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El viaje comienza en la mesa

Tailandia y el poder de la gastrodiplomacia

Primera de dos partes

Es probable que muchas personas hayan probado un pad thai antes de saber exactamente dónde se encuentra Chiang Mai. El pad thai es un plato de fideos de arroz salteados con huevo, verduras y, según la receta, camarones, pollo o tofu; suele incorporar tamarindo, cacahuate y una mezcla de sabores dulces, ácidos y salados.

También puede ocurrir que alguien reconozca un curry tailandés preparado con especias, hierbas y leche de coco; una tom yum, sopa picante y ácida que frecuentemente lleva camarones, limón y hierba limón; o el mango con arroz pegajoso, un postre servido con leche de coco, sin haber visitado nunca Bangkok. No es solamente resultado de la casualidad ni de una moda gastronómica. Hace más de dos décadas, Tailandia comprendió que cada restaurante abierto en el extranjero podía convertirse en una pequeña embajada.

A esa estrategia se le conoce como gastrodiplomacia: utilizar la cocina para acercar un país al resto del mundo, mejorar su imagen, despertar curiosidad por su cultura y generar oportunidades económicas. No se trata únicamente de exportar recetas. Alrededor de un platillo también viajan ingredientes, cocineros, productos, historias, costumbres y, finalmente, el deseo de conocer el lugar donde nació.

Tailandia es considerada pionera de esta forma contemporánea de diplomacia. En 2002 puso en marcha el programa Global Thai, cuyo propósito era aumentar el número de restaurantes tailandeses en otros países y hacer reconocibles algunos de sus sabores. La estrategia apoyó la expansión internacional de su cocina y convirtió platillos como el pad thai y los curris en una carta de presentación nacional.

La fórmula era sencilla, pero muy inteligente: si millones de personas no podían viajar inmediatamente a Tailandia, Tailandia podía llegar primero hasta ellas. Una comida agradable podía cambiar la percepción de un país mucho antes de comprar un boleto de avión.

La estrategia continúa. El gobierno tailandés creó también Thai SELECT, una certificación para distinguir restaurantes y productos que mantienen características de su cocina. Actualmente existen establecimientos certificados en numerosos países. El sello no solamente habla de sabor; también transmite una idea de autenticidad, calidad y pertenencia. Es una manera de cuidar la experiencia porque una mala comida en el extranjero también puede perjudicar la imagen de un destino.

¿Por qué funcionó? Primero, porque la cocina tailandesa posee una identidad muy clara. Combina sabores dulces, ácidos, salados y picantes; utiliza hierbas aromáticas, leche de coco, limón, chiles, arroz, fideos y productos del mar. Segundo, porque sus platillos pueden reproducirse fuera del país sin perder completamente su personalidad. Y tercero, porque detrás de la comida existe un destino que responde a la promesa.

Bangkok ofrece el Gran Palacio, el templo del Buda de Esmeralda, Wat Pho y Wat Arun, pero también mercados, canales, centros comerciales y barrios donde comer es parte fundamental del recorrido. Yaowarat, su barrio chino, permite pasar de un puesto callejero a otro y comprobar que una ciudad también puede conocerse a través de sus aromas y sabores.

A poco más de 80 kilómetros se encuentra Ayutthaya, antigua capital del reino y hoy uno de los grandes conjuntos históricos del país. Sus templos, palacios y ruinas muestran una Tailandia distinta a la de las playas. Chiang Mai es la gran ciudad histórica del norte de Tailandia y fue capital del antiguo reino de Lanna. Ofrece el templo de Doi Suthep, mercados nocturnos, montañas y una identidad diferente a la de Bangkok. Allí, tomar una clase de cocina puede ser tan importante como visitar un monumento, porque permite comprender los ingredientes, las técnicas y la forma en que se comparte la mesa.

En el sur aparecen Phuket, Krabi y las islas Phi Phi. Ahí se encuentra otro ejemplo del poder que tienen las imágenes para mover viajeros. La película La Playa, estrenada en el año 2000 y protagonizada por Leonardo DiCaprio, convirtió Maya Bay en la representación mundial de un paraíso escondido. Miles de personas quisieron conocer aquel paisaje de agua turquesa, arena clara y enormes formaciones de piedra caliza.

El éxito fue tan grande que también mostró el lado delicado de la promoción. Un destino puede hacerse tan famoso que termine poniendo en riesgo aquello que lo volvió deseable. Maya Bay tuvo que cerrar temporalmente para permitir su recuperación y posteriormente reabrió con medidas para controlar la visita. La película llevó turistas; la saturación obligó a reconsiderar cómo recibirlos.

Ese caso deja una lección importante: la promoción turística no termina cuando llega el visitante. Un país necesita cuidar su patrimonio, ordenar la experiencia y conseguir que el éxito pueda sostenerse. La gastrodiplomacia puede despertar el apetito por viajar, pero el destino debe estar preparado para cumplir lo que prometió.

Tailandia construyó así una cadena muy completa. El restaurante abierto en otro país genera curiosidad; los ingredientes estimulan exportaciones; la comida comunica una identidad; y esa identidad puede convertirse en un viaje. No todos los comensales comprarán un boleto, pero cada uno se llevará una imagen más cercana del país.

Existe, además, una noticia importante para los mexicanos. A partir del 15 de septiembre de 2026, quienes tengan pasaporte ordinario mexicano deberán obtener una visa antes de ingresar a Tailandia. El trámite será mediante el sistema electrónico oficial. Adicionalmente, todos los visitantes extranjeros deben completar la Tarjeta Digital de Llegada dentro de los tres días anteriores a su entrada. Son dos requisitos distintos y conviene no confundirlos.

La nueva visa puede representar una dificultad adicional para el mercado mexicano, particularmente porque Tailandia es un viaje lejano que suele combinarse con otros países asiáticos. Será importante observar si el procedimiento electrónico resulta sencillo y si la promoción turística consigue compensar esa barrera.

La experiencia tailandesa demuestra que la comida puede ser una herramienta de política exterior, promoción económica y desarrollo turístico. Un restaurante no sustituye a una embajada, pero puede lograr algo que los discursos oficiales difícilmente consiguen: que una persona se acerque voluntariamente a otra cultura, la pruebe, la disfrute y quiera conocerla mejor.

Esta es la primera de dos colaboraciones sobre gastrodiplomacia. En la siguiente veremos un caso que recorrió el camino en sentido inverso. Tailandia utilizó sus restaurantes para llevar su cultura al mundo; Corea del Sur utilizó sus series, películas y música para hacer que el mundo también quisiera probar su comida. K-pop, K-dramas, gastronomía y turismo terminaron formando parte de una misma ola.

Porque algunas veces un viaje no comienza consultando un mapa ni reservando un vuelo. Puede comenzar frente a un plato, cuando un sabor desconocido despierta una pregunta muy sencilla: ¿cómo será el país de donde viene?

Viajemos juntos.

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