Tal vez los iluminados —entre los cuales no estoy— solares son: plenos, diurnos, álgidos, proyectivos, dinosaurios que vendrán, advenedizos de las sombras.
Tal vez los sombríos —entre los que me encuentro— lunares son: parafraseantes, demiurgos, insolentes, demoniacos, asolidarios, introyectistas, definidores, inenarrables, sorpresivos, tontos.
La perfección de la luz; la opresión de la sombra. El velo y el tejido, lo notable y lo execrable: juntos y desunidos.
Me reconocí humano y soñé constante.
Me dejé al humano fuera y necesité ser.
Mi carne engaña, mi visión miente, el oído traiciona, el entendimiento falla.
Pero el hambre evoluciona, la creación recrea, la nota crece, la imagen insta.
Cual ser humano mi existencia deja de funcionar.
Cual ser que busca ser mi humanidad funciona como un funcionar.
Me mantuve extraño muchos años.
Al alejarme de mí me acerqué milenios.
El engaño pervive como orquesta.
La frialdad es fundadora de música.
Tú que me oyes: oro o bruno.
Yo que me escucho: de oscuro a pardo.
Nosotros que aspiramos: lectores.
Ustedes que renacen: creadores.
Impoluto continuaba la vida.
Cenizo en la estirpe nocturna.
La blancura echa gran resucitador.
El humilde tiznado se crea.
Bailar con el sol y sus abrazos.
Entre la realidad masticar polvo.
Necesitar más y saciarse de placer.
Romper el silencio del real silencio.
Mirar hacia delante y sin objetivo.
Mirar futuro con propósito.
Hincado, con la palma extendida, con brazo fuerte y compulsivo, el sol tocaba mi cabeza y oraba.
De bruces a la nada, en plancha reseca, con el hormigueo de tierra fértil, un negro amante creado alzaba sus notas.
Quizá las vías a lo lejos desunan. ¿Quién sabe?










