¿Dónde reconocerse uno mismo sino fuera de sí?
Tomar distancia, dicen.
Es la mar si recoge en un punto su inagotable destreza terrena sin tener apenas tierra. Hacerse aliento, soplo, brisa, pausa de la mar en el mar, su autobiografía.
¿Puede la mar detener su ritmo poderoso y abrir la pausa de su ingenuidad, mirarse?
No se puede entrar sin escurrirse de su encanto y si se entra uno es intruso. Solo oye el crepitar de su fuego viviente, el canto de olas. Ya en el avanzar más allá de su lindero nada hay, nada existe, sino el vacío formado, conformado, por el auspicio del solo estar y arruinado de su pobre constitución.
Por eso no hay que buscar, no hay que enfrentar, dice la mar. Es la lección del no intentar leer ni conocer sino apegándose a la lectura y conocimiento del inmediato, saber al no saber de hombres ni humanidad sino del natural arte y celoso mundo, del natural abierto y sereno pausar la mar. Admirar y sin nada asimilar, sin prefiguras, moldes o tapices.
Puede uno hilvanar algún mínimo de luz, la conciencia del momento, cualquier idea del creador, historia o pasión, pero nada del pausar y detener aquella furia provista de tacto y timbre. Nada de engañar el infinito con su sombra. Nada genial pues ni la síntesis funciona de añagaza espiritual o efectiva.
Templo, holocausto, misterio, divinidad, nada parecido. La confusión de perspectivas. Irse de sí, desbocarse, amarrar el todo mar para perderlo en su inmensa figura de la pausa, un lamer sincrético de invisible y pulir el espasmo de la improvisación innovadora para irse de infinito.
Pausa invisible: un contemplar desde playa que es pausar mío, subjetivo, retráctil.
Gracia natural derretida en posibilidad de ser palabra y decirse quedo, entre sonrisa. Escollo y columpio, línea y aro, la ingenua vertiente del oprimido ignorante que soy. Cresta.
Hay más sin embargo porque pregunta por ese pausar, su gemelidad tosca pensada, reflejo de sí, espejo y azogue, su ausencia en nuestra mente que flamea por los tibios toldos hechos de toros blancos de otra época.
Y el coronamiento en fuga coincidente con las letras porvenir. Grafía inmunda para ese mundo sin nombre que sabe ser colapso lunar, punto fusión, oración de siempre, terreno entre lo visto y lo evitado. Inclinación del Señor en la pura mano serena de diafanidad.
Mirarse desde playa, generar pausa en la mar, irse de sí, fungir rebelde laguna o río o lago, una inmensidad para su vida, el mar que acarrea olas de felicidad, angustia, gloria y uno que otro beso con sexo o sin él, con verso o flores que desfonda sosiego.
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