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Cadena de errores

En opinión de Federico Berrueto, la presidencia naufraga y el escenario es muy complejo e incierto, en buena parte por la herencia y en parte por errores propios.

Las jefaturas de gobierno normalmente están apoyadas por una amplia estructura de recursos humanos, información de calidad, inteligencia focalizada y estudios de prospectiva. La modernización de la presidencia en Estados Unidos se remonta a Franklin D. Roosevelt, cuando se crean las unidades de apoyo presidencial, singularmente tres: la relacionada con el presupuesto, la de seguridad nacional y la oficina presidencial. De la calidad de los titulares de esas unidades dependerá la conducción presidencial. Donald Trump tiene debilidad por la incondicionalidad, como López Obrador, y así se han tomado decisiones desastrosas. Las dos peores presidencias en la historia moderna de ambos países.

Las fortalezas y debilidades de la presidenta Claudia Sheinbaum son distintas a las de su predecesor. Muchos apostaban a su formación académica y política y a su origen generacional, con la expectativa de representar una presidencia menos cerril que la de López Obrador. No se advirtió su temperamento mercurial y rigidez ideológica. No pretende lealtad, simplemente prescinde del acompañamiento de colaboradores. Se le percibe solitaria, sin temple ni mesura y cada vez más distante de la realidad. Su presidencia naufraga; ciertamente, el escenario es muy complejo e incierto, en buena parte por la herencia y en parte por errores propios.

En tales circunstancias es muy difícil comprender a la presidenta en su manejo del caso de El Mayo Zambada de días pasados. Los errores no son menores y muchos de ellos no solo afectan seriamente a su gobierno, sino al país. Tal parece que el viernes la mandataria preveía con audacia un escenario de revelaciones que exhibieran el injerencismo norteamericano a manera de ganar adhesión popular y autoridad. Fue una apuesta ciega que partió de premisas falsas y no hubo nadie que lo advirtiera. Tan es así, que para la semana hubo una cadena de errores que lastiman seriamente la credibilidad presidencial.

El lunes se fincó el compromiso de revelar al día siguiente información que mostraría que las autoridades norteamericanas y que el exembajador Ken Salazar habían mentido groseramente y de mala fe. Se impuso la víscera por la manera en la que el embajador Ken Salazar se refirió a López Obrador a través de un tercero no identificado, un confidente del expresidente. Seguramente se pensó que el golpe lastimaría al gobierno del expresidente Joe Biden y no al de Donald Trump.

La conferencia del día siguiente fue un desastre; no hubo perspectiva. La pregunta fundamental no es quién mintió, sino quién mató a Melesio Cuén, el enemigo político del gobernador cuyo asesinato fue concurrente con el secuestro y las autoridades locales pretendieron encubrirlo. No lo dijo un periodista, un enemigo político, la ultraderecha de aquí o de allá. Lo señaló la Fiscalía General de la República (FGR) con pruebas contundentes. No se puede abordar el tema del secuestro, sin atender el del homicidio que, de una u otra forma, señala a Rubén Rocha Moya como responsable.

La presidenta dejó para el día siguiente lo que se suponía habrían de ser los señalamientos más graves contra el exembajador Ken Salazar y el gobierno norteamericano. El espectáculo fue lamentable y exhibió no solo la mediocridad y parcialidad de la Fiscalía, sino el encubrimiento a Rocha Moya. Además, la Fiscalía dio por válida una interpretación periodística, justo cuando la presidenta Sheinbaum reclama no dar credibilidad a los medios sin fuentes identificadas y datos corroborables. El periodista puede opinar, creer, especular; una Fiscalía no. La pronta réplica de Ken Salazar no se hizo esperar: “no fue nuestro operativo, no fue nuestro avión, no fue nuestro piloto”.

El piloto, identificado por las autoridades, pero no nombrado, es parte fundamental para el esclarecimiento de los hechos. Él deberá saber quién le contrató, cómo fue el traslado, qué participación tuvieron, si fuera el caso, autoridades nacionales o extranjeras, quién era el propietario de la aeronave, cómo fue el arribo y por qué había un despliegue policiaco mayor. En fin, un testigo cómplice del mayor valor para conocer lo ocurrido.

Increíble. El piloto de origen mexicano fue deportado de inmediato por las autoridades norteamericanas, detenido tiempo después por portación de arma y enviado a Estados Unidos por razones de seguridad nacional sin ser debidamente investigado, ni cuestionado. La FGR tuvo en su poder al testigo más valioso para el esclarecimiento de los hechos; no todos, pero sí los que más le importan al gobierno de López Obrador y de Sheinbaum, esto es, qué participación tuvieron las autoridades norteamericanas. Mauro Alberto Núñez Ojeda, felizmente declarando en Estados Unidos a cambio de beneficios procesales.

La presidenta Claudia Sheinbaum está sola.

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