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Fátima Bosch no ganó sola, también ganó el odio en redes

Ser Miss Universo es más que representar glamour, belleza e inteligencia…

Y cuando la corona se posa en la cabeza de una mujer como Fátima Bosch el peso es aún mayor, porque también ha recaído sobre sus hombros una avalancha de odio, sospechas y una violencia digital maquillada de “opiniones” o “polémica legítima”.

Si criticar fuera un concurso ¡habría miles de ganadores! Pero cuando el comentario deja de ser constructivo y trasciende a un ataque, es violencia y nadie debería secundarlo.

El caso de Bosch, más que un escándalo, es un recordatorio brutal de cómo la violencia digital se ha convertido en una herramienta cotidiana (y cobarde) para castigar a las mujeres que se atreven a brillar. Su triunfo en Miss Universo, ha estado rodeado de especulaciones, cuestionamientos y dudas sobre la transparencia del certamen, y pudo haber sido el inicio de un debate legítimo sobre la industria, sin embargo, lo que ella recibió no fue una crítica informada ni constructiva, fue una avalancha de ataques que nada tiene que ver con la discusión pública.

La narrativa se deformó hasta convertirse en comentarios personales de odio que cruzaron todos los límites: insultos, burlas, difamaciones, e incluso amenazas. Eso no es fiscalización ciudadana, es violencia digital que desgasta, que agrede, que fragmenta la autoestima y la estabilidad emocional de quien la sufre.

Y es que las reacciones fueron tan fuertes que ella misma denunció públicamente las agresiones recibidas en redes de odio, insultos y descalificaciones a su triunfo, pero más allá del escándalo, decidió no salir huyendo del ruido, alzó la voz una vez más y dijo con claridad que esos ataques no la definen, que su valor no está en lo que otros dicen, sino en su dignidad, su fortaleza y su voz. Y sin duda, atreverse a resistir y mantenerse de pie, es otra victoria ganada de Bosch, porque muchas veces la presión social busca hundir a quien se atreve a brillar.

En estos tiempos, en que la violencia en redes corre a velocidad de internet, opera como un enjambre que presiona, intimida y busca borrar el mérito de una mujer a través del escrutinio colectivo, y en el caso de nuestra Miss Universo, los comentarios no se conformaron con cuestionar el certamen, hicieron de su cuerpo, su rostro, su voz, su identidad, su historia y hasta de su familia un botín público. Porque, claro, la crítica es saludable pero cuando trasciende a hostigamiento queda obviado que se vuelve un arma y el costo no es menor, pues la violencia digital es real y sus impactos también. Y aunque el origen de la polémica sea complejo, nada justifica convertir a una mujer en el objetivo de una jauría digital que confunde justicia con linchamiento.

Defender a Bosch no significa avalar o aplaudir todo lo que representa, significa reconocer que la violencia simbólica, digital o mediática contra las mujeres existe, duele y merece ser nombrada; significa decir que no estamos dispuestas a asumir que ser mujer debe costar amenazas, que ser visible debe costar insultos ni que tener éxito debe costar dignidad. Porque cuando una mujer triunfa y es expuesta a semejante casería de odio, lo que está en juego no es su valor sino el derecho de todas a ser reconocidas, respetadas y visibles.

Fue Fátima la que se puso la corona, pero detrás de ella hay miles de mujeres que han sido juzgadas, señaladas y calladas, pero alzar la voz no solo es defender un nombre, es defender nuestro derecho a brillar sin pedir permiso. Que su victoria no se reduzca en escándalo, que su voz no se desgaste en ofensiva, sino que sea un espejo de resistencia y dignidad… aunque el mundo insista en silenciarla.

La Chica Única

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