Por qué las mujeres “enloquecen” en las reuniones familiares y la importancia del acompañamiento.
En las reuniones familiares —especialmente las decembrinas— se repite una escena conocida: la mesa llena, la cocina en llamas y, casi siempre, mujeres de pie (en mi caso, todas las tías ).
No es casualidad. Tampoco es exageración. Y definitivamente no es mal humor.
Cuando una mujer ve a alguien cómodamente sentado mientras todo ocurre a su alrededor, lo que se activa no es enojo: es la conciencia de una desigualdad aprendida.
La ciencia detrás del cansancio
La sociología y la psicología han estudiado durante décadas lo que hoy llamamos carga mental (mental load).
Investigadoras como Susan Walzer y más recientemente estudios del American Sociological Review señalan que las mujeres realizan la mayor parte del trabajo invisible: planear, anticipar, coordinar y recordar, en pocas palabras soportarnos a todes.
En una reunión familiar esto se traduce en:
- pensar qué falta antes de que falte,
- saber dónde está todo,
- organizar tiempos, porciones y personas,
- cuidar que nadie se quede sin comer.
Aunque haya más manos, la responsabilidad sigue siendo femenina.
¿Por qué sentarte se siente tan violento?
Porque mientras alguien descansa, otra persona:
- está resolviendo problemas por ti en tiempo real,
- tomando microdecisiones constantes,
- y sosteniendo el bienestar colectivo.
La neurociencia ha demostrado que este tipo de multitarea sostenida eleva los niveles de cortisol (hormona del estrés).
Las mujeres, socializadas para cuidar, suelen mantenerse en ese estado por horas.
Cuando alguien permanece sentado, rompe la idea de equipo y refuerza una jerarquía silenciosa: quien sirve y quien es servido.
Ayudar no es suficiente
Desde un enfoque feminista, “ayudar” implica que la responsabilidad sigue siendo de ella, de nosotras. Tú sólo apoyas.
El acompañamiento, en cambio, significa:
- asumir que el bienestar del grupo también es tu responsabilidad,
- actuar sin instrucciones,
- compartir la carga mental, no sólo la física.
Esto no es cortesía: es justicia cotidiana.
El acompañamiento como práctica feminista
El feminismo no sólo vive en las marchas; también vive en la cocina, en la mesa, en las reuniones familiares.
Acompañar es:
- observar lo que sucede,
- anticiparte,
- intervenir sin protagonismo,
- sostener sin que te lo pidan.
Investigaciones sobre dinámicas de corresponsabilidad muestran que cuando las tareas se comparten de forma proactiva:
- disminuye el estrés colectivo,
- mejora la percepción de equidad,
- y se fortalecen los vínculos afectivos.
Dicho de otra forma: acompañar crea comunidad.
Tips conscientes para practicar el acompañamiento (y no sólo “ayudar”)
1. Lee el espacio
Mira quién está de pie, quién no ha descansado, qué falta. La observación es el primer acto.
2. Toma decisiones pequeñas
No preguntes todo. Actúa. Servir agua, levantar platos o limpiar superficies no requiere permiso.
3. Quédate después
El acompañamiento no termina cuando tú ya comiste. Termina cuando el trabajo invisible baja.
4. Comparte la carga mental
Recuerda quién pidió qué, dónde va cada cosa, qué sigue después. Pensar también cansa.
5. Hazlo siempre
Una vez es gesto. La constancia es transformación cultural.
Lo que realmente se nota
Las mujeres no buscan aplausos. Buscan no estar solas sosteniendo todo.
Cuando acompañas:
no “quedas bien”,
no eres el héroe,
simplemente te colocas al mismo nivel.
Y eso, desde una mirada feminista, es profundamente reparador.
Si alguna vez sentiste una mirada incómoda mientras estabas sentado, no era reproche personal. Era una pregunta colectiva:
¿quién está acompañando a quien cuida?
Esta temporada de reuniones familiares, recuerda:
acompañar es una forma de amor, de conciencia y de igualdad.








