2025 no fue un año de grandes estridencias, pero sí uno de profundas revelaciones. No nos sacudió con una sola crisis, sino con una suma de decisiones postergadas, certezas frágiles y aprendizajes incómodos. Fue un año que, más que ofrecernos respuestas, nos obligó a mirarnos con honestidad y a preguntarnos cómo estamos tomando nuestras decisiones económicas.
Durante meses escuchamos hablar de crecimiento moderado, ajustes fiscales y presiones inflacionarias. El Producto Interno Bruto volvió a ser protagonista de titulares y debates, como si ese indicador pudiera explicar por completo lo que ocurre en la vida diaria. Sin embargo, la economía no se vive en cifras agregadas, sino en elecciones concretas: pagar o endeudarse, invertir o resistir, contratar o aguantar.
Uno de los grandes aprendizajes de 2025 fue entender que el poder no reside únicamente en los gobiernos o en los grandes corporativos. El poder también está en lo cotidiano. Está en cómo administramos nuestros ingresos, en qué consumimos, en qué aceptamos como normal y en qué dejamos de exigir. Cada peso gastado, cada deuda asumida y cada ahorro postergado refleja prioridades y valores que, en conjunto, moldean el rumbo económico del país.
Este año también dejó al descubierto la fragilidad de la estabilidad. Jóvenes que comprendieron que no habrá jubilaciones garantizadas, empresarios sosteniendo nóminas aun sin flujo, familias atrapadas en el consumo inmediato y una informalidad que sigue creciendo como respuesta —no como solución— a un sistema que no logra incluir. 2025 confirmó que esperar a que “alguien más” resuelva no es una estrategia viable.
La educación financiera dejó de ser un lujo o un tema aspiracional. Se volvió una herramienta de supervivencia económica. Saber leer un contrato, entender una tasa, diferenciar gasto de inversión o reconocer una compra emocional ya no es opcional. La falta de estas habilidades no solo limita ingresos; limita libertades y condiciona el futuro.
En paralelo, la tecnología avanzó más rápido que nuestra capacidad para usarla con criterio. Pagos digitales, créditos inmediatos y plataformas financieras abrieron oportunidades reales, pero también riesgos. El acceso, sin educación, no garantiza bienestar. 2025 nos recordó que la facilidad sin conocimiento puede convertirse en una trampa silenciosa.
Quizá la lección más incómoda fue esta: las decisiones que no se toman a tiempo terminan tomándose bajo presión. Y cuando se decide desde el miedo, casi nunca se decide bien. Por eso, el reto para México no es solo crecer, sino crecer con conciencia; no es solo producir más, sino vivir mejor.
Al cerrar el año, queda una certeza: el futuro no se construye con discursos, sino con decisiones cotidianas, informadas y responsables. De cara al 2026, con lo aprendido en 2025, tomaremos decisiones mejor pensadas. Seremos ciudadanos más informados, empresas más responsables y exigiremos gobiernos que entiendan que el desarrollo se construye con reglas claras y visión de largo plazo. Entramos al nuevo año con optimismo, capitalizando la experiencia vivida y actuando con mayor conciencia económica y social.
Cuando las mujeres lideran, ganamos todos.
¡Nos vemos en el 2026!











