El Sistema de Transporte Colectivo nació en 1969 como una promesa de modernidad. Durante casi seis décadas ha llevado a millones de personas a sus destinos. Pero en sus túneles y estaciones también quedaron historias de dolor. Recordarlas es una forma de honrar la vida y de mirar hacia un Metro más seguro.
Ciudad de México, septiembre de 2026

A las seis de la mañana, mucho antes de que la ciudad termine de despertar, las estaciones del Metro comienzan a llenarse.
Se escuchan pasos apresurados.
El sonido de las puertas.
La voz que anuncia una estación.
El murmullo de quienes van al trabajo, a la escuela, a una cita médica o simplemente de regreso a casa.
Arriba, la Ciudad de México comienza otro día.
Abajo, los trenes continúan su recorrido.
Han pasado 57 años desde aquel 4 de septiembre de 1969, cuando el Metro inició operaciones con el tramo Zaragoza–Chapultepec de la Línea 1, integrado entonces por 16 estaciones y 12.6 kilómetros. Aquel proyecto representaba una nueva etapa para una ciudad que crecía a una velocidad extraordinaria.

Nadie podía saber entonces todo lo que esos túneles llegarían a significar.
El Metro se convertiría en transporte, pero también en escenario de encuentros, despedidas, primeros empleos, años de escuela, historias de amor y millones de regresos a casa.
Y, con el paso del tiempo, también se convertiría en memoria.
Porque hay personas que subieron a un tren pensando únicamente en llegar a su destino y nunca llegaron.
Sus nombres y sus historias forman parte de la historia de esta ciudad.
La mañana que cambió la historia: Viaducto, 1975

El 20 de octubre de 1975 parecía una mañana como cualquier otra.
Aproximadamente a las 9:40 horas, en la estación Viaducto de la Línea 2, un tren que se aproximaba a la estación impactó contra otro convoy que permanecía detenido.
El saldo fue devastador: 31 personas fallecieron y alrededor de 70 resultaron lesionadas. El accidente permanece como el más mortífero registrado en la historia del Metro capitalino.
La tragedia obligó a replantear la seguridad del sistema. Entre las consecuencias estuvo la incorporación del pilotaje automático a la red.

Pero ninguna tecnología podía devolver a quienes aquella mañana salieron de casa y no volvieron.
Décadas después, los detalles técnicos pueden estudiarse en documentos y hemerotecas.
Lo difícil es imaginar lo que ocurrió después en cada hogar.
Una familia esperando.
Una llamada que no llegaba.
Una puerta que aquella noche no volvió a abrirse.

Un lugar vacío en la mesa.
Ese es el rostro humano que a veces desaparece cuando las tragedias se convierten únicamente en estadísticas.
31 muertos.
Pero 31 no es solamente un número.
Son 31 historias.
Cuando la tragedia también alcanza a quienes mantienen funcionando al Metro
El 4 de mayo de 2015, la estación Oceanía de la Línea 5 volvió a ser escenario de un choque entre dos trenes.
El accidente dejó 12 personas lesionadas. Pero la historia no terminó cuando fueron retirados los convoyes.
Al día siguiente, durante las maniobras para retirar uno de los trenes accidentados, murió el trabajador Salvador Wood Sánchez.
Wood formaba parte del personal que trabajaba para que el sistema pudiera volver a funcionar.

Su muerte recuerda algo que tampoco debe olvidarse: detrás de cada tren que circula hay trabajadores que revisan vías, conducen, reparan, supervisan, limpian, controlan y mantienen en funcionamiento una infraestructura gigantesca.
El Metro también debe recordar a sus trabajadores.
A quienes trabajan mientras la ciudad duerme.
A quienes entran a zonas donde millones de pasajeros jamás entrarán.
A quienes hacen posible que, cada mañana, las puertas vuelvan a abrirse.
Balderas: dos nombres que quedaron en la memoria

El 18 de septiembre de 2009, un hecho violento dentro de la estación Balderas de la Línea 3 terminó con la vida de dos personas: el policía Víctor Manuel Miranda Martínez y el usuario Esteban Cervantes Barrera.
De acuerdo con registros legislativos de la época, Cervantes intervino durante el ataque y también perdió la vida; cinco usuarios más resultaron lesionados.
La historia de Balderas pertenece a una categoría distinta de las tragedias provocadas por fallas o accidentes ferroviarios.
Y precisamente por eso debe contarse por separado.
Porque no todo lo que ocurre dentro del Metro tiene la misma causa.

Pero todas las víctimas merecen el mismo respeto.
Víctor.
Esteban.
Dos nombres que no deberían desaparecer detrás de la palabra «incidente».
Dos vidas que terminaron dentro de un lugar por el que diariamente pasan miles de personas.
Tacubaya: una noche de marzo

El 10 de marzo de 2020, dos trenes de la Línea 1 chocaron en la estación Tacubaya.
El Sistema de Transporte Colectivo reportó 41 personas lesionadas y un hombre fallecido. El accidente ocurrió alrededor de las 23:37 horas.
Fue una tragedia ocurrida poco antes de que la vida de la Ciudad de México cambiara radicalmente por la pandemia.
En aquellos días, el mundo estaba a punto de detenerse.
El Metro, sin embargo, tendría todavía por delante uno de los capítulos más dolorosos de su historia.
9 de enero de 2021: cuando el corazón operativo se incendió

En la madrugada del 9 de enero de 2021 se produjo un incendio en el Puesto Central de Control 1.
Murió una mujer policía y 31 personas resultaron lesionadas, principalmente por intoxicación. El siniestro provocó además la suspensión temporal del servicio en seis líneas.
Una ciudad que dependía diariamente del Metro quedó obligada a buscar otras formas de desplazarse.
Pero detrás del impacto en la movilidad había una pérdida humana.
Una mujer que estaba trabajando.
Una familia que recibió una noticia que nadie debería recibir.
Y nuevamente aparece la misma pregunta:
¿Quién era ella fuera de las estadísticas?

Porque para alguien, no era «una policía fallecida».
Era hija.
Era hermana.
Era madre, amiga, compañera o simplemente una persona con una vida propia.
Ese es el lenguaje que las estadísticas no pueden contar.
3 de mayo de 2021: la noche que la ciudad no olvidará

Hay fechas que quedan grabadas en la memoria colectiva.
El 3 de mayo de 2021 es una de ellas.
Poco después de las 22:00 horas, un tramo elevado de la Línea 12 colapsó entre las estaciones Olivos y Tezonco.
Un tren cayó junto con la estructura.
La ciudad se llenó de sirenas.
Las imágenes recorrieron el país y el mundo.
Pero detrás de las imágenes estaban las personas.
El Gobierno de la Ciudad de México estableció posteriormente en 26 las personas fallecidas y 103 las lesionadas.
Veintiséis vidas.
Veintiséis familias.
Veintiséis historias que aquella noche quedaron interrumpidas.
Entre ellas había jóvenes, adultos, trabajadores y personas que simplemente viajaban de regreso a casa.
Algunas familias perdieron a uno de sus integrantes.
Otras tuvieron que aprender a vivir con lesiones físicas y emocionales.
Y algunas tuvieron que reconstruir su vida después de perder a la persona que sostenía económicamente el hogar.
La tragedia de la Línea 12 no terminó aquella noche.

Continuó en hospitales.
En funerales.
En tribunales.
En investigaciones.
En reuniones familiares.
En habitaciones donde alguien tuvo que aprender a vivir con una ausencia.
El propio Gobierno capitalino documentó posteriormente medidas de atención, reparación y apoyo a las víctimas y sus familias.
Pero hay algo que ninguna reparación económica puede sustituir:
Una vida.
Yaretzi: el nombre de una generación

El 7 de enero de 2023, otra tragedia sacudió al Metro.
Dos trenes chocaron en el tramo entre las estaciones Potrero y La Raza de la Línea 3.
Murió Yaretzi Adriana Hernández Fragoso, de 18 años, estudiante de Artes Plásticas de la UNAM.
También hubo más de un centenar de personas lesionadas; el Gobierno capitalino informó posteriormente sobre 106 lesionados.
Yaretzi tenía 18 años.
A esa edad, la vida debería parecer larga.
Todavía hay carreras que terminar, amigos que conocer, lugares por visitar, fotografías que tomar, proyectos que comenzar.
Sus familiares y amigos la despidieron entre flores, globos blancos y una fotografía.
Su historia volvió a recordarnos algo elemental:
Cada víctima tenía futuro.
Y eso es quizá lo más doloroso de una tragedia.
No solamente se pierde lo que una persona fue.
Se pierde todo lo que todavía podía llegar a ser.
No son cifras. Son vidas.
A veces, cuando una tragedia pasa a los archivos, queda reducida a una frase:
«31 muertos.»

«Una persona fallecida.»
«26 víctimas.»
«106 lesionados.»
Es comprensible que el periodismo necesite cifras.
Las cifras permiten dimensionar.
Permiten comparar.
Permiten exigir responsabilidades.
Pero las cifras no deben borrar a las personas.
Por eso, en este aniversario, quizá sea necesario cambiar la manera de contar.
No decir solamente:
26 fallecidos.
Sino recordar que fueron 26 personas que tenían nombre.
No decir solamente:
Una víctima.
Sino preguntarnos quién era, a quién esperaba y quién la esperaba.
No decir únicamente:
Un trabajador murió.
Sino recordar que Salvador Wood era un trabajador que salió a cumplir con su labor y que una familia recibió después una noticia irreversible.
La memoria comienza precisamente cuando dejamos de llamar «número» a una persona.
El Metro también es la gente que lo hace posible

Durante 57 años, millones de pasajeros han utilizado el Metro.
Pero también hay miles de trabajadores detrás de cada recorrido.
Conductores.
Taquilleros.
Técnicos.
Ingenieros.
Personal de limpieza.
Policías.
Vigilantes.
Trabajadores de mantenimiento.
Personal médico y de emergencia.
Operadores de control.
Todos forman parte de esta historia.
Por eso, cuando hablamos de seguridad, no hablamos solamente de proteger a los pasajeros.
También hablamos de proteger a quienes trabajan dentro del sistema.
Un Metro seguro debe ser seguro para todos.
Recordar no significa vivir con miedo

Sería injusto contar 57 años de Metro únicamente desde la tragedia.
Porque el Metro también ha salvado tiempo.
Ha acercado familias.
Ha permitido estudiar y trabajar.
Ha conectado colonias.
Ha hecho posible que una persona que vive lejos pueda llegar a una escuela, un hospital o un empleo.
El Metro es parte de la identidad de la Ciudad de México.
Por sus vagones han pasado generaciones enteras.
Abuelos que llevaron a sus hijos.
Padres que hoy llevan a sus propios hijos.
Jóvenes que aprendieron a recorrer la ciudad solos.
Millones de historias anónimas que nunca serán noticia.
Y quizá ahí está la verdadera dimensión del Metro:
No pertenece solamente a las autoridades que lo administran. Pertenece también a la memoria de la ciudad.
57 años después, una pregunta permanece

¿Qué ciudad queremos construir para los próximos 57 años?
Una ciudad que simplemente repara después de una tragedia.
¿O una ciudad que aprende antes de que ocurra?
Una ciudad que recuerda solamente cuando llega un aniversario.
¿O una ciudad que mantiene viva la memoria todos los días?
Una ciudad que cuenta víctimas.
¿O una ciudad que cuenta personas?
El aniversario puede ser una oportunidad para hacerse esas preguntas.
Porque honrar a quienes murieron no significa quedarse atrapados en el pasado.
Significa convertir el pasado en una responsabilidad.
Que todos lleguen a casa

Este 4 de septiembre, cuando el Metro cumpla 57 años, habrá fotografías antiguas.
Habrá recuerdos de los primeros trenes.
Habrá historias de estaciones que cambiaron de nombre, de líneas que crecieron y de generaciones que hicieron del Metro parte de su vida.
Pero también debería haber un momento de silencio.
Un momento para recordar a quienes ya no están.
A las víctimas de Viaducto.
A quienes murieron en hechos violentos.
A los trabajadores que perdieron la vida.
A quienes fallecieron en Tacubaya.
A la policía que murió en el incendio del Centro de Control.
A las 26 personas de la Línea 12.
A Yaretzi.
Y a todas aquellas víctimas cuya historia quizá todavía no conocemos suficientemente.
Que sus nombres no se pierdan.
Que sus familias no sean olvidadas.
Que sus historias sirvan para exigir un sistema cada vez más seguro.
Porque una tragedia no debe ser solamente una página del pasado.
Puede convertirse también en una lección para el futuro.
El próximo viaje

Mañana, como todos los días, volverán a abrirse las puertas.
Alguien correrá para alcanzar el tren.
Alguien llevará flores.
Alguien irá a una entrevista de trabajo.
Un estudiante leerá mientras avanza el convoy.
Una madre tomará de la mano a su hijo.
Un trabajador regresará cansado a casa.
Y en algún vagón, alguien quizá irá pensando en una persona que ya no está.
El tren continuará.
La ciudad continuará.
La vida continuará.
Y quizá esa sea la esperanza más grande.
Que después de 57 años podamos mirar hacia atrás sin olvidar las heridas, pero también mirando hacia adelante.
Que cada tragedia nos haga más responsables.
Que cada nombre nos recuerde el valor de una vida.
Que cada estación sea un lugar donde la seguridad importe tanto como la velocidad.
Y que cada puerta que se cierre vuelva a abrirse en la siguiente estación.
Para que quien subió pueda bajar.
Para que quien salió de casa pueda regresar.
Para que las familias sigan esperando, pero esta vez con la certeza de que su ser querido volverá.
El Metro cumple 57 años.

Y quizá el mejor homenaje no sea solamente celebrar todo lo que ha recorrido.
Sea comprometerse con todo lo que todavía falta por recorrer.
Porque la Ciudad de México tiene memoria.
Y debajo de sus calles, entre túneles, estaciones y vías, esa memoria viaja todos los días.
Que nunca olvidemos a quienes no llegaron a su destino.
Y que todos los que suban a un tren puedan, siempre, regresar a casa.
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