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La brecha invisible: cuando la Generación X y los Millennials habitan la misma oficina

No se trata de una pugna entre bandos. Es la coexistencia de dos formas legítimas —y profundamente distintas— de entender el trabajo, el tiempo y la autoridad

Hay oficinas donde conviven dos mundos que parecen hablar el mismo idioma, pero no siempre interpretan las mismas palabras.

En una misma jornada laboral conviven quienes crecieron sin internet y quienes no conciben un mundo sin él. Quienes aprendieron a callar y quienes exigen ser escuchados. Quienes miden su trayectoria en décadas y quienes la calculan en proyectos cumplidos.

La distancia entre la Generación X y los Millennials no es solo etaria. Es estructural. Y en el ambiente laboral actual, esa distancia se vuelve más evidente que nunca.

El tiempo como moneda distinta

Uno de los puntos donde la fractura se hace más profunda es la relación con la permanencia.

Los profesionales Millennials —hoy ubicados entre los 30 y los 45 años— sostienen una media de 2.9 años por empleo.En contraste, quienes pertenecen a la Generación X promedian 8.2 años en la misma posición.

No se trata de pereza ni de desapego. Se trata de concepciones opuestas sobre lo que significa «construir» una carrera. Para unos, la estabilidad es un logro. Para otros, es un riesgo.

A ello se suma una expectativa clara: el 65% de los Millennials (Fuente Gallup) espera un ascenso cada 18 a 24 meses. No lo entienden como impaciencia, sino como correspondencia entre desempeño y reconocimiento. La espera, para ellos, no es sinónimo de lealtad. Es, muchas veces, síntomo de estancamiento.

La autoridad ya no se hereda: se demuestra

Otro tema de tensión es la legitimidad del mando.

Para la Generación X, formada en estructuras jerárquicas más definidas, el título o la antigüedad han operado tradicionalmente como indicadores suficientes de autoridad. No se discuten: se acatan.

Los Millennials, en cambio, han desplazado ese paradigma. No desconocen la jerarquía, pero la condicionan a un factor previo: la competencia. Respetan a quien sabe, no necesariamente a quien lleva más años. Valoran la mentoría por sobre la antigüedad y el ejemplo por encima del cargo.

El silencio y la palabra

Existe también una distancia en la forma de procesar lo adverso.

El 82% de la Generación X declara haber trabajado en condiciones difíciles sin manifestar queja (según American Psychological Association). No porque no existiera malestar, sino porque el malestar no era considerado un dato relevante para la gestión laboral. Se soportaba. Se callaba. Se seguía adelante.

Los Millennials, en cambio, presentan mayores dificultades en la comunicación analógica frente a situaciones conflictivas. El cara a cara, cuando hay tensión, se vuelve un territorio incómodo. Han crecido en un entorno donde la palabra escrita permite pausa, edición, distancia. Lo inmediato y presencial exige otra sintaxis emocional.

Ninguna postura es más válida. Pero el choque ocurre cuando una interpreta la queja como fortaleza y la otra como fragilidad.

Lo útil por sobre lo nuevo

Suele creerse que la Generación X mantiene una relación distante con la tecnología. La evidencia muestra algo distinto: la adoptaron en la adultez, pero la integraron con criterio.

Su vínculo con lo digital no es identitario, es funcional. No necesitan la última versión de nada. Usan lo que resuelve. Prefieren una llamada que agilice antes que tres plataformas abiertas para un mismo propósito. Valoran la interacción presencial, pero no la sacralizan.

Lo que subyace en ambos grupos es una búsqueda legítima de estabilidad, reconocimiento y sentido. Lo que varía es el código.

Los Millennials cambian de empleo, pero no huyen del compromiso: buscan crecimiento donde lo perciben. La Generación X permanece, pero no por inercia: ha tejido lealtades desde la constancia.

Unos respetan la autoridad que se demuestra. Otros, la que se otorga por trayectoria.

El desafío es más complejo y más urgente: construir entornos donde convivan la paciencia formada en la adversidad y la urgencia de crecer; donde el silencio no sea confundido con sumisión ni la palabra con insolencia; donde la antigüedad y la competencia coexistan como fuentes complementarias de autoridad.

Las generaciones no son buenas ni malas. Son hijas de su tiempo. Y cuando distintos tiempos comparten un mismo espacio, la tarea no es eliminar las diferencias, sino traducirlas.

Porque al final, todos —X, Millennials y quienes vengan— buscan lo mismo: un lugar donde trabajar no sea solo sobrevivir al día, sino construir algo que valga la pena.

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