original se siente como abrir una cápsula del tiempo y descubrir que todo sigue ahí: las canciones, los recuerdos y aquella versión de nosotros mismos que alguna vez soñó frente a ese escenario.

La función comienza con una cuenta regresiva que nos lleva hasta 2006.

El espectáculo todavía no había iniciado y yo ya tenía la piel erizada.

Entonces suena “Hoy no me puedo levantar” y aparecen Alan Estrada y Luis Gerardo Méndez para recordar que, mientras interpretaban a Mario y Colate, también estaban comenzando a construir sus propios sueños.

Es imposible separar las historias de los personajes de las vidas de quienes los interpretaron.

Mientras Mario y Colate buscaban conquistar Madrid, Alan y Luis Gerardo comenzaban trayectorias que los llevarían mucho más lejos de lo que quizá podían imaginar en ese momento.

Rogelio Suárez también vivía uno de sus primeros personajes teatrales como el Chakas y, desde ahí, vimos crecer a una de las figuras más importantes del teatro musical mexicano.

En este reencuentro, Alan regresa convertido en productor y director del espectáculo creado para recordar aquella temporada de 2006.

Hay algo profundamente conmovedor en verlo tomar las riendas de la historia que también transformó su vida.

Es la comprobación de que algunos sueños tardan años en mostrar su verdadera dimensión.

También resulta sorprendente comprobar que la energía del elenco permanece intacta. La mayoría luce espectacular y conserva la esencia vocal e interpretativa con la que conocimos a sus personajes.

Fernanda Castillo, particularmente, vuelve a demostrar una potencia memorable.

Escucharla cantar es uno de esos momentos capaces de borrar dos décadas en cuestión de segundos.

El homenaje se extiende a quienes formaron parte de las distintas temporadas. Cada función cuenta con un invitado especial y, el 1 de agosto, fue Enrique Montaño, quien en su momento dio vida a Colate.

Hoy no me puedo levantar: veinte años después, corta temporada.

Su aparición fue breve, de una sola canción, pero lució espectacular. La idea de recibir a un integrante diferente de la historia en cada presentación convierte cada función en una experiencia única y en un regalo para quienes hemos seguido este musical a través de los años.

Por supuesto, las chamarras rojas también estuvieron presentes. Hoy, quienes acudimos impulsados por la nostalgia y por el deseo de revivir esta historia tenemos, me atrevo a calcular, entre 35 y 55 años.

Miré a mi alrededor y descubrí algunas canas, menos pelo —como bromea Rogelio— y muchas miradas emocionadas. Todos parecíamos reconocer una parte de nuestra juventud en lo que estaba sucediendo sobre el escenario.

Hoy no me puedo levantar hablaba desde entonces de temas que continúan siendo relevantes: la homosexualidad, las adicciones, el VIH, el miedo, la discriminación y la dificultad de encontrar un lugar propio en el mundo.

Son conversaciones que deben continuar presentes en el teatro, el cine, la música y todas las plataformas posibles. Dos décadas después, la historia conserva su fuerza porque muchas de esas realidades todavía están rodeadas de prejuicios y silencios.

Ojalá algún día podamos volver a verla representada como una obra completa.

Este reencuentro tenía que terminar convertido en un gran concierto con algunas de las canciones más emblemáticas de Mecano. Cantamos a todo pulmón y nos despedimos de aquel viaje a 2006 de la manera más eufórica posible.

Durante unos minutos, el teatro dejó de ser únicamente un recinto y se convirtió en un espacio compartido por miles de recuerdos.

Yo volví a tener 15 años.

Hoy no me puedo levantar: veinte años después, corta temporada.

Volví a mirar aquel escenario explotar de amor, magia, talento y, sobre todo, sueños. Sueños que hoy son una realidad: el de Alan Estrada de convertirse en productor teatral, el de Luis Gerardo Méndez de construir una extraordinaria carrera como actor en distintos formatos, el de Rogelio Suárez de consolidarse como un referente de nuestros escenarios y también el mío, el de aquel adolescente que alguna vez se sentó entre el público sin imaginar que, veinte años después, estaría escribiendo sobre teatro.

A Alan, al elenco y a todas las personas que hicieron posible esta corta temporada: gracias por devolvernos durante unas horas a quienes fuimos. Gracias por recordarnos todo lo que hemos vivido desde entonces y por permitirnos comprobar que algunos sueños no desaparecen; crecen con nosotros.

La temporada concluirá, como tenía que suceder, el 7 de septiembre. Los boletos para los sábados de agosto y para la última función ya tienen poca disponibilidad en Ticketmaster.

Este espectáculo-concierto merece vivirse, por lo menos una vez, para cantar, recordar y reencontrarse con nuestro propio yo de 2006.

Gracias por este viaje. Hasta siempre.

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