Fue el sábado por la tarde mientras preparaba mi latte deslactosado que un mensaje llegó a mi telegram.
Era un mensaje del grupo de chicas treintonas que decía: Estados Unidos bombardea Irán.
De inmediato busque en Google sobre la noticia.
Fordow, Natanz e Isfahán habían sido bombardeados por el ejército de Trump, más de 40 años de contención y diplomacia se habían ido al traste.
La verdad sentí y aun siento miedo, pues no solo se habían atacado instalaciones nucleares, se había dado un paso para el inicio de una guerra.
Una guerra que de iniciarse difícilmente tendrá freno.
El bombardeo fue anunciado desde Truth Social, convertido ya en el verdadero canal diplomático del siglo XXI.
Un mensaje, un ataque. La Casa Blanca habló de un “éxito militar espectacular”.
El efecto económico se dejo sentir de inmediato, el petróleo llegó por unas horas a rebasar los 100 dólares por barril.
Teherán cerró el estrecho de Ormuz, por donde circulan diariamente miles de barriles de petróleo.
Europa entró en pánico.
China y Rusia anunciaron que ven con preocupación esta situación.
Steve Bannon lo llamó “traición”.
Tucker Carlson habló de “una guerra innecesaria que nadie pidió”.
Benjamín Netanyahu señaló a Irán como “el régimen más peligroso del mundo”
Yo no entré en pánico, pero si sentí escalofrío en mi pequeño cuerpecito.
Y entonces recordé a la prensa de por estos rumbos que cree que el G7 es un club que decide el futuro del mundo, pero es claro que ese G7 ya no decide nadita.
Y la pregunta ya no es si Irán responderá, sino cómo se configurará el nuevo orden.
¿Se aislará Teherán o será empujado aún más hacia el eje chino-ruso?
¿Se reactivará el programa nuclear iraní como acto de supervivencia?
¿Por dónde circulará el petróleo?
¿Dónde está el uranio?
¿Qué decidirá la presidenta Sheinbaum?
¡Qué miedo!
Por cierto: Mi late se enfrió y yo también.
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