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¿Efectivo o plástico? El dilema del mexicano frente al dinero

En la agitada cotidianidad de México, el sonar de las monedas y el crujir de los billetes compiten con el silencioso pero efectivo deslizar de una tarjeta. Vivimos en una dualidad financiera donde, a pesar de que el plástico gana terreno a pasos agigantados, el efectivo se resiste a morir, anclado en las tradiciones, los miedos y las profundas desigualdades de nuestro país.

Aunque pareciera que el mundo digital lo envuelve todo, la realidad es que en México, de cada 10 personas, solo 4 utilizan el dinero de plástico de manera habitual. ¿La razón? Un enemigo silencioso llamado desconfianza. El recelo hacia las instituciones bancarias se ha convertido en un muro difícil de derribar. El fantasma de las crisis económicas pasadas, el miedo a ser víctima de fraude, el robo de identidad o la simple sensación de perder el control sobre el dinero «invisible» pesan más que la practicidad. A esto se suma una aprensión muy mexicana: el temor a que cada movimiento sea vigilado por el Sistema de Administración Tributaria (SAT), lo que convierte al efectivo en un refugio de tranquilidad y anonimato.

En la Encuesta Nacional de Inclusión Financiera 2024 nos pinta un panorama revelador: si bien el 77 por ciento de los adultos ya cuenta con una cuenta bancaria, la mayoría de estas son de nómina o para recibir apoyos sociales. Son, digamos, cuentas de «paso». El mexicano promedio no las utiliza para ahorrar, para realizar pagos cotidianos o para contratar un seguro; las utiliza como un mero conducto para, acto seguido, ir al cajero, retirar todo el dinero y volver a la seguridad del colchón metafórico. El comportamiento final es el mismo de siempre: pagar en efectivo.

Esta preferencia no es solo un capricho cultural, sino también una realidad de infraestructura. Especialistas en finanzas calculan que apenas la mitad de las empresas en el país (alrededor del 50 por ciento) aceptan pagos con tarjeta. Fuera de ese circuito formal, la vida sigue su curso en billetes y monedas. Pero el dato más alarmante es que más de 39 millones de personas mayores de 18 años —es decir, el 43 por ciento de la población adulta— no tienen acceso a una cuenta de ahorro formal. En los rincones rurales y en los sectores de menores ingresos, la infraestructura financiera simplemente no existe, o resulta tan lejana como un lujo.

Y, por supuesto, está la gigantesca economía informal. Para quienes venden en un puesto de mercado, manejan un taller o realizan trabajos por cuenta propia, el efectivo no es solo su método de pago; es el alma de su negocio. Es inmediato, es tangible y no deja rastro más allá de la transacción misma.

Sin embargo, sería un error pensar que el plástico no tiene quien le escriba. Los datos de organismos especializados, y una proyección del IMCO para 2025, indican que los hombres lideran el acceso general a productos financieros: un 81 por ciento de ellos cuenta con al menos una tarjeta o cuenta bancaria, frente al 73 por ciento de las mujeres. Pero aquí viene un giro fascinante en la historia: aunque ellos tienen más productos en términos brutos, ellas son quienes más los usan.

Análisis recientes revelan que las mujeres no solo tienen una mayor presencia en las cuentas de débito, sino que se financian con más audacia a través del crédito. Ellas, a menudo las administradoras del gasto familiar, han encontrado en la tarjeta de crédito una herramienta de financiamiento real, moviendo la economía doméstica y demostrando que, en el arte de pagar, la desconfianza inicial se transforma en estrategia.

Así que, ¿efectivo o tarjeta? En México, la respuesta no es binaria. Es una mezcla de supervivencia, tradición y evolución.

Cargamos monedas para el micro, billetes para el mercado y una tarjeta para las emergencias… o para aprovechar esa promoción a meses sin intereses que tanto nos gusta. Porque al final, más allá del método, lo que buscamos es la tranquilidad de saber que nuestro dinero está seguro, aunque el camino para lograrlo sea radicalmente diferente para cada mexicano.

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