¿Por qué sentimos que el 2018 fue un año complicado?

Adiós 2018

Es posible que esté generalizando, pero durante los últimos días, cada vez que entablo una conversación con alguien, siempre hay una frase así: “Y ya se nos fue el 2018”. La respuesta casi siempre es: “¡Qué bueno!”

Esto pasa casi todos los años, cuando platicamos con conocidos sobre cómo nos ha ido en los últimos 365 días. Casi siempre nos despedimos del año como si termináramos una rutina de ejercicios extenuantes. Con gesto apaleado, cansado. Si bien nos fue, decimos que “se nos pasó rapidísimo”. Si nos fue mal, vamos a hacer una pequeña exhalación antes de congratularnos de que terminó. ¿Por qué sentimos complicado el 2018?

En especial, este año fue atípico para la mayoría gracias al año 2017. No solo los sismos, la tragedia, la pérdida y la inflación más alta de los últimos años se nos dejaron venir como país, sino que también fue el preámbulo de un año electoral, que duró casi todo el año (pues no culminó precisamente el 01 de julio), y porque tuvimos que reconfigurar como sociedad la idea que tenemos de participación, de unidad, de equipo.

Además, y en parte por lo anterior, este fue “el año de la polarización”. Gastamos demasiada energía tratando de mantenernos sanos y equilibrados entre tanto bombardeo mediático y social sobre ideas contradictorias, incongruentes o noticias falsas. La radicalización de las ideas fue el trayecto más fácil que muchos siguieron. Ahora sí que “no se le pudo dar gusto a nadie”, de ninguna manera, porque siempre había una opinión opuesta que se cernía como “la verdadera”. Nos alejamos tanto de los hechos objetivos, que nuestras mentes se saturaron de comentarios y posturas. Recuerdo que una de las discusiones más acaloradas en Twitter fue sobre la autenticidad de un Chile en Nogada no capeado. Así las cosas.

Además, fue un año que retó muchas de las creencias e ideologías “regulares” (no quiero usar la palabra “normal” porque también ya entra dentro de lo políticamente incorrecto). Se puso en entredicho el status quo, la gente empezó a hablar de temas que le eran incómodos o que antes no le interesaban. Es decir, le dio voz a lo que verdaderamente son o creen: lo bueno y también lo malo. Lo vimos con las reacciones a la caravana migrante, por ejemplo. Dejamos ver lo mejor y peor de nosotros, dependiendo en qué parte del espectro de opinión se encuentren. Nos vimos en espejos que no eran precisamente halagadores.

El año fue también la oportunidad para establecer nuevos estándares en varias batallas de las minorías. Por dar un ejemplo, 2018 fue un año “body positive”. Este año, las mujeres que buscan alejarse de los estereotipos de belleza impuestos por el patriarcado –y un patriarcado “blanco”- establecieron que la representación de la mujer, cualquiera su color, forma, raza u origen, debía ser una prioridad en todos los ámbitos: los medios, el arte, la política, la moda, las redes sociales. Desde mi perspectiva, este fue uno de los puntos más positivos del año. Para muestra, por primera vez, una mujer indígena mexicana fue la protagonista de una película de la que todo el mundo habla. Yalitzia Aparicio, su portada en las principales revistas de moda, su presencia internacional, su éxito, su talento y su personificación de una trabajadora doméstica, le dio un significado digno a

la belleza, a lo mexicano, al privilegio del que nos negamos a ver y a hablar, a la mujer, al trabajo de la mujer y a que no se necesita ajustarse a lo que la “norma” social dicta.

2018 fue un año difícil, complicado, con pérdidas también. En Puebla lo cerramos con malas noticias y, en suma, es un año que nos preparó para algo. Que nos tuvo que haber enseñado algo sobre nosotros y sobre cómo convivimos. De otra forma, estaremos destinados a años más difíciles, hasta que aprendamos de la vida y de cómo vivirla.

Nos leemos luego.