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Enriqueta Basilio: la mexicana que encendió por primera vez el fuego olímpico

El 12 de octubre de 1968, una joven atleta mexicana subió los 90 escalones del Estadio Olímpico Universitario con una antorcha encendida entre sus manos.

Su nombre era Enriqueta Basilio, y con ese recorrido no solo inauguró los Juegos Olímpicos de México 68: escribió una de las páginas más importantes en la historia del deporte mundial.

Hasta ese momento, el honor de encender el pebetero olímpico había sido reservado exclusivamente para hombres. Aquella tarde, México rompió con esa tradición y envió un poderoso mensaje al mundo: las mujeres también podían ocupar el lugar más simbólico del olimpismo.

Enriqueta, especialista en los 80 metros con vallas y los 400 metros planos, no ganó una medalla olímpica, pero conquistó algo aún más trascendente: convertirse en un símbolo de igualdad, valentía y perseverancia para millones de mujeres.

Décadas después, ella misma resumió el significado de aquel instante con una frase que quedó para la historia:

«No solo prendí el fuego olímpico, encendí el corazón de las mujeres.»

Su legado trascendió el deporte. La imagen de una atleta mexicana vestida de blanco elevando la antorcha inspiró a generaciones de niñas y jóvenes que comenzaron a creer que también podían romper barreras en cualquier disciplina.

Hoy, Enriqueta Basilio sigue siendo recordada como una de las mujeres mexicanas más influyentes del siglo XX y un referente del olimpismo internacional.

Dato curioso de Enriqueta Basilio

Los 90 escalones fueron diseñados para ella. Durante los ensayos previos a la ceremonia inaugural de México 68, Enriqueta practicó únicamente dos veces el recorrido hacia el pebetero. Incluso, en uno de los entrenamientos se quemó la mano con la antorcha. Años después reveló que la escalinata fue construida considerando la longitud de su paso para que pudiera ascender con naturalidad y mantener el ritmo durante uno de los momentos más vistos en la historia del deporte.

Una llama que nunca se apagó

Más de medio siglo después, la historia de Enriqueta Basilio continúa recordándonos que los grandes cambios comienzan con un solo paso. El suyo fue con una antorcha en la mano, pero iluminó el camino para millones de mujeres alrededor del mundo que encontraron en ella la prueba de que ningún sueño tiene límites cuando se enciende con determinación.

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