Caía una lluvia torrencial.
Me refugiaba apenas bajo el paraguas, pero los pies ya nadaban y la gente corría para evitar ser tocada por aquel acontecimiento.
En medio del frío soplaba un viento que parecía caer de arriba. Yo adivinaba dónde pisar. En tanto, el lugar quedaba solo. Comenzaban a gemir los reflejos de una tarde que perdía su fuerza. La noche renacía con el vigor del náufrago entre tinieblas.
Al volver la vista entre aquella soledad lo vi. Se distinguía entre charcas y moho. El sombrero impedía ver su rostro pero se adivinaba su descomunal sorpresa ante el evento, la pérdida de gente y un menor bullicio. Le molestaba que su refugio se hiciera, de repente, grande, y la existencia empequeñeciera.
No era su postura ni su avalancha festiva con que festejaba la vida. No, no era el perfil de la línea que regalaba ni lo que suponía la luz que emanaba de su figura abnegada. Era más bien lo que sorprendía por su silencio.
El observarlo era ver el contorno de la montaña dispuesta a hundirse en la noche. Su serenidad mayúscula rompía el cuadro del sonido de la lluvia que caía y lograba producir serpentinas de todo tipo. El vigor del movimiento con que esquivaba moverse lo mantenía fuera de escena: un gato al acecho de su presa.
Su silencio se agigantaba como figura y simbolismo instantáneo. Hasta mi alcoba líquida llegaba su tremor y eran sus alas las que ya no podían dejar de mirarse diáfanas, dos ángeles listos a parir, la puerta del paraíso, el confortable aspirar serenidad.
Se convertía en nodriza del tiempo dejado soñar y como ave de alma lloraba la falta de claroscuros. Preveía su prolongada estancia. Ya no aventuraba nada. Su terca secuencia inmóvil provocaba en la tenaz lluvia la orden de transformar el rocío por la ausencia de memoria. Todo podía pasar y todo se mojaba, incluida la disposición a seguir el camino.
Pasé frente a aquella estela de quietud y el clima cambió de vértigo a torbellino y a simple agonía. Su dilatada invisibilidad lo anegaba de silencio luminoso. No brillaba sin embargo. Tornaba el momento en silencio, como si mi caminar, mi respiración, el pensamiento, toda visión, regalaran obscenas obsesiones que se relajaban como fotones creciendo cerca del núcleo.
Supe siempre sin saberlo del todo realmente, que toda preparación, incluida la práctica del amor, era una patria prenatal, un limbo coloide, la antesala de átomo, el límite más allá de uno y su conexión con el límite terrestre que nos lleva al límite célico.
De vez en cuando regreso al silencio y su postura órfica. A veces levanta el rostro pero aunque miro sus ojos no logro leerlos. Son ellos quienes me leen e inyectan electricidad de algún sentido sin ruido y me detengo vacío sobre mis propios pasos y ayeres cristalinos. Me preparo a la guerra cotidiana, en sus exigencias y formas y secuelas, en sorpresa del silencio.
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