El fatalismo sobre el futuro democrático y la alternancia deberá deconstruir el pasado inmediato. No es cuestión de razones, sino de emociones.
El tiempo presente está condicionado por el pasado. Pero ¿qué pasado? El régimen distingue tres: de manera implícita, el primer piso de la 4 transformación, que quiere decir el gobierno de López Obrador; el periodo neoliberal, que viene desde 1982, cuando el gobierno tuvo que hacer concesiones sustantivas al FMI para atender el desastre económico heredado hasta 2018, y el pasado pasado, que es todo lo que precede al periodo neoliberal, un rosario de acontecimientos y personajes que López Obrador reduce a las tres grandes transformaciones para ubicar la propia como cuarta.
Cada uno define su pasado, personal y colectivo, de acuerdo a su presente. Para la mayoría, el pasado era mejor que el ahora, aunque con carencias, limitaciones y sin las ventajas de la modernidad.
Si uno se sustrae de la política, la afirmación para muchos es válida, aunque no pueden desconocerse las crisis económicas que a no pocos afectaron sustancialmente. Por otra parte, para millones de mexicanos el arribo de López Obrador al poder les significó un cambio nada menor en su situación económica por las transferencias monetarias directas, aunque este beneficio se asocia al deterioro de la red de protección social, con singular acento en la educación y en el sistema de salud. Para muchos, por ahora, mejor el dinero, construyendo así una amplia base social de respaldo a la persona de López Obrador, sin considerar que el dinero viene de las arcas públicas y del ahorro acumulado justamente en el llamado periodo neoliberal.
La presidenta Sheinbaum tiene claro el poderoso valor simbólico del líder fundacional del proyecto, aunque sus críticos no entienden o se les dificulta comprenderlo.
La narrativa obradorista es muy persuasiva: antes no te daban dinero porque se lo robaban, y habrá más cuando pasemos a un nuevo régimen político, sin los obstáculos que impiden al gobierno servir al pueblo. En otras palabras, se articula pasado: robo, despojo, corrupción; presente: gobierno en lucha para desplazar todo lo que impide gobernar para los pobres; futuro, un gobierno auténticamente popular. Las palabras se convalidan con la evidencia: el beneficio monetario directo.
El fatalismo sobre el futuro democrático y la alternancia deberá deconstruir el pasado inmediato. No es cuestión de razones, sino de emociones. Por ejemplo, no dice mucho que la política social fue apoyada por los votos legislativos opositores; tampoco que al estar en la Constitución los programas sociales son irreversibles. Para la oposición la discusión deber ser otra, igualmente sencilla y convincente, como la narrativa obradorista.
De momento hay una idea por desarrollar y probar, además de igualmente creíble, veraz. Tiene que ver nuevamente con la corrupción.
“No hay servicios de salud, educación, medicinas, carreteras, caminos, servicios y buenos policías porque los que llegaron al poder no son iguales, son peores; además de corruptos son muy limitados (por no usar la expresión popular) para hacer su trabajo. Las pensiones de poco sirven sin lo demás y no lo hay porque se roban el dinero del pueblo y no sólo eso, también roban tu voto, roban tu dignidad, roban tu futuro y el de tus hijos”.
La mejor manera de articular la narrativa se da en el acontecer del ámbito local. Los pésimos gobiernos de Morena son razón y evidencia.











