Decir que el fuego deja de arder para besar
que los tonos son masa crítica
que el planeta recicla sus quiebres
son sentencias que ya no funcionan
en la huída al odeón de las estrellas
por el que los panales resuenan
las mieles son los rostros de ángeles
los duendes entornan linternas
y son doncellas las que amamantan dragones
con las esfinges que cantan a las abejas.
Y de párvula noche
un idioma postrero al fuego ruge
al nuevo fuego sin nombre
al nombre de herradura de oro
las curvaturas del sabio
y los deberes de la llama.
Es el amor el que devuelve
a la realidad tensa
con el fastidio que pregunta
las cenefas de la erudición.
El universo finge y pestañea
con luz que retrocede
hasta la córnea del templo del tiempo.
Ya la visión recuerda y no mira.
Ciclos se amasan en un destello.
Un Big Bang sobre su propia certeza.
Todo vuelve a empezar
y canta el odeón sin notas
con el ruido de lunas que laten la nueva miel
en miel con baldes de agua.
Gota a gota sobre el rostro del amor
y el humano despierta
y con avinagrada boca
mastica la imprudencia diabólica.
El fuego es pan. Y en ese acto último
comprende que la imagen que imaginó
lo ha imaginado a él.
¡Oh! Vaya odeones de muchedumbre.
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