Tal vez lo consideren un poco adelantado, pero realmente el ambiente ya es de festividad: el Día de Muertos y Fieles Difuntos tiene una magia muy especial entre nosotros los mexicanos en esa relación con la muerte que invita a mantener un vínculo con nuestros familiares que se han ido, ofrendándoles la comida y bebida que les gustaba cuando estaban vivos.
Esta tradición muy arraigada, “se celebra en México desde antes de la llegada de los españoles. De hecho era una celebración común a todas las culturas de Mesoamérica que tenían un concepto parecido sobre muerte y su significado. En estas culturas el destino de los muertos estaba marcado por la forma de vida que tuvo la persona. Con la llegada de los españoles, la fiesta se hizo mestiza y sumó nuevos elementos y significados católicos. La cruz de flores es el más significativo de estos elementos”, señala un artículo de Los Ángeles Times.
Refiere que la celebración del Día de Muertos tiene lugar el 1 y 2 de noviembre, pero comienza la noche del 31 de octubre cuando se encienden las primeras veladoras para recibir a los muertos chiquitos, es decir a los niños. El 1 es el día de Todos los Santos. La noche del 1 al 2, la ofrenda alcanza su máximo esplendor. Se reza y en algunas zonas del país se pasa la noche en los panteones. Es el Día de los Fieles Difuntos. Al terminar la celebración, se degustan todos los platillos y bebidas de la ofrenda, hasta aquí la referencia de Los Ángeles Times.

Pero haciendo otra interpretación, ese juego con la muerte que tanto se pregona en estos días, es también la magia que la Novela de Juan Rulfo en Pedro Paramo, provoca en el lector, quien se deja seducir por la nostalgia de un hijo que va a reclamar el lugar del Padre y llega a Comala, donde se encuentra con los muertos. Y es aquí donde una vez más está presente la muerte que juega con nosotros hasta el día en que vallamos a su encuentro.
Hablar y vivir la muerte de cerca, es habernos enfrentado a la pandemia del COVID-19, con sus peculiares enseñanzas y responder a todas las preguntas que nos ha dejado, porque aún no entendemos del todo porque a unos sí nos ha dejado en el camino y a otros no. La cercanía con el dolor de la pérdida o nos hace más sensibles o más fuertes, dejándonos muy claro que deberíamos ser más empáticos con los demás.
Pero también es colorido: por ejemplo con el noble oficio, cuyo origen debemos estar más que orgullosos, hablo de San Salvador Hixcolotla, cuna del papel picado que desde 1998 se convirtió en patrimonio cultural de nuestro bello estado Puebla, apreciado por los extranjeros que quedan fascinados ante el colorido: rosa mexicano, rojo, amarillo, azul rey, verde, naranja, papel china calado que forman figuras alusivas al Día de Muertos, pero que también se usa en otras fiestas.
En suma, esta bella tradición es también una oportunidad para mezclar el arte popular, la gastronomía y el mestizaje de nuestras creencias, en una muy personal relación con los muertos que a diferencia de otras culturas en México, adornamos y vestimos a la muerte con colores que nos hacen vivir con cierta algarabía y audacia el camino hacia el otro mundo, con la esperanza tal vez, de que algún día volveremos a encontrarnos.
Esta tradición que se niega a morir frente al embate del Halloween, que permea ya entre las generaciones de niños y jóvenes; sigue en nuestras costumbres y en lo más querido y profundo de nuestro corazón.
En este contexto, los exhorto a visitar el corredor de ofrendas en la Casa de Cultura, el Palacio Municipal y el Museo San Pedro, entre muchas otras del interior del estado, como las tradicionales en el municipio de Huaquechula. Sintámonos especiales ya que México es el único país del mundo que tiene una relación con la muerte de temor, admiración y burla.
Recuerden que vivir plena e intensamente es el regalo más bello para la muerte, a la que todos estamos convocados en algún tiempo y lugar.
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