Enero siempre llega con un frío particular, no sólo el que cala en los huesos, sino el que se siente en la cartera después de diciembre, un mes de regalos, comida, tradiciones y promesas, la realidad económica suele golpear con fuerza, y a veces, ese golpe viene disfrazado de recuerdos bonitos… que salen carísimos.
Esta situación me hizo recordar a una chica, que llamaremos “Sofía” que soñaba con su fiesta de XV años, pero no pedía poco, quería el vestido más espectacular, un salón elegante, música, fotos, video, mesa de dulces, el DJ de moda y una gran lista de influyentes invitados.
Sus papás no tenían el dinero, pero sí el deseo, y la presión, de que sus vecinos de la colonia Mayorazgo “no notaran” que no podían costear ese sueño, además todas las hijas de sus conocidos habían tenido fiestas deslumbrantes.
Y con esa premisa, se endeudaron: tarjetas, préstamos, pagos a meses por años. Porque cómo decirle que no a la pequeña de la casa, porque qué van a pensar, porque una fiesta así “solo se vive una vez”. Y así, la noche fue perfecta: aplausos, luces, felicitaciones, invitados asombrados con el glamour y fotos que hoy siguen circulando en redes sociales, algunas incluso compartidas con envidia.
El problema vino después… Enero llegó, luego febrero, y las deudas no desaparecieron con el increíble vestido guardado en el clóset. Los pagos siguieron acumulándose, los intereses creciendo, pasó el tiempo y, cuando Sofía terminó la preparatoria y quiso inscribirse a la universidad, y claro, una de paga, el dinero ya no estaba.
No hubo ahorro, no hubo fondo, no hubo margen, no hubo realidad. La ilusión de una noche había consumido los recursos de años y ¡los que no se tenían! Entonces, apareció la pregunta incómoda: ¿valió la pena?
Este “frío” económico de enero no es casualidad, es el resultado de una cultura que nos empuja a aparentar estabilidad aunque no exista, a priorizar la imagen sobre lo sustancial, a confundir amor con gasto y éxito con lujo.
Nadie niega la importancia de celebrar, pero cuando una fiesta compromete lo esencial, como la educación, la tranquilidad, las oportunidades, el costo es mucho más alto de lo que parece.
Quizá el verdadero aprendizaje de estos días de “frío” no sea apretarnos el cinturón solo por unas semanas, sino repensar qué estamos dispuestos a sacrificar por aparentar.
Porque las fotos de una fiesta pueden durar años, pero las decisiones financieras equivocadas también, y esas, a diferencia del vestido, no se guardan, se arrastran por años. Que este nuevo año, la frialdad de aparentar no nos quite el calor de vivir…











