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De salud pública y otros fracasos: por qué vale la pena hablar de lo que se hace bien

Es común escuchar que la salud pública en México está rebasada: escasez de insumos, personal exhausto, burocracia excesiva y pacientes tratados con indiferencia. Y aunque, en muchos casos —si no en la mayoría— es cierto, existen excepciones que vale la pena contar.

Hace unas semanas, el padre de una de nuestras colaboradoras acudió al ISSSTEP por lo que parecía ser una consulta de rutina. Sin embargo, la evaluación médica reveló algo mucho más serio: fue canalizado de inmediato a urgencias y, en cuestión de horas, su situación se tornó crítica. Una complicación médica grave lo puso al borde de la muerte. No fue una situación previsible ni anunciada, antes de ese día ni los familiares, ni los médicos tenían idea de que algo grave sucedía.

No había margen de error, y mucho menos de demora. Contra lo que uno ha vivido y se puede documentar cada día en una institución pública, el equipo médico que lo recibió no solo actuó con eficiencia, sino con vocación.

Un aneurisma aórtico abdominal lo puso todo en jaque: el riesgo era altísimo, el tiempo apremiaba y contar con el equipo necesario para operar se volvió una carrera contrarreloj. Cada decisión, cada acción, se tomó con la urgencia de intentar salvar una vida al límite.

El diagnóstico, aunque demoró un poco por la misma complejidad del caso, fue certero, la operación fue riesgosa pero precisa. Lo que parecía imposible —salvar su vida en ese estado— ocurrió. Pero eso no fue todo: el hospital gestionó con rapidez el implante especializado y el equipo médico necesario para su intervención, cosas que suelen parecer inaccesibles en el contexto público.

Fue un trabajo en equipo, humano, profesional, comprometido. (Médico, enfermeras, residentes, camilleros, administrativos, TODOS)

Esta columna no busca dar las gracias por hacer su trabajo —porque efectivamente, brindar atención médica de calidad es su función—, sino reconocer cuando las cosas se hacen bien. Porque también es justo contar las historias donde lo público funciona, donde el compromiso con la vida y la salud se impone al escepticismo y la burocracia.

No escribo solo por este caso cercano, sino por todas esas familias que, han llegado a un hospital público con más miedo que esperanza, convencidas de que lo único que les espera son largas horas, malas noticias y un sistema rebasado. Porque sí, durante años esto se ha repetido —y demostrado— que la salud pública es sinónimo de abandono, negligencia e indiferencia.

Pero también creo que hay otro lado de la moneda. Uno donde las cosas sí se hacen. Escribo con la esperanza de que cada día sean más los casos que terminan con vidas salvadas y no con tragedias evitables; con intervenciones oportunas y no con burocracia paralizante.

Que algún día las buenas historias no sean la excepción, sino la norma.

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