Dicen los que Saben que Agua de Puebla enfrenta hoy su crisis más complicada: no solamente una comparecencia fallida, sino una pérdida de confianza ciudadana.
Porque mientras los directivos de la concesionaria acudieron al Congreso del Estado con gráficas, inversiones anunciadas y discursos de eficiencia, la realidad es otra: llaves secas, recibos puntuales y una paciencia que ya llegó al límite.
Y aunque Agua de Puebla presumió una inversión superior a los 247 millones de pesos para 2026, hay colonias sin agua, fugas que parecen parte del paisaje urbano, tuberías deterioradas y usuarios que pagan tarifas de primer mundo por un servicio que muchas veces está lejos de serlo.
Ahí está la gran contradicción de esta concesión: el agua puede no llegar, pero el recibo sí llega puntual.
Durante la comparecencia quedó expuesto un dato que pesa: de los 31 indicadores de desempeño establecidos en el contrato, Agua de Puebla incumplió 22.
La pregunta entonces resulta inevitable: ¿para cuándo las promesas se volverán resultados?
Porque para los ciudadanos el debate no está en las presentaciones, los informes o los discursos técnicos. Está en algo mucho más básico: abrir la llave y tener agua.
Vaya paradoja.
Una empresa puede explicar números, justificar inversiones y presentar informes. Pero hay algo que ningún comunicado puede resolver: la molestia de una familia que paga un servicio que no recibe como espera.
Agua de Puebla prometió eficiencia. Entregó pendientes.
Prometió modernización. Entregó reclamos.
Y en política hay una regla que pocas veces falla: cuando el discurso deja de convencer, la gente empieza a contar los resultados.
Y hoy, en Agua de Puebla, las fugas parecen ser más visibles que las soluciones.
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