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500 AÑOS PUEBLA: El abrazo que trasciende el tiempo

La Puebla de los Ángeles no solo se construyó con piedra, argamasa y cúpulas doradas; también se edificó sobre actos de hermandad.

Y sí, con ritos y tradiciones que, año tras año, se renuevan para recordarnos quiénes somos y de dónde venimos. Costumbres que terminan formando parte de la memoria espiritual de generaciones enteras.

Entre ellas está la tradición del «Topetón».

En el corazón de nuestra ciudad, el Templo de Santo Domingo de Guzmán se alza imponente. Su inconfundible fachada roja y blanca no es únicamente una joya arquitectónica de nuestro paisaje urbano; es un emblema de nuestra memoria viva. Un espacio donde el tiempo parece detenerse bajo la custodia de su espectacular cúpula, recordándonos el inmenso legado de la orden dominica en nuestra historia.

Es precisamente al contemplar la grandeza de este recinto que aflora una de las historias más entrañables de nuestra identidad. El Topetón es mucho más que una fecha en el calendario. Es el abrazo fraterno entre Santo Domingo de Guzmán y San Francisco de Asís. Una muestra de profunda unidad entre las órdenes que caminaron estas calles y moldearon el espíritu de la ciudad desde sus primeros días.

Este encuentro ritual, que entrelaza a ambas comunidades, tiene su emotivo punto de reunión en el Templo de Santa Clara. Es allí donde el abrazo cobra vida en nuestras calles, primero el 8 de agosto para celebrar a Santo Domingo, y encontrando su eco perfecto meses después, el 4 de octubre, al honrar a San Francisco.

PUEBLA

Como lo captura maravillosamente esa imagen tallada en las alturas —resguardada en otro de los invaluables recintos religiosos de nuestra ciudad—, donde ambos santos se estrechan con humildad sobre un globo estrellado, este gesto es un puente entre dos devociones.

Cada año, este abrazo parece desafiar al tiempo. Mientras la ciudad moderna bulle a su alrededor y el ritmo de vida se acelera, la tradición se repite en Santa Clara con la misma devoción y solemnidad de antaño. Es una forma de resistencia cultural, un recordatorio de que fuimos fundados sobre la base del encuentro.

Rumbo a sus 500 años, Puebla tiene el privilegio de conservar no solo monumentos de una belleza extraordinaria como Santo Domingo, sino las costumbres que les dan sentido y propósito.

Porque una ciudad no vive únicamente en la grandeza de sus retablos o en el rojo vibrante de sus muros.

Vive en sus ritos; en sus símbolos, en sus abrazos.

En las tradiciones que nos recuerdan que el patrimonio más valioso de una ciudad no siempre está hecho de piedra y oro. A veces, está hecho de gestos fraternos que se heredan.

Y quizá esa sea una de las mayores riquezas de Puebla rumbo a 2031: conservar no sólo su deslumbrante arquitectura, sino también el alma de su historia, latiendo viva en cada tradición que nos mantiene unidos.

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