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Origen sociocultural de las actitudes, creencias y comportamientos sexuales contemporáneos

La manera en que pensamos, hablamos y nos comportamos sexualmente son producto del aprendizaje social, consciente o no, que va moldeando a través de los años, nuestras expresiones sexuales básicas a partir de ciertas ideas y creencias sociales. Muchos de estos aprendizajes son tan tempranos que no los identificamos como producto del aprendizaje y los repetimos sin cuestionarlos a lo largo de la vida. En muchos casos, ciertas actitudes y expresiones se aprenden junto a su carga emocional y así las seguimos repitiendo.

Al ser socialmente compartidos, esos hábitos, expresiones y estereotipos tienden a permanecer inalterables en las personas y son muy difíciles de modificar a pesar de la educación formal y la experiencia adulta. De esta misma manera, nos apropiamos del canon particular de belleza femenina y de un estereotipo de virilidad masculina entre otros. Es de tomar en cuenta que cada estrato social (a alguno de los cuales pertenecemos), filtra en función de sus propias concepciones, las creencias y valores dominantes y le ofrece a sus integrantes, opciones que les permiten matizar la influencia social.

Parece que toda la construcción subjetiva sobre el comportamiento sexual humano se ha construido socialmente en función de la variable lujuria-templanza (según los antiguos griegos); lujuria-castidad (según la cristiandad). Ahí se contienen todas las posibilidades socio culturales que han dado origen a los múltiples discursos sobre el tema. Es desde la defensa de la templanza y la castidad que podemos entender mejor nuestra propia configuración mental sexual que deriva de varias fuentes: la moral social puritana inglesa que principalmente nos llega vía USA en los S. XVIII/XIX y que contiene la gran mayoría de ideas anti sexuales que aún predominan en nuestro medio. Esta ideología no sólo incluye la preponderancia del afecto sobre lo carnal, la pasividad sexual femenina y el control del deseo sexual, sino también la medicalización del sexo para «curar» la «espermatorrea»/»polución» (masturbación), la histeria, la ninfomanía (deseo sexual excesivo) y la inversión sexual (la homosexualidad), etc., cuyos tratamientos incluían incluso la clitoridectomía y las jaulas metálicas con púas para penes inquietos.

Otra influencia no menos despreciable y anterior a la influencia puritana, es la moral religiosa tradicional que fue predominante e influyó profundamente nuestra forma de entender la sexualidad durante toda la Colonia y hasta la fecha, con su énfasis en la descalificación de cualquier actividad sexual que no tenga como único fin, la reproducción. Desde esta perspectiva religiosa, no se trata de «curar» el cuerpo, sino de modelar y controlar la personalidad de hombres y mujeres, generando sentimientos de culpa y vergüenza asociados a actos sexuales prohibidos. La idiosincracia popular contaminada con todas esas ideas y fomentada por conveniencia por esas mismas creencias, derivó en el cultivo de actitudes anti sexuales que se expresan de una manera folklórica en muestras públicas de burla, descalificación, enojo y diversión ante la prostitución, la ilegitimidad de la descendencia, la desnudez, los órganos sexuales, etc. y que pese a su mal gusto, nos siguen acompañando en plena modernidad.

Cabe decir que esta serie de tabúes, creencias, prohibiciones, «enfermedades sexuales», etc., no son el resultado de un único pasado ignoto que sigue generando el mismo tipo de interpretaciones antisexuales, sino que esas interpretaciones, -en función de situaciones sociales particulares tales como disminución o aumento de la población, contagio masivo de enfermedades de transmisión sexual incluyendo al VIH/SIDA y el comercio sexual indiscriminado entre otras-, se vuelven más o menos permisivas alrededor de la variable templanza-lujuria y permiten el surgimiento, permanencia y cambio, de modos de pensar particulares que, -sin mediar ninguna justificación razonable- tienden a imponerse rápidamente en el pensamiento colectivo. Es bastante evidente que la gran transformación del mundo moderno en el terreno económico y geopolítico está correlacionada con las profundas modificaciones que -en pocas décadas- hemos experimentado en nuestras formas tradicionales de entender a los sexos y su interacción.

Por Mtro. Alfonso Aguirre Sandoval

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