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Madres sin querer serlo: cuando la maternidad no nace del amor, sino de la presión

El día de ayer se viralizó un video que, por más veces que uno lo vea, duele igual. Duele en la garganta, en el estómago, en la conciencia.

Ocurrió en El Campanario, un fraccionamiento de Veracruz. Dos niñas, de no más de seis años, lloran bajo la lluvia. Suplican, literalmente suplican, que su madre las deje entrar a casa. “Por favor, mamá, métame, ya va a llover y me voy a enfermar”, dice una de ellas, con voz rota, mientras la otra la observa, entre el miedo, la costumbre y la resignación.

No es una escena de película triste. Es México. Un México en el que a veces nacer es caer en una trampa. El video fue grabado por vecinos que denuncian que no es la primera vez que esto pasa. La madre, según relatan, las saca constantemente para poder estar a solas con su pareja. Las niñas quedan afuera: a la intemperie, al peligro, al olvido. Como si fueran un estorbo. Como si nadie las hubiera deseado.

Y quizá esa sea la verdad más dolorosa: nadie las deseó.

Este caso, tan cruel como cotidiano, es el espejo de un país donde la maternidad no siempre es elegida. Donde muchas veces, ser madre no es un acto de amor, sino de inercia, de presión, de mandato social. Donde se sigue educando a las mujeres para que piensen que tener un hijo “las realiza”, que ser madre es “lo más natural”, aunque en el fondo no lo quieran, no lo sientan, no lo deseen.

¿Y los hijos? ¿Qué pasa cuando los hijos no son esperados, ni cuidados, ni protegidos? Pasa esto. Infancias llorando en patios fríos mientras su madre se calienta entre excusas y abandono.

Este país sigue sin tomarse en serio la educación sexual. Habla de “amor” y de “familia”, pero sigue callando cuando hay que hablar de planificación, de anticoncepción, de maternidades conscientes y deseadas. Aquí aún es pecado decir “no quiero ser madre”. Aquí todavía se cree que parir es destino, no decisión.

Y lo más grave: aquí se romantiza la maternidad, incluso cuando hay señales claras de que se convirtió en una cárcel o en una carga. Decimos que todas las madres aman, que todas las madres se sacrifican, que todas las madres lo hacen lo mejor que pueden. Pero no todas. No siempre.

La maternidad no es mágica si nace del miedo, la culpa o la presión. Y no debería ser obligatoria sólo porque el cuerpo puede. Ser madre es renunciar a muchas cosas. Es cuidar, proteger, contener. Y no todas están dispuestas. No todas pueden. Y eso también debería poder decirse sin escándalo.

Porque mientras sigamos negando que hay mujeres que no quieren ser madres —y que nunca deberían haberlo sido—, seguiremos viendo niñas llorando en patios, con frío, con miedo, esperando que alguien las meta. Que alguien las quiera. Que alguien las vea.

Y mientras eso no pase, seguiremos fallando como sociedad.

La Chica Única.

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