“Cualquier chica puede ser glamurosa. Todo lo que tienes que hacer es quedarte quieta y parecer estúpida”. Hedy Lamarr
La actriz austriaca tuvo una extensa filmografía, que combino con una apabullante faceta como inventora. Entre sus grandes éxitos se le reconoce hoy la creación de un sistema de comunicaciones en el que se basan todas las tecnologías de comunicación actuales, como el Wifi. Y es que Lamarr está considerada su precursora.
Lamarr nació en Viena el 9 de noviembre de 1914, su padre fue un banquero de origen ucraniano y su madre una pianista de ascendencia húngara, su infancia transcurrió en importantes internados de Austria y Suiza, donde adquirió una sólida educación que completó con las clases particulares que recibía de institutrices y profesores personales. Su temprana pasión por el arte dramático logró convencer a su padre, y con el apoyo familiar se matriculó en la prestigiosa escuela del director de escena Max Reinhardt.

Bautizada con los nombres artísticos de Hedwig Kiesler y Hedy Kiesler, la joven actriz consiguió su primer papel en la película Geld auf der Straße (1930), de Georg Jacoby, y luego pequeñas intervenciones en cintas de producción checa y germana como Die Blumenfrau von Lindenau (1931), Man braucht kein Geld (1931) o Die Koffer des Herrn O.F. (1931).
En 1932 viajó a Praga para protagonizar Éxtasis, film dirigido por Gustav Machaty en el que Hedy Lamarr protagonizó uno de los primeros y más famosos desnudos de la historia del cine. Después de aparecer, completamente desnuda, su marido intentó en vano comprar todas las copias de la cinta; el divorcio y el estreno de este filme la hicieron mundialmente famosa, y en 1938 llegó a Hollywood.
Contratada por la Metro Goldwyn Mayer, la todavía jovencísima Hedwig Kiesler se convirtió en Hedy Lamarr, nombre elegido por Louis B. Mayer en homenaje a la estrella del cine mudo Barbara La Marr. La productora transformó en elegancia el incontestable atractivo de la actriz y, redimida del escándalo, «la más bella» debutó en el cine estadounidense con Argel (1938), un drama romántico de John Cromwell donde compartió cartel con Charles Boyer, uno de los galanes de la época.
La carrera de Lamarr continuó a las órdenes de los directores más reputados de la época y junto a los principales actores de Hollywood. Entre sus siguientes películas cabe destacar No puedo vivir sin ti (Clarence Brown, 1941), al lado de James Stewart; Ziegfeld Girl (Robert Z. Leonard, 1941), de nuevo junto de Stewart, Judy Garland y Lana Turner; Esquina H.M. Pulham (King Vidor, 1941); White Cargo (Richard Thorpe, 1942) o La vida es así (Víctor Fleming, 1942), arropada por Spencer Tracy y John Garfield. Todas ellas confirmaron el rotundo éxito de la actriz austriaca en la cartelera estadounidense.

Alejada de la industria, Hedy Lamarr pasó apuros económicos y fue testigo de la subasta de todos los bienes de su casa de Beverly Hills. En 1966 fue acusada de robo en un supermercado y, aunque finalmente salió absuelta, la publicación ese mismo año de su autobiografía, Ecstasy and Me, no contribuyó a mejorar la imagen de quien había sido una de las mujeres más bellas de la historia del cine. El libro recogía con minucioso detalle los escándalos amorosos y sexuales de la actriz y, aunque Hedy Lamarr demandó a la editora por falsear su azarosa vida sentimental, Hollywood le dio definitivamente la espalda.
A pesar del triste final de su vida, Hedy Lamarr pasó a la historia no sólo por su aportación al séptimo arte, sino también por sus descubrimientos en el campo de la defensa militar y de las telecomunicaciones. Enemiga declarada del nazismo, durante la Segunda Guerra Mundial ideó, junto a su amigo el compositor George Antheil, un sistema de detección de los torpedos teledirigidos utilizados en la contienda.
Inspirado en un principio musical, el invento funcionaba con ochenta y ocho frecuencias, equivalentes a las teclas del piano, y era capaz de hacer saltar señales de transmisión entre las frecuencias del espectro magnético. Una vez patentado, Estados Unidos lo utilizó por primera vez durante la crisis de Cuba, y después como base para el desarrollo de las técnicas de defensa antimisiles. Finalmente, se le dio utilidad civil en el campo de las telecomunicaciones.

Falleció el 19 de enero de 2000 en Caselberry, Florida y como última voluntad pidió que parte de sus cenizas se esparcieran por los bosques de Viena, cerca de su casa natal. La herencia, valorada en 3 millones de dólares, fue repartida entre sus dos hijos menores, su secretaria personal y un policía local que la acompañó y ayudó durante su última etapa. Después de su muerte, su hijo cumplió con sus deseos. La mitad de las cenizas cubrió los bosques vieneses mientras que la otra fue entregada al consistorio vienés para que las enterrasen en un memorial. En Austria, el Día del Inventor se celebra el 9 de noviembre en su honor.
Con información de mujeres con ciencia.com














