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El lado incómodo de la sororidad en el entorno laboral

La sororidad convive con rivalidades laborales: entre mujeres surgen tensiones y prácticas poco éticas pese a los avances en apoyo mutuo.

La palabra sororidad se ha convertido en un ideal dentro y fuera del trabajo: mujeres apoyando a mujeres, construyendo redes y abriendo camino juntas.

Sin embargo, hay una realidad menos cómoda de la que poco se habla: “no siempre somos aliadas entre nosotras”.

En el entorno laboral, donde las oportunidades suelen ser limitadas y la competencia es constante, pueden surgir dinámicas complejas entre mujeres.

No se trata de generalizar ni de negar los avances en el apoyo mutuo, sino de reconocer que también existen tensiones, rivalidades y, en algunos casos, prácticas poco éticas como la difusión de rumores, la desinformación o el sabotaje indirecto.

¿Por qué ocurre esto? Una de las raíces más profundas es la inseguridad.

Cuando una persona percibe que su lugar está en riesgo, puede actuar desde el miedo en lugar de la confianza.

A esto se suma una cultura organizacional que muchas veces fomenta la competencia individual por encima del trabajo colaborativo. En estos escenarios, otra mujer no siempre se percibe como aliada, sino como una amenaza.

También influye el hecho de que, históricamente, los espacios de liderazgo han sido limitados para las mujeres.

Esta escasez percibida puede generar la idea de que “solo hay lugar para una”, alimentando conductas que contradicen el ideal de sororidad.

El problema no es la ambición profesional —que es válida y necesaria—, sino las estrategias que se eligen para avanzar.

Las consecuencias de estas dinámicas se reflejan en ambientes laborales tensos, desgaste emocional, pérdida de confianza y, en muchos casos, talento que decide irse.

Cuando una mujer obstaculiza a otra, no solo afecta a una persona, sino que debilita el avance colectivo.

El hecho que nos atrevamos hablar  no es atacar, sino asumir una conversación pendiente.

La sororidad no puede ser solo un discurso; debe ser una práctica consciente que también implica autocrítica. Apoyar no significa estar de acuerdo en todo, pero sí actuar con ética, transparencia y respeto.

Construir entornos laborales más sanos requiere tanto de cambios estructurales como de decisiones individuales.

Implica liderazgos que promuevan la colaboración, pero también una responsabilidad personal de no reproducir dinámicas dañinas.

Porque crecer profesionalmente no debería implicar desplazar a otras personas, sino demostrar capacidad, integridad y valor propio.

En entornos complejos, es clave ser clara, profesional y estratégica al expresar desacuerdos.

No se trata de callar, sino de elegir cómo y cuándo hablar para que el mensaje tenga impacto sin exponerse innecesariamente.

Hablar de liderazgo tóxico no es sencillo, especialmente cuando se presenta bajo una fachada positiva.

Sin embargo, visibilizar estas dinámicas es el primer paso para transformarlas.

Porque un verdadero liderazgo no necesita aparentar virtud: se reconoce en la coherencia, en la apertura al diálogo y en la capacidad de construir, no de dividir.

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